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Más leal (en Latinoamérica) El Más Leal (en España) es un libro de Historia introducido en Renegados que cuenta la historia de Variks, el Leal desde el comienzo de la Guerra Roja hasta el preludio de los eventos de Renegados. Las entradas se obtenían al completar actividades en la Costa Enredada mientras su Punto Crítico está activo.

Astilla de hueso

En las profundidades del núcleo del Presidio de los Ancianos, Variks de la Casa del Juicio toma un pedazo de hueso a medida que contempla cómo se quema el sistema solar. Con el paso del tiempo, equiparon las instalaciones con enormes redes de sensores esclavizados a las antenas esparcidas por todo el Arrecife. Le proporcionaron un análisis detallado de la furia de la Legión Roja. La luz de los monitores era la única iluminación en la habitación mientras que sus brazos volaban por encima de los controles. Transmitía advertencias para Petra y los insomnes. Ya podía ver al resto de la flota de los insomnes desaparecer de su mira, yendo a los escondites. Trasmitió advertencias a la Ciudad, pero podía ver que era demasiado tarde. Habían perdido la comunicación con ellos. No había nadie que pudiera escuchar. Transmitió advertencias para su gente. Con el fin de las casas, había pocos que pudieran escuchar. Pero si al menos podía salvar a un puñado de ellos… Mientras que sus manos trabajaban, sus ojos estaban fijos en las pantallas, observando la muerte, la destrucción y el horror. En su puesto de trabajo con los guardianes de la Ciudad, había analizado la señal de auxilio del Éxodo Dantalión VI. La fuente CUERVOVERDE había enviado los últimos análisis a la Torre por lo menos decenas de veces desde el comienzo de la guerra de los poseídos. Pero jamás estimó que los números fueran de esta magnitud. Como los sistemas de la Última Ciudad no funcionaban, no tuvo problemas para marcar los sensores de la muralla. Pudo ver con claridad el hogar de la humanidad con una resolución que le permitía distinguir parques, lagos y mercados. Estos mismos sensores le permitieron ver, golpeando el hueso contra su puño metálico, cómo morían las personas. Cómo esclavizaban a la gran máquina, cómo... caían los guardianes. Quería que le importara. Quería sentir algo por ellos. Pero lo que dominaba sus pensamientos, lo que hacía que emanara un ruido de tic tac desde lo profundo del sintetizador de su voz, era, con creciente temor, que el plan de la Reina haya fracasado. Desesperado, alertó a los cuervos... pero algo salió mal. La red se había sumido en una terrible oscuridad silenciosa, cada uno de los cuervos estaba desconectado. Todos, excepto uno. A través de una imagen distorsionada vio una mano, una mano insomne, pero casi inmediatamente cayó en estática. Se desplomó en su silla. Pensando. El Presidio de los Ancianos giraba lejos de las bases centrales de los insomnes, y por ende, estaban demasiado lejos de la falange de los cabal; por lo cual, podrían volver sin un rasguño. Sin embargo, inició los procedimientos de bloqueo, preparado para lo peor. Sonó el informe del sistema de comunicación. Confirmación: Petra Venj y las fuerzas limitadas a su mando evacuaron los asentamientos que pudieron y desaparecieron en los recovecos y los rincones del Arrecife. Le resultaría imposible enviar ayuda a la prisión. Variks estaba solo. Con unos de sus brazos mecánicos, destruyó la astilla de hueso hasta convertirlo en polvo. Con una de sus delgadas manos desacopladas, se estiró y cambió una de las señales del sistema de comunicación. Un nuevo protocolo. Un nuevo comienzo.

En pleno corazón del Presidio de los Ancianos, Variks de la Casa del Juicio agarraba una astilla de hueso mientras veía arder el sistema solar. Con los años, las instalaciones se habían ido equipando con inmensas redes de sensores conectadas a matrices repartidas por todo el Arrecife. Le daban un análisis detallado de la furia de la Legión Roja. La luz de los monitores era la única iluminación de la sala mientras sus brazos volaban sobre los controles. Transmitía avisos a Petra y los insomnes. Ya podía ver al resto de la flota insomne desaparecer de los telescopios, esconderse. Transmitía avisos a la Ciudad, aunque podía ver que llegaba demasiado tarde. Sus comunicaciones se habían perdido. No quedaba nadie para escuchar. Transmitía avisos a su gente. Con el fin de las Casas, había muy pocos que escucharan. Pero si pudiera salvar aunque fuese unos cuantos… Mientras sus manos trabajaban, sus ojos permanecían fijos en las pantallas, observando la muerte, la destrucción y el horror. En su trabajo con los guardianes de la Ciudad, había escudriñado la señal de socorro del Éxodo Dantalion VI. La fuente GREENRAVEN había enviado ráfagas de análisis a la Torre al menos una docena de veces desde los días de la Guerra de los poseídos. Pero nunca habría esperado cifras de esta magnitud. Con los sistemas de la Última Ciudad desconectados, no tuvo problema en marcar sensores por la muralla. Había podido ver con claridad el hogar de la humanidad con una resolución capaz de distinguir parques, largos y mercados. Mientras trituraba el hueso con su puño mecánico, estos mismos sensores le permitían ver cómo moría la gente. Cómo era subyugada la gran máquina, cómo los guardianes… caían. Rápidamente, alertó a los cuervos… pero algo salió mal. La red había quedado a oscuras; todos y cada uno de los cuervos, desconectados. Es decir, todos menos uno. A través de una imagen confusa, vio una mano, una mano insomne, pero casi inmediatamente se sumió en interferencias. Quería que le importara. Quería sentir algo por ellos. Mas lo que dominaba sus pensamientos, lo que hacía emanar un ruidito repetitivo en lo más hondo de su sintetizador de voz, era el miedo creciente a que fracasara el plan de la reina. Se reclinó en la silla. Pensaba. El Presidio de los Ancianos orbitaba lo bastante lejos de los puestos avanzados de los insomnes y, por tanto, lo bastante lejos de la falange de los cabal, para salir ilesa de esta situación. No obstante, inició los procedimientos de bloqueo, preparado para lo peor. Un ping de comunicaciones. Confirmación: Petra Venj y las limitadas fuerzas a su mando evacuaron los asentamientos que pudieron y desaparecieron en los recovecos del Arrecife. Ella no podría enviar ayuda al Presidio. Primero la Casa del Juicio, luego la Casa de los Lobos. Después, Mara Sov. Ahora podía sentir cómo el resto de su adoptado pueblo se escurría entre sus dedos. Con uno de sus brazos mecánicos, convirtió en polvo la astilla de hueso.

Menos es más

Variks observaba cómo los corsarios de Petra llevaban su última recompensa en un bloque de celdas: una pandilla de escoria hambrienta de éter que portaban la marca de los barones desdeñados. Cerca de allí, Petra recorría sus dedos por la empuñadura de su cuchillo; sus ojos brillaban de envidia. Se aferraría de esta prisión como si fuera la última cosa que pudiera controlar. Quizá lo era. Entre los restos dispersos de la Legión Roja y los barones desdeñados avanzando sin cesar a través del Arrecife, a los insomnes les quedaba casi nada a lo que podían llamar su hogar. Casi no había insomnes. Variks suspiró. Solamente un kell verdadero comprendía que la supervivencia no es un juego de espera. Y Petra Venj, con toda su proeza militar, no era una kell. "En un mundo sin los kell, la fuerza de la escoria crearía solamente caos". Variks se susurró a sí mismo el viejo proverbio de la lluvia, deseando el regreso de los días decisivos de su reina. Su kell. "¿Qué dijiste?" Petra preguntó sin mirarlo. "Caos", respondió. "Estas escorias engendran caos". Petra se burló. "Son caídos. Y donde hay caídos, inevitablemente habrá guardianes". Se giró sobre su eje y se marchó. "Te dejo a tu juicio, Variks. Localiza el hueco donde se esconden los barones desdeñados como cobardes". Ella se detuvo. Se dio vuelta para mirarlo. "Me parece que deberías aumentar tus raciones. Estás un poco… demacrado." Sonrió, lo palmeó en la espalda y siguió su camino. Él la vio marcharse. Si su anatomía se lo permitiera, habría esbozado algo parecido a una sonrisa. El corazón de ella siempre tenía las mejores intenciones... incluso si el resultado de sus decisiones estaba lejos de ser ideal. Sin embargo, no apreciaba completamente la amenaza que imponían estos barones "desdeñados". Intentó advertirle cuando tan solo eran siete escorias y un arconte hereje. Ahora su terror se esparcía a lo largo del Arrecife mientras que cada vez más caídos respondían al llamado al caos de los barones. Pero ella tenía razón con respecto a una cosa: debería aumentar la cantidad de alimento que consumía. El mero pensamiento hizo que Variks se sintiera sediento por el caudal. Como todos los de su especie desde la aparición de la Legión Roja, lo forzaron a racionar su ingesta. Jamás se había sentido tan débil, cercano a la muerte. Pero sobreviviría, como siempre lo ha hecho. Variks sabía que llegaría el momento de manera inevitable en que tendría que sobrevivir por sí mismo.

Variks vio a los corsarios de Petra llevar su último trofeo al bloque de celdas: una pandilla de escorias famélicos de éter que portaban la marca de los barones repudiados. Cerca, Petra tamborileaba los dedos en la empuñadura de su cuchillo; sus ojos chispeaban de envidia. Se aferraba a esta prisión como si fuera la última cosa que podía controlar. Quizá lo fuera. Entre los restos desperdigados de la Legión Roja y los barones repudiados que andaban desenfrenados por el Arrecife, a los insomnes les quedaba poca cosa que pudieran considerar como suya. Poco quedaba de los insomnes. Variks suspiró. Solo un verdadero kell entendía que la supervivencia no era una cuestión de esperar. Y Petra Venj, pese a todo su poderío militar, no era ningún kell. "En un mundo sin kells, la fuerza escoria no engendrará más que caos". Variks susurró para sí el viejo proverbio de la Lluvia, deseando el retorno de los días decisivos de su reina. De su kell. "¿Qué has dicho?", le preguntó Petra sin dirigirle la mirada. "Caos", repitió él. "Estos escorias engendran caos". Petra se mofó. "Son caídos. Y donde hay caídos, habrá inevitablemente guardianes". Se giró sobre el tobillo y emprendió la marcha. "Te dejo a tu Juicio, Variks. Localiza el agujero en el que se refugian estos barones repudiados". Se detuvo. Se volvió otra vez hacia él. "Tal vez deberías aumentar tus raciones. Se te ve un poco… demacrado". Sonrió, le dio una palmada en la espalda y continuó su camino. Él la miró mientras se marchaba. Si se lo hubiera permitido su anatomía, también le habría sonreído él. El corazón de Petra siempre estaba en el sitio correcto… aunque el resultado de sus decisiones no fuera el ideal. Sin embargo, Petra no comprendía del todo la amenaza que suponían estos barones "repudiados". Él había tratado de advertirla cuando eran solo siete escorias y un arconte hereje. Ahora su terror se propagaba por todo el Arrecife y cada vez más caídos respondían a la llamada anarquista de los barones. Eso sí, tenía razón en una cosa: tendría que comer más. Solo pensar en ello ya le daba sed de flujo. Como todos los de su especie desde la aparición de la Legión Roja, se había visto obligado a racionar su consumo. Nunca se había sentido tan débil, tan cerca de la muerte. Pero sobreviviría como siempre lo había hecho. Variks sabía que llegaría inevitablemente el momento en que tendría que sobrevivir por su cuenta.

Pasar lista

Después de la guerra de los poseídos, los barones desdeñados se unieron en un momento de debilidad para volverse más fuertes, para cazar a cualquiera y a cualquier cosa que practicara los métodos de los viejos elixni. Comenzaron con lo único que su gente necesitaba para sobrevivir. Éter. De alguna manera, los barones se habían convertido en las cabezas de una nueva casa, sacerdotes de sus propios ritos y árbitros de sus propios juicios. El pánico que desataron había crecido poderoso como cualquier Kell. Estos paganos no eran elixni; eran más "caídos" que cualquier otro. Eran todo lo que el juicio había intentado purgar antes del tornado; y ahora, estaban pudriéndose en lo profundo del Presidio de los Ancianos. Cayde y sus "seis" habían cumplido con su palabra. La vara de Variks golpeaba con suavidad las chapas del suelo, y ruidos de una risa emanaron de su garganta. Cojeó frente a sus celdas a medida que los sirvientes resonaban a la vida. Hora de alimentarse. Vio odio en cada celda que pasó. Bañado por la luz del éter que fluye, sus ojos se tallaron en su carne, lo vieron acoplarse un millar de veces más. Yaviks, la Jinete, la salvaje. Ella y su tripulación infundieron terror y enfermedad con sus nocivas barracudas. Elykris, la Maquinista. Utilizó telemetría cabal robada y las trampas de gravedad para sabotear a los buques, relevarlos de su cargo, y llevar sus armatostes de regreso a sus propios desarmadores y astilleros. Pirrha, el ciego; el espectro de la Caverna Infernal, quien atormentaba al territorio del barón con señuelos de fantasmas y eliminaba a todos los intrusos desde las sombras. Reksis Vahn, el destructor de dioses, el Ahorcado. Había escondido los almacenes de éter de sus víctimas e indujo a los barones y a sus seguidores a un estado de histeria con ese banquete contaminado. Araskes, la ingeniosa. La traidora. La Bromista. Una mente maestra. Una mentirosa, una ladrona y una hipócrita. Kaniks dos dedos, el Bombardero Loco. Los peligros del Arrecife se habían multiplicado por cien con sus minas escondidas en cada roca y cada rincón polvoriento de su cinturón. Y el más asqueroso de todos, Hiraks, el Doblegamentes. Este encontró en la colmena una manera de infectar las mentes de los elixni. Solo faltaba uno. Fikrul. El hereje. El Fanático. Uno que Variks había osado en llamar amigo, en la época en que el arconte cuidaba de los kaliks primarios. Antes de su traición. Rogaba que el Fanático estuviera muerto; Cayde le aseguró que así era. ¿Y qué otra cosa era Cayde-6 además de confiable? Riendo, parloteando consigo mismo, Variks apagó las luces del pasillo. Y los barones nuevamente fueron hacia la oscuridad.

Después de la Guerra de los poseídos, los barones repudiados se agruparon en un momento de debilidad para fortalecerse y dar caza a todos los que practicaran las antiguas costumbres elixni. Comenzaron justo con lo que su pueblo necesitaba para sobrevivir: el éter. En cierto modo, los barones se habían hecho los jefes de una nueva Casa, los sacerdotes de sus propios ritos y los árbitros de sus propias pruebas. El terror que desataron se había hecho casi tan poderoso como cualquier kell. Estos bárbaros no eran elixni; eran más "caídos" que ninguno de sus hermanos. Eran todo lo que el Juicio había tratado de purgar antes del Tornado; y ahora, se pudrían encerrados en lo más profundo del Presidio de los Ancianos. Cayde y sus "Seis" habían obrado bien con sus palabras. La vara de Variks tocó levemente las baldosas del suelo y unos ruidos como de risa sofocada emanaban de su garganta. Pasó cojeando por al lado de sus celdas mientras los sirvientes se activaban con un zumbido. Hora de comer. Vio el odio en todas las celdas por las que pasaba. Bañados en la luz de éter fluyente, esos ojos se le clavaban en la carne, veían a Variks mutilado mil veces más. Yaviks, la Amazona, la Indómita. Ella y su equipo sembraron el terror y la enfermedad con sus letales barracudas. Elykris, la Maquinista. Empleó trampas de gravedad y telemetría cabal robadas para sabotear naves, despojarlas de su carga y remolcar los cascos de vuelta a sus propios astilleros. Pirrha el Ciego, el Fantasma del Cañón hacia el Infierno, que vigilaba el territorio de los barones con señuelos invisibles y acabó con todos los intrusos desde las sombras. Reksis Vahn, el Asesino de Dioses, el Ahorcado. Había escondido las reservas de éter de sus víctimas y conducido a los barones y a sus seguidores a un frenesí con ese macabro festín. Araskes, la Ocurrente. La Traidora. La Bromista. Una genio. Una mentirosa, ladrona y asesina. Kaniks Dosdedos, el Bombardero Loco. Los peligros del Arrecife se habían multiplicado por cien con sus minas escondidas en cada roca y rincón polvoriento del cinturón. Y el más desagradable de todos ellos, Hiraks, el Doblegamentes. Este encontró en la colmena una forma de infectar las mentes de los elixni. Solo faltaba uno. Fikrul. El Hereje. El Fanático. Uno a quien Variks se atrevió en su día a llamar amigo, cuando el arconte atendía al Kaliks primario. Antes de su traición. Esperaba que el Fanático estuviera muerto; Cayde le aseguró que lo estaba. ¿Y acaso no era fiable Cayde-6? Riéndose, farfullando para sí, Variks apagó las luces del pasillo. Y los barones se sumieron de nuevo en la oscuridad.

Trabajo inconcluso / Trabajo pendiente

Variks podía sentir la Luz descender sobre el Arrecife. Cuando la gran máquina despertó, lo sintió, dentro de sí. Cada caído en el sistema lo pudo sentir; un temblor, una memoria de algo de hace mucho, mucho tiempo. Esperó que lo inundara con respuestas, poder, algo. Lo único que provocó en él fue el recuerdo de lo alto que había caído. Golpeó su puño en la consola, observando cómo los moradores de la prisión arañaban las paredes de la celda. No, no era nada. Era algo mucho peor que la nada. Ahora dudaba. Su objetivo siempre había sido uno sencillo. El estandarte de la Casa del Juicio, la vocación con la cual había nacido. Mantener unida a su gente. Ahora la Luz estaba transmitiendo en todo el sistema y no tenía a nadie para mostrárselo: no tenía Reina, no tenía a Eris ni a Osiris, y no había señales de que la gran máquina recordara a los elixni; ¿qué había para anhelar? Supervivencia básica. Un día tras otro. Viviendo porque solamente tenía la capacidad de respirar. ¿Y dónde estaba la fuerza de la escoria en ello? ¿Qué era…? "Variks". Petra irrumpe en el sistema de comunicación. "Se interceptó una cosechadora de la legión de 189. Los equipos de captura están en camino. Supervivientes para la arena. Prepárate para la recepción". Petra Venj era lo único que le quedaba aquí, y a pesar de sí mismo, asintió ante el sonido de su voz. Después de todo, le quedaba un único aliado. Conectó el sistema de comunicación. "Sí, sí, sí. Bahía 41. Tráelos, me reuniré con el equipo. Haremos lugar para nuestros nuevos... huéspedes". Su sintetizador vocal balbuceó, necesitaba un ajuste. "Entendido". Su voz había desaparecido. Tomó su vara desde el lugar de la pared en la que la había dejado apoyada y comenzó la larga caminata hacia la bahía. Reflexionó sobre sus opciones, su información. Sus secretos. Los secretos que había protegido la Casa del Juicio. Mientras más conocimiento uno podía ofuscar, uno se convertía en alguien mucho más importante. Los secretos criaban posibilidades. Los secretos criaban... dominio. Pero el juicio, el verdadero juicio, requería de jerarquía. Y la jerarquía elixni murió con la caída de las casas. Los guardianes los destrozaron, kell por kell, primario por primario. Ahora, lo único que quedaba era su cultura; solo los piratas, los carroñeros y los lobos solitarios como en los días anteriores a las guerras de los límites. Sin confianza, sin honor, sin encontrar la manera de ser... necesario. Pero aún crecía una última esperanza entre los elixni. Craask, kell de reyes. Los reyes comprendían el juicio, ya que juntos pusieron fin a las guerras de los límites en la época dorada de su gente. Craask. Su última esperanza de ver su sueño de a los elixni unidos hecho realidad. Debía comunicarse. Por ende, contrató a un cazarrecompensas llamado Groks para que encontrara a Craask y recordarles cuánto se necesitaban entre ellos. Groks es la personificación de todo lo que Variks odia de su gente; glotón, orgulloso y hace las cosas solo por beneficio propio. Cuando hablaron, Groks hizo que Variks pagara con una letanía de insultos. Variks, la Mina. Variks, el pordiosero. Variks, el creador de kell. Pero era pura actuación. Groks trabajaría; y lo haría tan solo por cuatro balas de hélice etérica y una promesa de mantenerlo lejos del Presidio de los Ancianos. Se llegó a un acuerdo y Gorks explotó en una risa histérica. "¡Ja! ¡Considéralo hecho, Mina!" Groks hablaba en un tipo de dialecto inferior de elixni, la única razón por la cual Variks le encargó el trabajo. "Estás realmente desesperado con esto de que tu 'Kell' ha desaparecido. ¿Acaso no te enteraste?" Variks suspiró. "El rey kell murió, creador de kell. Murió en manos de ese arconte Fikrul lunático, y algún insomne vagabundo que lo llama 'Padre'. Lo que queda de los reyes ahora se esconden en las zonas muertas de la Tierra, debajo de la sombra del fragmento de la gran máquina. Esperaré mis cuatro balas en..." Variks cortó la comunicación. El último eslabón en la gran cadena elixni se había roto. Si aún existieran aquellos que se llaman kell, no conocerían a Variks, al juicio ni a las leyes que gobernaban sus casas. Los niños desparramados del tornado habían muerto. Pero… ¿Fikrul había logrado sobrevivir al ataque de Cayde y sus seis? Groks era muchas cosas, pero no era un mentiroso. Si Fikrul estaba vivo y tenía la fuerza suficiente como para asesinar a Craask... ¿Y quién era este insomne vagabundo que mencionó Groks? Su mente daba vueltas. Mientras que Fikrul siga con vida, el Arrecife corre peligro. Codificó los canales del sistema de comunicación en busca de una conexión adecuada. "Maestro Cayde. Variks solicita encontrarse con usted para discutir sobre su trato con Petra, sobre un trabajo inconcluso".

En el centro de seguridad del Presidio de los Ancianos, Variks engendró. Cuando despertó la gran máquina, lo había sentido en lo más profundo de su interior. Había esperado que aquello lo inundara de respuestas, de poder, de lo que fuera. Lo único que hizo fue recordarle lo bajo que había caído. Estampó el puño contra la consola, viendo a los moradores de la prisión arañar las paredes de sus celdas. No, no era nada. Era peor que nada. Ahora dudaba. Su objetivo siempre había sido sencillo. El estandarte de la Casa del Juicio, la vocación para la que había nacido. Mantener a su gente unida. Con la Luz atravesando ahora el sistema y sin nada que exhibir, ni reina, ni Eris ni Osiris, y sin indicio alguno de que la gran máquina recordara a los elixni, ¿qué expectativas de futuro podía haber? La pura supervivencia. Un día tras otro. Vivir solo porque aún respiraba. ¿Y dónde estaba la fuerza de escoria en eso? ¿Cuál era…? "Variks", soltó Petra de pronto por las comunicaciones. "Una cosechadora de la Legión ha sido interceptada con rumbo 189. Equipos de captura en camino. Supervivientes para la arena. Prepárate para la recepción". Petra Venj era lo único que le quedaba aquí, y a pesar de sus reservas, asintió al sonido de su voz. Solo le quedaba una aliada, al fin y al cabo. Tecleó las comunicaciones. "Sí, sí, sí. Muelle 41. Tráelos, me reuniré con el equipo. Haré sitio para los nuevos… invitados". Su sintetizador de voz sonó algo mal; tendría que ajustarlo. "Recibido". Petra ya había cortado. Cogió la vara apoyada contra la pared y comenzó la larga caminata hasta el muelle. Reflexionando sobre sus opciones, su información. Sus secretos. Los secretos habían protegido la Casa del Juicio. Cuanto más conocimiento podía ocultar, más importante se volvía uno. Los secretos engendraban posibilidad. Los secretos engendraban… dominio. Pero el Juicio, el verdadero Juicio, requería jerarquía. Y la jerarquía de elixni murió con la caída de las Casas. Los guardianes las habían destrozado, kell a kell, primario a primario. Ahora no quedaba prácticamente nada de su cultura, solo piratas y carroñeros y lobos solitarios como en los días de antes de las guerras del Borde. Ninguna confianza, ningún honor, ninguna manera de ser… necesario. Pero prosperaba aún una última esperanza entre los elixni. Craask, el kell de los reyes. Los reyes entendían el Juicio, pues juntos acabaron con las guerras del Borde en la edad dorada de su pueblo. Craask. Su última esperanza de ver realizado su sueño de unos elixni unidos. Debía establecer contacto. Y por eso contrató a un cazarrecompensas llamado Groks para encontrar a Craask y recordarles que se necesitaban unos a otros. Groks es la viva imagen de todo lo que Variks desprecia en su gente: es glotón, orgulloso, y solo piensa en sí mismo. Cuando hablaron, Groks se cebó con Variks con una retahíla de insultos. Variks el Desliz. Variks el Pordiosero. Variks el Creakells. Pero era todo un paripé. Groks haría el trabajo; y sería por solo cuatro fardos de hélice etérica y la promesa de mantenerlo fuera del Presidio de los Ancianos. Una vez hecho el trato, Groks estalló en carcajadas histéricas. "¡Ja! ¡Dalo por hecho, Desliz!". Groks hablaba en una variante vulgar del elixni, el único motivo por el que Variks lo contrataba. "Te has vuelto desesperado ahora que ya no tienes tu «kell». ¿No te has enterado?". Variks suspiró. "El rey kell ha muerto, Creakells. Muerto a manos de ese arconte demente, Fikrul, y de algún vagabundo insomne al que llama «padre». Lo que queda de los Reyes se esconde ahora en las zonas muertas de la Tierra, bajo la sombra del Fragmento de la gran máquina. Espero mis cuatro fardos en…". Variks cortó la transmisión. Se había roto el último eslabón de la gran cadena elixni. Si había alguien ahí fuera que se llamara kell, no sabría de Variks, del Juicio ni de las leyes que gobernaban las Casas. Los hijos desperdigados del Tornado estaban muertos. Pero… ¿Fikrul sobrevivió a Cayde y a sus Seis? Groks podía ser muchas cosas, pero no era un mentiroso. Si Fikrul estaba vivo y era lo bastante fuerte para matar a Craask… ¿Y quién era ese vagabundo insomne del que hablaba Groks? La mente le daba vueltas. Mientras Fikrul viviera, el Arrecife no estaba a salvo. Se abrió paso por los canales de comunicaciones en busca de la conexión correcta. "Maestro Cayde. Variks solicita reunirse contigo en relación con el trato con Petra, un trabajo pendiente".

Un tipo de suerte / Alguna clase de suerte

Variks se escondía debajo de la capa del anochecer a medida que descendía en la guarida de la Araña. Portar el sello del juicio en la Costa Enredada sería invitar a la muerte a tomar el té. Incluso con la bendición para pasar de la Araña, le hubieran robado y quitado todo dos veces. Podía escuchar los sonidos hedonísticos del palacio de la Araña. Los gritos de victoria y derrota le recordaron a Variks lo peor de los elixni. La necesidad inherente de su gente por la superioridad reducida a las apuestas por baratijas y gemas. Variks buscó entre la multitud, con la espalda encorvada. Solo otro vándalo. En la esquina pudo ver la multitud inconfundible que rodeaba al cazador de la Vanguardia cuando estaba fuera de la Ciudad. Se abrió paso por los observadores para pararse al lado de Cayde. El cazador lo notó, estaba seguro, pero no dijo nada. Por su parte, Variks estaba callado. Vio cómo perdió unos miles de lumen y un arma pistola contra uno de los guardaespaldas de la Araña. Cayde hizo girar un cuchillo en su mano derecha y suspiró dramáticamente. "Si vamos a hablar, me tendrás que comprar un trago". Encontraron un lugar tranquilo al final de la habitación. Cayde se sentó en la mesa. Esperando. "Le prestas servicios importantes al Arrecife, ¿cierto?" Variks se esforzó por mantener baja su muy reconocible voz. Sería una lástima que su sintetizador vocal fallara y resonara en toda la habitación ahora. "Capturas barones. Criminales. Para los insomnes. Para Petra". Cayde tomó una correa y dejó el vaso en la mesa, vacío. Sus ojos se veían firmes. Es increíble lo expresivos que pueden ser los exo. "Ve directo al grano, Variks". "Fikrul. El último barón desdeñado. Está vivo". El cuerno de Cayde hizo un arco en el aire al mover su cabeza en negación, dos veces, de forma definitiva. "Confía en mí. Está muerto. Le disparé justo aquí". Tocó a Variks justo en el centro de su pecho. "Lo vieron en la Tierra. Tengo conocimiento. Tengo información. Sabes que los elixni tienen los medios. ¿Como Mithrax? ¿Como Taniks?" El alcaide se dio cuenta de su error apenas la palabra salió de su boca. "NUNCA menciones el nombre de Taniks cerca de mí, ¿entendido? A no ser que quieras perder tus últimos dos brazos reales. Terminamos. Sal de aquí. Traes mala suerte". El cazador se preparó para irse. Variks tomó al Vanguardia de un brazo con una de sus manos metálicas. "Lo siento. Me equivoqué. Por favor. Escucha". Cayde soltó su mano y se puso de pie, imponiéndose sobre el caído para variar. Variks se sentó más derecho en el asiento. "Llévame a Zavala". El nombre de la vanguardia de titanes sonó cortado y tartamudeado de su boca. "Tengo información. Le gustará lo que tengo para decir. Y a ti por llevarme a él". Cayde parpadeó. "¿Quieres que te lleve a la Ciudad? Ni hablar, bicho. Ni en un millón de..." Con un ruido sordo, Variks soltó el cañón de mano que tenía escondido en su capa en la mesa. Era de un café opaco, con espinas en la parte de arriba, y un gatillo y boca de tecnología éter. Las cejas de Cayde subieron en sorpresa. "Un regalo de confianza. Un recuerdo del Arrecife. Con mejoras, ¿sí? Muy mortal". El cazador de la Vanguardia intentó esconder su entusiasmo. "Es. Eh. ¿Es ese el último? No he visto uno de esos en..." "Uno de los últimos. No quedan muchos". La voz de Variks sonaba pareja y calmada. Cayde tomó el arma de la mesa. Revisó la mira y lo sostuvo en su mano por un momento, para sentir el peso. Gruñó de satisfacción. Asintió con la cabeza. "Como dije, traes mala suerte. Vamos. Puedes ir conmigo".

Variks se ocultó bajo una capa crepuscular mientras descendía a la guarida de la Araña. Portar el sello del Juicio en la Costa Enredada era como invitar a la muerte. Aun con el consentimiento de la Araña para ir, lo habrían despellejado y mutilado por partida doble. Los sonidos hedonistas del palacio de la Araña chirriaban contra él. Gritos de victoria y derrota recordaban a Variks lo peor de los elixni. La inherente necesidad de superioridad de su pueblo reducida a las apuestas por ganar gemas y baratijas. Variks buscó entre la multitud, agachado discretamente. Solo era un vándalo más. En la esquina, la inconfundible muchedumbre que rodeaba al Vanguardia de cazadores cuando se adentraba fuera de la Ciudad. Se fue abriendo paso por los espectadores para coger sitio junto a Cayde. El cazador notó su presencia, estaba seguro, pero no dijo nada. Variks, por su parte, guardó silencio. Se limitó a observar cómo perdía varios miles de lumen y una pistola contra uno de los guardaespaldas de la Araña. Cayde hizo girar un cuchillo en la mano derecha y suspiró dramáticamente. "Si vamos a hablar, tendrás que invitarme a una copa". Encontraron un sitio tranquilo al final de la sala. Cayde se acomodó en el reservado. A la espera. "Haces un gran servicio al Arrecife, ¿no?". Variks se esforzaba por bajar su reconocible voz. Sería un apuro que su sintetizador de voz fallara y sonara ahora a todo volumen por la sala. "Capturo barones. Criminales. Para los insomnes. Para Petra". Cayde dio un trago y dejó la copa sobre la mesa, vacía. Su mirada transmitía cierta sensación de dureza. Era increíble lo expresivos que podían ser los exos. "Ve al grano, Variks". "Fikrul. El último barón repudiado. Está vivo". El cuerno de Cayde trazó un arco en el aire mientras negaba con la cabeza, dos veces, definitivo. "Créeme. Está muerto. Le metí una bala aquí mismo". Tocó a Variks justo en el centro del pecho. "Visto en la Tierra. Lo sé a ciencia cierta. Tengo información. Sabes que los elixni tienen sus métodos. ¿Como Mithrax? ¿Como Taniks?". El alcaide se dio cuenta de su error en cuanto salió la palabra de su boca. "NUNCA menciones el nombre de Taniks ante mí, ¿te queda claro? A no ser que quieras perder tus dos últimos brazos de verdad. Hemos terminado. Fuera. Traes mala suerte". El cazador se puso de pie, listo para marcharse. Variks se acercó y agarró al Vanguardia del brazo con una de sus manos mecánicas. "Lo siento. He hablado mal. Por favor. Escucha". Cayde se sacudió el brazo y permaneció en pie, elevándose por una vez sobre el caído. Variks se irguió más en el reservado. "Llévame con Zavala". El nombre del Vanguardia de titanes era un fluido tartamudeo repetido en su boca. "Tengo información. Le gustará lo que le voy a decir. Y tú por llevarme hasta él". Cayde parpadeó. "¿Quieres que te lleve hasta la Ciudad? Ni hablar, bicho. Ni en un millón de…". Con un golpe sordo, Variks soltó sobre la mesa el cañón de mano que llevaba escondido en la capa: un montaje de gatillo y boca con tecnología etérica con un color marrón apagado y cerdas en la parte superior. Las cejas de Cayde se levantaron en sorpresa. "Un regalo de confianza. Un recuerdo del Arrecife. Mejorado. Muy letal". El Vanguardia de cazadores trató de ocultar su entusiasmo. "¿Es…? Esto… ¿Es el último? La última vez que vi uno de esos fue…" "Uno de los últimos. No quedan muchos". La voz de Variks era tranquila, sin alterarse. Cayde cogió el arma de la mesa. Comprobó la mira, la giró en la mano un momento, notando el peso. Gruñó, satisfecho. Asintió con la cabeza. "Como decía: mala suerte. Venga. Puedes venir conmigo".

Sobrestimación

Variks nunca había visto en persona al comandante de la Vanguardia. Las imágenes que había visto eran fotos informales de agentes o de sistemas de vigilancia infiltrados que no revelaban la estatura real del hombre. Notó que la mayoría del "ancho" de Zavala era su armadura. En realidad, era un hombre esbelto. De músculos y tendones tirantes. Pero, mientras Variks estaba frente a Zavala, se dio cuenta de que su aplomo y confianza, además de su Luz, controlaban el espacio a su alrededor. Le daban un aire de autoridad que Variks no había sentido desde estar en la presencia de la mismísima Mara Sov. Incluso Cayde, de entre todas las personas, se veía algo diferente en la órbita de este hombre. Fascinante. Detrás de la Luz y el aplomo, Variks pudo ver dónde terminaba la fuerza del gran Zavala y dónde empezaba la ansiedad. Ahí es donde Variks debía encontrarlo y demostrar su valor. "Comandante Zavala". Variks se arrodilló y extendió sus manos en el suelo con las palmas hacia arriba, asegurándose de mantener contacto visual. Un gesto de juicio para indicar que se reconoce que se está en presencia de una fuerza dominante. Cayde se rio detrás de él, pero no dijo nada. "Variks vino a ofrecer ayuda. Para ayudar a la Vanguardia. A los guardianes, que han ayudado al Arrecife". Zavala contempló a Variks. El escriba de la Casa del Juicio vio mucho en ese momento. Fortaleza. Intensidad. Desesperación. "De pie, Variks". Ya era costumbre para Zavala que, al dar órdenes, las obedecieran. Variks hizo lo que le ordenaron. "¿Qué quieres?" "Un futuro para el Arrecife". La mirada de Zavala era examinadora. Variks continuó. "Los nativos del Arrecife están cerca de la perdición, Zavala el insomne. Caídos, poseídos, la Legión Roja. Todos atacan el Arrecife. Todos reclaman su carne". "Le hice mi oferta a Petra después de la guerra". Su voz era brusca, pero no indiferente. "Ya tomó su decisión. ¿Estás diciendo que algo cambió?" "Digo esto, comandante". Variks balbuceó. "Y tengo mucho más que decirle a un líder verdadero como tú".

Variks nunca había visto antes al comandante de la Vanguardia en persona. Las imágenes que había visto eran o bien fotos sin posar tomadas por agentes o imágenes de sistemas de vigilancia que no revelaban la verdadera estatura del hombre. La mayor parte de la "corpulencia" de Zavala, por lo visto, era la armadura. Era un hombre delgado, en realidad. Músculos y tendones firmes. Pero mientras Variks se levantaba ante él, se dio cuenta de que el porte y la confianza de Zavala, junto con su Luz, controlaban el espacio a su alrededor. Le daban un aire de autoridad que Variks no había sentido desde que estuvo en presencia de la mismísima Mara Sov. Hasta a Cayde, sorprendentemente, se le veía algo distinto en la órbita de este hombre. Fascinante. Detrás de la Luz y del porte, Variks podía ver dónde acababa la fuerza del gran Zavala y dónde empezaba la inquietud. Era ahí donde Variks tenía que verse con él y demostrar su valía. "Comandante de la Vanguardia Zavala". Variks cayó de rodillas y extendió las manos con las palmas hacia arriba sobre el suelo, asegurándose de mantener el contacto visual. Un gesto del Juicio pensado para reconocer la presencia de una fuerza dominante. Cayde rio disimuladamente detrás de él, pero no dijo nada. "Variks ha venido para ofrecer apoyo. Para ayudar a la Vanguardia. A los guardianes, que han ayudado al Arrecife". Zavala se quedó mirando a Variks. El escriba del Juicio vio mucho en ese momento. Fortaleza. Intensidad. Desesperación. "En pie, Variks". Zavala estaba bastante acostumbrado a dar órdenes y ver que se cumplían. Variks hizo como se le ordenó. "¿Qué quieres?". "Un futuro para el Arrecife". Los ojos de Zavala lo escrudiñaban. Variks carraspeó y continuó. "Los nativos del Arrecife están al borde del desastre, insomne Zavala. Los caídos, los poseídos, la Legión Roja. Todos ansían el Arrecife. Todos quieren su carne". "Hice mi oferta a Petra después de la guerra". Su voz era firme, pero no insensible. "Ella tomó su decisión. ¿Me estás diciendo que ha cambiado algo?". "Eso digo, comandante", soltó Variks. "Y tengo mucho más que decir a un verdadero líder como tú".

Espacio desconocido

La luz parecía bailar de un color azul en el horizonte del espacio desconocido, pero todo el resto era negro. Unos rizos parecían crecer con la luz. A dónde querían alcanzar o hacia dónde estirarse, no lo podía comprender. El miedo se apoderó de la mente de Variks. Los caminos que tenía en frente eran vastos, inciertos. Y por la primera vez en su vida, pudo sentir que el juicio se volvió hacia su interior. "Tu voluntad debe seguir siendo tuya", se dijo a sí mismo. "Eres un elixni de la Casa del Juicio. El destino de tu gente está en tus manos. Tú los salvarás. Tú te pondrás de pie por los caídos". CAMINAS ENTRE ELLOS PORQUE FALLASTE. La voz, suave pero muy fuerte, hizo eco a su alrededor en el espacio. A través de él, como si fuera una cuerda en un instrumento. "Camino entre los hijos de la Tierra y los benditos de la gran máquina, al que llaman el Viajero, porque han sido elegidos". PARA TI, LA GRAN MÁQUINA ES UN ESPEJO OSCURO. Variks sintió un frío distinto a cualquiera que haya sentido antes. De la nada, empezó a ver recuerdos. Lo único que pudo hacer fue aferrarse a medida que los últimos días de los elixni pasaron por su mente. Él y sus compañeros escribas pasando juicio en sus capas suaves y peludas. Luego vino el tornado, la división de los ancianos, el saqueo de la casa. Variks, arrodillado frente a una ventana, mirando a la gran máquina. Mirando cómo se desvanecía. El largo viaje en la oscuridad. Su escape para correr con los lobos, sus súplicas a Skolas. El pacto con Fikrul para cortar a Kaliks primario y esconderlo. La desaparición del primario... Y de nuevo Fikrul, en el horizonte, preparándose para darles a los caídos lo que justamente merecen... SOLO TIENES UN CAMINO, EN UN LUGAR DONDE TODO MUERE... Y COMIENZA DE NUEVO... Y con eso, sintió un nuevo poder, que le dio la fuerza para ponerse de nuevo de pie. Juicio emitido... El grito de las alarmas de la cárcel despertaron a Variks. Su debilidad por falta de éter causó que se tropezara mientras buscaba un tanque nuevo. En la radio, escuchó la voz de Petra. Cayde había regresado.

La luz parecía danzar en azul sobre el horizonte del espacio desconocido, pero todo lo demás era negro. Los zarcillos parecían crecer con la luz. De dónde venían o hasta dónde se alargaban era algo que él no podía comprender. El miedo oprimía la mente de Variks. Los caminos que se abrían ante él eran vastos e inciertos. Y por primera vez en su vida, podía sentir el Juicio en el interior. "Tu voluntad debe seguir siendo tuya", se dijo a sí mismo. "Eres el último elixni de la Casa del Juicio. El destino de tu pueblo está en tus manos. Tú los salvarás. Tú defenderás a los caídos". CAMINAS ENTRE ELLOS, PORQUE HAS FRACASADO. La voz, suave pero muy fuerte al mismo tiempo, resonó alrededor de él en el espacio. A través de él, como si fuera la cuerda de un instrumento. "Camino entre los hijos de la Tierra y los benditos de la gran máquina, la que llaman el Viajero, porque han sido elegidos". PARA TI LA GRAN MÁQUINA ES UN ESPEJO OSCURO. Variks sintió un frío como nunca había conocido. De improviso, los recuerdos le pasaron rápidos por delante. Lo único que podía hacer era aguantar mientras los últimos días de los elixni se reproducían en su mente. Él y los otros escribas juzgando bajo sus suaves túnicas de pieles. Luego el Tornado, los Ancianos destrozados, el saqueo de la Casa. Variks, arrodillado ante una ventana, alzando la mirada a la gran máquina. Viéndola desvanecerse. El largo viaje en la oscuridad. Su fuga para correr con los lobos, sus súplicas a Skolas. El pacto con Fikrul para separar al Kaliks primario y esconderlo. La desaparición del primario… Y otra vez Fikrul, en el horizonte, preparándose para dar a los caídos lo que tanto merecían… AQUÍ SOLO QUEDA UN CAMINO ABIERTO PARA TI, EN UN LUGAR DONDE TODO MUERE… … Y COMIENZA DE NUEVO. Con eso, ardió un nuevo poder, concediéndole la fuerza para alzarse de nuevo. Juicio emitido… El pulso chillón de las alarmas de la prisión despertó a Variks. Falto de éter, su debilidad le hacía tropezar mientras buscaba un nuevo tanque. En las comunicaciones, oyó la voz de Petra. Cayde había vuelto.

Dos celdas

Las órdenes de Petra fueron apresuradas y demasiado verbosas al pedir no una, sino dos celdas. Lo que sea que haya traído Cayde esta vez la tenía tan agitada que no podía pensar con claridad. Variks decidió ingerir mucho más éter del que tenía asignado. Quizá Cayde al fin había encontrado a Fikrul, y por eso, Variks se pararía con fuerza y altura. Sus pasos eran largos y lentos, para permitirle al éter recorrer sus sacos, y su postura fue ganando altura y seguridad con cada paso. Con esa fuerza, sintió un fuerte orgullo mientras tomó a sus seguidores, adornados con los barones desdeñados privados de éter. Preparó las dos celdas vacías y llamó al lugar a sirvientes de extracción, mientras disfrutaba la idea del juicio de Fikrul. Al terminar, dio un paso atrás y esperó. Gruñendo y gritando, los prisioneros entraron al lugar. Petra empujó fuerte a uno de ellos, un elixni, a una de las dos crioceldas. El débil caído se desplomó, y Petra selló la puerta de la celda. Variks estaba satisfecho de ver al enorme y deshonrado Fikrul, el sustento de los barones desdeñados, su antiguo cómplice y gran traidor, furioso mientras los sirvientes de extracción se activaron y comenzaron a succionar el preciado éter del arconte hereje. Variks y Fikrul se miraron profundamente a los ojos, y siglos de historia pasaron en un latido. Fikrul rio. Conmocionado, Variks se hizo a un lado mientras Cayde arrastraba a un humanoide agotado con la cabeza cubierta. Cayde le quitó la capucha de forma brusca y lanzó al humanoide, un hombre insomne, a la celda abierta. "¡Quédate ahí!" Cayde le dio una orden como a un perro. En manos y rodillas, el extraño miró a sus captores y reveló una familiar maraña de cabello negro como un cuervo, piel azul y unos ojos amarillos penetrantes. "Variks..." Era el rostro de Uldren Sov, hermano de la Reina, príncipe de los insomnes y heredero del Arrecife.

Petra pedía no una, sino dos celdas. Variks decidió ingerir mucho más éter que la ración que tenía asignada. Quizá Cayde había encontrado al fin a Fikrul; por si acaso, Variks adoptó una pose de fortaleza y seguridad. Sus zancadas eran largas y lentas mientras dejaba que el éter recorriera los sacos de su cuerpo, su postura se iba haciendo más alta e imponente a cada paso. En lo alto del ala de máxima seguridad, sus manos se movían sobre los controles. Preparó las dos celdas vacías y ordenó que acudieran sirvientes de extracción, todo mientras se regodeaba en la idea del juicio de Fikrul. Al terminar, dio un paso atrás y esperó. Gruñendo, gritando, los prisioneros entraron en el ala. A uno, un elixni, Petra lo arrojó con fuerza en una de las dos celdas criogénicas. El caído se derrumbó, débil, y Petra cerró a cal y canto la puerta de la celda. Variks estaba más que complacido de ver caído en desgracia al corpulento Fikrul, el cordón umbilical de los barones repudiados, su antiguo cómplice conspirador de confianza y gran traidor, furioso ahora mientras los sirvientes de extracción se activaban con zumbidos y despojaban al herético arconte de su valioso éter. Variks y Fikrul se miraron atentamente a los ojos; siglos de historia pasaron entre ellos en tan solo un instante. Fikrul se rio. Impertérrito, Variks se apartó mientras Cayde arrastraba una andrajosa figura humanoide; llevaba la cabeza cubierta con un saco y no se le veía la cara. Cayde le quitó bruscamente la capucha y tiró al humanoide, un insomne, a la celda abierta. "¡Quédate ahí!", le ordenó Cayde como si fuera un perro. Tendido sobre pies y manos, el extraño levantó la mirada a sus captores para revelar un familiar revoltijo de pelo negro cual cuervo, piel azul y penetrantes ojos amarillos. "Variks…". Era la cara de Uldren Sov, hermano de la reina, príncipe de los insomnes y heredero del Arrecife.

Reencuentro / Reunión

"Su Majestad...", Variks no pudo evitar usar el título. Como un reflejo. Al mirar a los ojos de su príncipe, notó una sombra de oscuridad fugaz en su brillo dorado etéreo. Variks miró a Petra. "Petra Venj... No... No entiendo". "Lo sé. Le... Le pasa algo, Variks. Está... loco. Enciérralo... Asegura el bloque de celdas completo. Que no entre nadie más que nosotros dos. No le hables de esto a nadie. Por lo que concierne al sistema, Uldren Sov murió en Saturno". Variks miró a Cayde en busca de respuestas, pero el exo solo levantó las manos en señal de defensa. "No me mires a mí. Tuve que resistir para no matarlo. El príncipe de cara triste y Fikrul eran como mejores amigos cuando los encontramos. Fue un logro no dispararle a ninguno en la cara". Petra indicó con la cabeza hacia la ahora celda real, y Variks, con solo una pizca de duda, selló la compuerta y encerró al Príncipe Uldren. "Ahora, Variks", dijo Cayde, calmado como siempre. "Avísame si alguna vez Fikrul sube a la arena. Tenemos una conversación que terminar". "Por supuesto. Claro". Variks notó que la mirada de Petra se mantuvo por demasiado tiempo en la celda del príncipe. Pudo notar que estaba preocupada o incluso avergonzada. Petra vio la expresión de Variks e inmediatamente se compuso y enderezó su espalda, como una furia. Encontró su mirada. Podía notar sus preocupaciones, su vergüenza. "Variks. Mi amigo". ¿Era ternura lo que Variks escuchó en la voz de Petra? "Está cambiado. Sus ojos...", paró de hablar. Volvió a empezar. "Si habla, no lo escuches. Dice mentiras. Mentiras terribles". Y con eso se fue, con Cayde por detrás. Las puertas al bloque de celdas se cerraron a sus espaldas. Variks quedó ahí por un largo, largo tiempo. Por primera vez en su vida, no sabía cuál debía ser el siguiente paso. Petra Venj y Uldren Sov se habían admirado por mucho tiempo. Había cierta ansiedad cuando estaban juntos y un profundo, aunque tácito, afecto. Había muchos, muchos rumores sobre qué tan cercanos realmente eran, pero Variks nunca había espiado más que un profundo respeto. Y cuando los dos unieron fuerzas en el campo de batalla fueron hábiles, efectivos y peligrosos. Eran una danza de la muerte, y la calamidad era el enemigo al que se enfrentaban en combate. Variks se preguntaba los crímenes por los que Petra juzgaría a Uldren. Al volver a abrir la cela de su príncipe, se preguntó si Petra lo juzgaría a ÉL. Variks se arrodilló ante Uldren. "Pensamos que estabas muerto. Pero ahora estás bajo mi cuidado, ¿sí?" Sus brazos tocaron con suavidad al hombre insomne, revisando con gentileza. Uldren parpadeó y miró hacia él... o, mejor dicho, sus ojos dorados miraron a través de él. Variks miró sobre su hombro, solo para asegurarse. Obviamente, no había nadie ahí. "Hermana...", Uldren dijo con voz ronca a través de labios secos y partidos. "¿Qué será de nosotros ahora?" Él extendió la mano y tocó el rostro de Variks. Cuando Uldren volvió a hablar... Variks juraría más tarde que escuchó otra voz, una debajo de la del príncipe, perceptible solo en retrospectiva: la voz de su Reina, su kell, guiando el mensaje de su hermano..."Libérame..."

"Alteza…". Variks no podía evitar usar el título. Como un acto reflejo. Al mirar a los ojos del príncipe, vio una sombra fugaz de oscuridad danzar frente a su habitual fulgor dorado y etéreo. Variks volvió la mirada a Petra. "Petra Venj… No… no lo entiendo". "Ya lo sé. Es… Tiene algo raro, Variks. Está… loco. Enciérralo. Clausura todo el bloque de celdas. Que no entre nadie más que tú y yo. No se lo cuentes a nadie. Por lo que concierne al sistema, Uldren Sov murió en Saturno". Variks miró a Cayde en busca de respuestas, pero el exo solo se llevó las manos a la cabeza en actitud defensiva. "A mí no me mires. El príncipe Caralarga y Fikrul eran uña y carne cuando los encontramos. Hice lo que pude por no pegarles un tiro en la cara a ninguno de ellos". Petra asintió con la cabeza hacia la que era ahora la celda real, y Variks, con solo un ápice de vacilación, cerró la ventanilla, dejando encerrado al príncipe Uldren en el interior. "Ah, Variks", dijo Cayde, suave como de costumbre. "Avísame si Fikrul aparece algún día por la arena. Él y yo tenemos una conversación pendiente". "Por supuesto. Por supuesto". Variks notó que los ojos de Petra observaron un poco más de la cuenta la celda del príncipe. Podía ver que estaba preocupada, incluso avergonzada. Petra vio la expresión de Variks y recobró la compostura inmediatamente, con la espada recta, la auténtica Ira. Cruzó con él la mirada. Él podía ver su preocupación, su vergüenza. "Variks. Amigo mío". ¿Era ternura lo que oía Variks en la voz de Petra? "Ha cambiado. Sus ojos…". Se detuvo. Volvió a comenzar de nuevo. "Si habla, no lo escuches. Dice mentiras. Mentiras terribles". Y, con eso, se marchó, con Cayde detrás. Las puertas del bloque de celdas se cerraron detrás de ellos. Variks permaneció allí un buen rato, demasiado. Por primera vez en su vida, no sabía cuál debía ser su siguiente paso. Petra Venj y Uldren Sov se habían admirado mutuamente desde hacía mucho tiempo; había cierta naturalidad en el ambiente cuando estaban juntos, y un afecto profundo no verbal. Cuando los dos unían fuerzas en el campo de batalla, eran hábiles, eficaces y peligrosos. La suya era una danza de la muerte, y pobre del enemigo que los encontrara en combate abierto. Variks se preguntaba por qué crímenes habría de juzgar Petra a Uldren. Mientras reabría la celda del príncipe, se preguntaba si Petra lo juzgaría a ÉL. Variks se arrodilló ante Uldren. "Te dábamos por muerto. Pero ahora estás bajo mi cuidado". Sus brazos tocaron con cuidado al insomne, firmes pero con delicadeza. Uldren pestañeó y miró hacia él; o, más bien, sus ojos dorados miraron más allá de él. Variks miró por encima del hombro, solo por asegurarse. Naturalmente, no había nadie. "Hermana…", dijo Uldren con voz ronca bajo sus labios secos y agrietados. "¿Qué será ahora de nosotros?"

Revolución

La explosión de los sirvientes despertó a Variks de la atracción que tenían las palabras del príncipe. Intentó moverse con rapidez, pero uno de sus dedos quedó atrapado en las grietas de la plataforma, y cayó al suelo. Levantó la cabeza y encontró a los sirvientes de extracción desplomados, destruidos e inertes, silbando conforme el éter se evaporaba flotando por el aire. Variks se incorporó, moviéndose con cautela y con lentitud, sin la certeza de quién o qué podría estar suelto. Revisó cada uno de los sellos de la celda de Fikrul, después reunió el valor necesario para mirar por la escotilla. Fikrul no había sido afectado. Si había algún cambio, era que lucía más fuerte que antes. Se quedó ahí de pie, flagrante, esbozando una sonrisa diabólica. "¿Encuentras mi éter... amargo?", gruñó. En efecto, Variks podía percibir que había algo malo con este éter. Era más oscuro, y estaba contaminado con algo que le era imposible identificar. Apretó los sellos de su máscara mientras examinó los restos de los sirvientes, temiendo que lo que sacaran de Fikrul pudiera ser tóxico. Se movió por el gas neblinoso, como si fuera agua. No se disipaba como el tradicional; no, permanecía ahí, denso y opaco. Variks regresó a la celda de Fikrul. Activó el micrófono de transmisión. "Fikrul, asaalii akisoriks", dijo él, utilizando el lenguaje superior del juicio, con la esperanza de que Fikrul aún respetara la antigua ley. "Ah, Variks. Te aferras al juicio al igual que la lluvia se aferra a las mentiras". Fikrul escupió las palabras de la manera en que los vagabundos lo harían. "Tú eres un vagabundo. Eres basura. ¿Fue esto lo que hiciste con los kaliks, entregaste al último primario a los poseídos? ¿Esa es la sangre que ahora respiras?" "¡Ja! Aún crees que tengo kaliks. Necio. Los kaliks nos abandonaron. Pero mi éter... es verdad que Fikrul no está más esclavizado por el éter de las máquinas. Por la gracia del padre insomne, yo he evolucionado". Variks dirigió la mirada hacia la celda del príncipe, que aún estaba abierta. El padre insomne... Variks regresó con el príncipe. Con cada paso que daba, escuchaba con mayor claridad. Vio que Uldren estaba sentado, asintiendo, escuchando, mirando con detenimiento hacia las sombras a algo invisible. Si existía una imagen de demencia malévola, era esta. El príncipe habló. "Sí, hermana. Ahora lo veo. El ejército de desdeñados que me prometiste..."

La explosión de sirvientes sacó de pronto a Variks de la atracción de las palabras del príncipe. Trató de moverse rápidamente, pero un dedo del pie se le quedó atrapado torpemente en la rejilla de la pasarela y cayó al suelo de bruces. Levantó la cabeza y vio tirados a los sirvientes de extracción, destrozados y sin vida, siseando mientras los vapores de éter se dispersaban por el aire. Variks se levantó, moviéndose con cuidado, inseguro de quién o qué podría estar suelto. Comprobó todos los cierres de la celda de Fikrul, luego reunió el suficiente valor para mirar por la portilla. Fikrul no estaba afectado. Más bien, se le veía más fuerte que antes. Se quedó allí de pie, con una mirada de odio y una sonrisa malévola en la cara. "¿Notas mi éter… algo amargo?", refunfuñó. Ciertamente, Variks podía ver que había algo raro con este éter. Era más oscuro, contaminado con algo que no podía identificar. Se apretó los cierres herméticos de la máscara mientras examinaba los restos de los sirvientes, temiendo que hubiesen extraído algo tóxico de Fikrul. Se movía a través del gas neblinoso como si fuera agua. No se disipaba como el tradicional; no, persistía, pesado y opaco. Variks retrocedió a la celda de Fikrul. Activó el micrófono de transmisión. "Fikrul, asaalii akisoriks", dijo furioso, usando la alta lengua del Juicio, con la esperanza de que Fikrul respetara aún la ley más antigua. "Ah, Variks. Te aferras al Juicio como la Lluvia se aferró a las mentiras". Fikrul espetó sus palabras como harían los sin casa. "Eres un sin casa. Eres basura. ¿Es esto lo que has hecho con Kaliks, entregar al último primario a los poseídos? ¿Es esa la sangre que ahora respiras?". "¡Ja! Todavía crees que tengo a Kaliks. Necio. Kaliks nos abandonó. Pero mi éter… Es cierto que Fikrul ya no está esclavizado al éter de las máquinas. Por la gracia del padre insomne, he evolucionado". Variks volvió atrás la mirada a la celda del príncipe, aún abierta. El padre insomne… Variks se acercó al príncipe a paso lento. A cada paso, lo oía más claro. Vio ahora a Uldren sentarse, asentir con la cabeza, escuchar, escudriñar en las sombras algo invisible. Era el vivo retrato de la demencia malévola. El príncipe habló. "Sí, hermana. Ya lo veo. El ejército de malditos que me prometiste…".

La Chispa

Variks, por siempre el leal, hizo lo que Petra ordenó: El acceso del bloque de celdas estaba reservado estrictamente para el cancerbero y el comandante regente. Desafortunadamente, esto significaba que cada labor servil operacional era su ocupación. Distribuir la comida. Eliminar los desechos. Entre los ocho barones y el príncipe insomne, sus nuevas tareas le dejaban muy poco tiempo para el juicio. Visitaba el bloque tres veces al día. Y tres veces al día, él tenía que inventar excusas al corsario local del por qué el nivel más bajo de la prisión estaba fuera de los límites. Los rumores se expandieron. No era información desconocida que Petra y Cayde-6 habían contrabandeado a algún prisionero desconocido de alto valor, nada menos que un prisionero humanoide, siendo el primero en el Presidio de los Ancianos, si la información era verdadera. Pero Variks aseguraba, a cualquiera que tuviera las agallas para preguntarle, que su juicio de los barones desdeñados era un proceso sensible, y que debía llevarlo a cabo en privado. La misma Petra no ayudaba a que se extinguiera el secreto a voces. Ella no era ninguna adepta del arte de la confidencia, y todos lo sabían. Ella respondía ante cualquier interrogante atrevida con un severo: "No es de tu incumbencia", lo cual suponía una validación de que alguna versión de los rumores era verdad. Si tan solo ella hubiera encontrado la felicidad en su entrenamiento técnido; si tan solo hubiera aprendido más de su reina. Cada vez que Variks hacía sus rondas, consideraba en hacerle saber su lealtad al príncipe, y cada vez se detenía en seco cuando presenciaba las... divagaciones del príncipe. El día de hoy no era distinto. Ahí estaba Uldren sentado, con los codos sobre las rodillas, mirando fijamente hacia la misma oscura esquina de la celda, con el rostro oculto por su largo cabello oscuro, en una aparente comunión con la nada. "Ya veo... Sí, eso suena bien, muy bien. Deseo de sangre por arder entre las filas de los guardianes". Uldren asintió, e inclinó la cabeza como si estuviera escuchando"."Ah, sí, eso haría pedazos a su Vanguardia". Más escuchaba y más asentía. "Entonces, eso es lo que debemos hacer. Mediante tu voluntad, hermana, él vendrá a mí. Lo único que necesitamos es una chispa". La voz de Uldren se acalló, entrando en un estado de relajación evidente. Después de un momento, dirigió la mirada sobre su hombro y por la escotilla, para encontrarse con la mirada de Variks. "Su excelencia". "Variks, el leal". Uldren sonrió. "Variks, la chispa. ¿Querías decirme algo, o solo te entretienes jugando al cuervo espía?" Y ahí estaba de nuevo, ese pase fugaz de tinieblas oscuras que momentáneamente apagaban el brillo en la mirada de Uldren. Entonces Variks guardó silencio. No sabía si era por estar paralizado por miedo, o por simplemente no encontrar palabras. Uldren se inclinó hacia adelante, puso su dedo sobre sus labios, y dijo en voz baja: "Tengo un secreto para ti, Variks. Yo sé que quieres escucharlo". Variks respondió con un solo asentimiento ligero y prolongado. "Tu kell vive", susurro Uldren. Se acercó un poco más e hizo la pregunta que Variks jamás había sido capaz de responder: "¿Sabes dónde yace tu VERDADERA lealtad, Variks?" Uldren no aguardó por una respuesta. Sus ojos cambiaron de dirección repentinamente sobre su hombro, hacia la sombría esquina que se había convertido en su obsesión. "Por supuesto que podemos confiar en él, querida hermana. Él es el más leal..."

Variks, siempre leal, hizo tal como ordenó Petra: el acceso al bloque de celdas inferior estaba reservado estrictamente al alcaide y a la comandante regente. Por desgracia, eso significaba que hasta las tareas más bajas quedaban a su cargo. Reparto de comida. Eliminación de residuos. Entre los ocho barones y el príncipe insomne, sus nuevos quehaceres le dejaban poco tiempo para el Juicio. Tres veces al día, visitaba el bloque. Y tres veces al día, tenía que inventarse excusas para justificar ante el destacamento local de corsarios por qué el nivel INFERIOR de la prisión era ahora inaccesible. Proliferaban los rumores. Se sabía que Petra y Cayde-6 habían llevado a algún prisionero misterioso muy importante, un prisionero humanoide, nada menos, lo cual era una primicia para el Presidio de los Ancianos, si eran ciertos los rumores. Pero Variks aseguró a todos los que se atrevían a preguntar que el Juicio de los barones repudiados era un proceso delicado que debía ser dirigido en privado. La propia Petra no ayudó a sofocar la creciente inquietud. A ella no se le daba del todo bien el arte de la confidencialidad, y todos lo sabían. Respondía a cualquier pregunta audaz con un áspero "No es de tu incumbencia", lo cual equivalía en la práctica a confirmar que alguna versión de los rumores era cierta. Ojalá se hubiera aficionado a su formación como técnida; ojalá hubiera aprendido más de la reina. Cada vez que Variks hacía una de sus rondas, se planteaba dar a conocer al príncipe su lealtad; y cada vez se abstuvo en cuanto fue testigo de los… desvaríos del príncipe. Hoy no era diferente. Allí estaba Uldren sentado, con los codos sobre las rodillas, la mirada fija en el mismo rincón oscuro de la celda, el rostro oculto bajo su largo pelo negro, aparentemente sin contacto con nada. "Ya veo… Sí, eso está bien, muy bien. Más escuchar y asintir. "Entonces eso es lo que haremos. Y mira, hermana, él ya está aquí". Uldren se sumió en el silencio, relajándose visiblemente. Tras un momento, volvió la mirada por encima del hombro y por la portilla para cruzarse con los ojos de Variks. "Alteza" graznó Variks. "Variks, el Leal". Uldren sonrió de satisfacción. "Variks, la Chispa. ¿Tenías algo que decirme, o te conformas con hacer de cuervo espía?". Y ahí estaba otra vez; ese paso fugaz de una negra oscuridad que apaga por un momento el brillo de los ojos de Uldren. Así que Variks no dijo nada. Ya fuese porque estaba paralizado por el terror o simplemente porque no le salían las palabras apropiadas, no podía decir nada. Uldren se acercó, se puso un dedo en los labios y habló en voz baja: "Tengo un secreto para ti, Variks. Sé que quieres oírlo". Variks contestó asintiendo con la cabeza en un único, lento y levísimo movimiento. "Tu kell vive", susurró Uldren. Se acercó un poco más e hizo la única pregunta que Variks nunca había sido capaz de contestar: "¿Sabes dónde reside tu VERDADERA lealtad, Variks?" .Uldren no esperó la respuesta. Sus ojos se lanzaron casi inmediatamente por encima de su hombro, hacia la esquina sombría que se había convertido en su obsesión. "Claro que podemos confiar en él, querida hermana. Es el más leal…"

Cadena de almas

Variks admiraba su obra maestra, la cadena de sirvientes improvisada que habría de revelar por fin los secretos de su fanático antiguo amigo. Por desgracia, Fikrul se negaba a hablar del pasado, solo quería hablar del futuro. O de Uldren, su "padre" insomne, que lo salvó al borde de la muerte y despertó en él un poder nunca visto antes en los elixni. Un poder sobre la propia muerte. Un poder para rehacer a su pueblo y prosperar en un universo de Luz y Oscuridad que los había abandonado y los había dejado despreciados. Variks conocía demasiado bien estos sentimientos. Era aquí, en las catacumbas más profundas del Presidio de los Ancianos, donde él prosperaba, donde él también trabajaba por reconstruir a los elixni. Este era su hogar ahora, este lugar de trabajo donde era libre de explorar el "potencial" de los presos para sacar alguna ventaja en el futuro. El alimento para gusanos de médula esmeralda de la colmena, los virus prismáticos de los vex, las longitudes de onda de los desolladores psiónicos; todos estos secretos habían sido desentrañados dentro de estas salas húmedas y oscuras, intercambiados entre las redes de Variks por otros secretos, o utilizados en armas para los insomnes. Pero los secretos de la… mutación de Fikrul… se le escapaban. El poder que contenía era evidente. Por el suelo estaba desparramada la prueba de su potencia, así como demasiadas noches de fracaso: sirvientes centinela destrozados, decenas de escorias deshechos, todos ellos reclamados de los bloques de celdas superiores para ser sus "ayudantes". Fuera lo que fuese este frío cóctel antinatural que corría por dentro de Fikrul, no podía ser transferido ni ingerido como el éter que su gente necesitaba para mantener sus desgraciadas vidas. Variks estaba ya más que dispuesto a rendirse, enviar a Fikrul a la arena para enfrentarse a Cayde-6 y poner fin al legado de los barones renegados; hasta que un día, durante las rondas de Variks, Uldren le habló de improviso. Había una lucidez en los ojos del príncipe rechazado, una claridad que no existía ni antes de que desapareciera sobre los anillos de Saturno. Uldren dio a Variks una… nueva perspectiva. Y por tanto, la cadena. Era una apuesta peligrosa, mezclar la sangre contaminada de Fikrul con éter tradicional. Estos sirvientes tenían un setenta por ciento de las propias reservas de éter de Variks. Si esto fallaba… bueno, no sería la primera vez que Variks lo arriesgaba todo y perdía. Variks tiró de la palanca. El zumbido de la cadena de sirvientes fue in crescendo, pero lo único que oía él era el eco persistente de la venenosa pregunta de Uldren: ¿Sabes dónde reside tu verdadera lealtad, Variks? Pero si funcionaba, quizá Fikrul podría curarse. Quizá, si Variks estaba en lo cierto y la corrupción de Fikrul tenía relación con la aflicción del príncipe, Uldren también podría curarse. Variks se lo había contado a Petra, pero ella se negaba a escuchar. "No experimentarás con el príncipe". "Nuestro príncipe está enfermo. Mantenerlo aquí... oculto a los ojos de los insomnes... no está bien". "He tomado una decisión, Variks". Variks flexionó sus dedos. "Petra, la leal", espetó. "Puede que los murmullos de Kamala Rior sean ciertos, ¿no?" Petra estalló. "Yo me ocupo de Uldren. Tú... no lo tocarás". Se giró con celeridad antes de marcharse a grandes zancadas. Variks no la había visto desde entonces. Él dedicó todo su tiempo a la cadena de sirvientes, y a sus propios pensamientos.

Variks admiraba su obra maestra, la cadena de sirvientes improvisada que habría de revelar por fin los secretos de su fanático antiguo amigo. Por desgracia, Fikrul se negaba a hablar del pasado, solo quería hablar del futuro. O de Uldren, su "padre" insomne, que lo salvó al borde de la muerte y despertó en él un poder nunca visto antes en los elixni. Un poder sobre la propia muerte. Un poder para rehacer a su pueblo y prosperar en un universo de Luz y Oscuridad que los había abandonado y los había dejado despreciados. Variks conocía demasiado bien estos sentimientos. Era aquí, en las catacumbas más profundas del Presidio de los Ancianos, donde él prosperaba, donde él también trabajaba por reconstruir a los elixni. Este era su hogar ahora, este lugar de trabajo donde era libre de explorar el "potencial" de los presos para sacar alguna ventaja en el futuro. El alimento para gusanos de médula esmeralda de la colmena, los virus prismáticos de los vex, las longitudes de onda de los desolladores psiónicos; todos estos secretos habían sido desentrañados dentro de estas salas húmedas y oscuras, intercambiados entre las redes de Variks por otros secretos, o utilizados en armas para los insomnes. Pero los secretos de la… mutación de Fikrul… se le escapaban. El poder que contenía era evidente. Por el suelo estaba desparramada la prueba de su potencia, así como demasiadas noches de fracaso: sirvientes centinela destrozados, decenas de escorias deshechos, todos ellos reclamados de los bloques de celdas superiores para ser sus "ayudantes". Fuera lo que fuese este frío cóctel antinatural que corría por dentro de Fikrul, no podía ser transferido ni ingerido como el éter que su gente necesitaba para mantener sus desgraciadas vidas. Variks estaba ya más que dispuesto a rendirse, enviar a Fikrul a la arena para enfrentarse a Cayde-6 y poner fin al legado de los barones renegados; hasta que un día, durante las rondas de Variks, Uldren le habló de improviso. Había una lucidez en los ojos del príncipe rechazado, una claridad que no existía ni antes de que desapareciera sobre los anillos de Saturno. Uldren dio a Variks una… nueva perspectiva. Y por tanto, la cadena. Era una apuesta peligrosa, mezclar la sangre contaminada de Fikrul con éter tradicional. Estos sirvientes tenían un setenta por ciento de las propias reservas de éter de Variks. Si esto fallaba… bueno, no sería la primera vez que Variks lo arriesgaba todo y perdía. Variks tiró de la palanca. El zumbido de la cadena de sirvientes fue in crescendo, pero lo único que oía él era el eco persistente de la venenosa pregunta de Uldren: ¿Sabes dónde reside tu verdadera lealtad, Variks? Pero si funcionaba, quizá Fikrul podría curarse. Quizá, si Variks estaba en lo cierto y la corrupción de Fikrul tenía relación con la aflicción del príncipe, Uldren también podría curarse. Variks se lo había contado a Petra, pero ella se negaba a escuchar. "No experimentarás con el príncipe". "Nuestro príncipe está enfermo. Mantenerlo aquí... oculto a los ojos de los insomnes... no está bien". "He tomado una decisión, Variks". Variks flexionó sus dedos. "Petra, la leal", espetó. "Puede que los murmullos de Kamala Rior sean ciertos, ¿no?" Petra estalló. "Yo me ocupo de Uldren. Tú... no lo tocarás". Se giró con celeridad antes de marcharse a grandes zancadas. Variks no la había visto desde entonces. Él dedicó todo su tiempo a la cadena de sirvientes, y a sus propios pensamientos.

Donde yace la lealtad / Donde reside la lealtad

El experimento de Variks tuvo éxito, pero no como esperaba. La ingestión del brebaje etérico seguía provocando la muerte de los caídos; no era, en absoluto, una sustancia que preservara la vida. Era, sin embargo, una sustancia que DABA vida. Aunque el éter oscuro persistía como una niebla densa, también parecía extenderse en busca de recipientes vacíos. En este caso, encontró a los escorias muertos que sembraban el suelo. Se deslizó por dentro de los cadáveres como una lenta inhalación, inflándolos, estirándolos hasta el punto de provocarles forúnculos y reventones, poniéndolos en pie. El éter oscuro dio a estos escorias sin vida… una nueva vida. Estaban furiosos. Su respiración era regular, pero fuerte y rápida. Formaban un estruendo como si vivieran volcanes bajo sus pechos. Un fuego negro se levantaba de la piel de estos seres mientras quemaban este éter oscuro como un motor a reacción quema combustible. Lo que Variks vio realmente ante él fue la ira personificada y alimentada por el odio, y el comienzo de otro Tornado. Ya no eran simples caídos. Eran desdeñados. Detrás de él, Fikrul reía y reía sin parar, hasta que se detuvo abruptamente. En ese preciso momento, los desdeñados cayeron al suelo, muertos una vez más. "Tus escribas, tus kells, tus Casas; todos serán pronto olvidados, como los Ancianos y los skaith antes de ellos", refunfuñó Fikrul en la preciada alta lengua del Juicio de Variks. Esto hizo acercarse más a Variks, cara a cara por la portilla de la celda. Fikrul volvió la oreja hacia arriba, escuchando. Volvió a prestarle atención a Variks. "Padre dice…". La pausa colgó pesadamente en el aire. "Padre dice… que ya sabes dónde yace tu verdadera lealtad". El Fanático retrocedió de la portilla y esperó. Leltad. Verdadera lealtad. Esperó que un recuerdo de Mara apareciese en su mente. Pero en vez de eso... Se encontró pensando enlas profecías de la Casa Lluvia. Kell de Kells. Días después, Variks cumplió sus deberes por última vez. Visitó el control central. Ejecutó una simulación de prueba en los sistemas de seguridad, hizo unos ajustes en función de los resultados. Revisó y dio el visto bueno a las rotaciones diarias de la plantilla. Por último, tuvo una conversación privada con el único gran sirviente que quedaba en la prisión: el Presidio de los Ancianos no funcionaría sin un alcaide. No habló con Petra. Al terminar el día, el Presidio de los Ancianos se sumió en el caos. "Tu hora LLEGARÁ, Variks". Uldren se sienta en su sitio favorito, mirando en su dirección favorita. "Me lo dijo ella. Tiene solo un último deseo para ti". "No, majestad". La voz de Variks se llenó de emoción. "Soy yo quien tiene un último servicio para ti". Variks se marchó antes de que pudiera cambiar de idea. Sonó una sirena estruendosa. La voz del gran sirviente de la prisión resonó por los altavoces, con la voz de Variks. "Fallo en los sistemas de seguridad. Iniciando cierre y reinicio de emergencia". El lugar cayó por un momento en la oscuridad, pero las luces de emergencia iluminaron rápidamente el bloque de celdas. Por todo alrededor sonaban alarmas, destellaban luces de advertencia, siseaban neumáticos, y fluidos criogénicos se evaporaban en niebla mientras las celdas criogénicas que surcaban este bloque de celdas empezaban a abrirse. Variks se movió lo más rápido que pudo hacia la salida, sin molestarse en mirar atrás, pues ya sabía lo que vería. Los barones desdeñados y el príncipe Uldren estaban libres. Igual que todos y cada uno de los residentes en el Presidio de los Ancianos. Variks se escabulló, bajo el manto de la anarquía de la prisión, por el mismo pasadizo secreto por el que Petra y Cayde habían introducido al príncipe Uldren. Allí le esperaba una nave cargada con el resto de su éter. Mientras caminaba, dejó dos grabaciones para ser enviadas desde la prisión cuando se hubiese marchado. Para la primera, desactivó su modulador de voz y comenzó a dar órdenes en la Alta Lengua. No sabía cuántos responderían a la llamada del Juicio. Pero tenía que intentarlo. Para la segunda, volvió a conectar el modulador. "Me llaman traidor. A mí, que he sido el más leal. Se creen que no oigo sus palabras. Bicho. Insecto". Hizo una pausa. "Caído". A grandes zancadas, ascendió por la rampa al interior de la nave. Hacia el puente. Un vándalo con los colores de los Lobos le saludó al pasar. "Oigo sus palabras. La Casa del Juicio siempre escucha". "La Gran Máquina estuvo en el Juicio. Los elixni sucumbieron a la guerra. Sucumbieron al odio". Su voz se envolvía de emoción. "No puedo soportar este odio". Los motores de la nave cobraron vida mientras hablaba. En las pantallas, Variks pudo ver las explosiones, que resonaban a través de la prisión. Su antiguos prisioneros liberados. La nave cruzó la barrera del muelle y empezó a alejarse. "No hay otro lugar adonde ir. Ni nadie más quién ser aquí". Se alzó, en todo su tamaño. "Y así me convierto en Variks, el Kell. Enviado de la Casa del Juicio al pueblo elixni". "No hay elección". Repitió, riendo entre dientes. Su voz se calmó. "Los elixni deben alzarse... ¿sí?"

El experimento de Variks tuvo éxito, pero no como esperaba. La ingestión del brebaje etérico seguía provocando la muerte de los caídos; no era, en absoluto, una sustancia que preservara la vida. Era, sin embargo, una sustancia que DABA vida. Aunque el éter oscuro persistía como una niebla densa, también parecía extenderse en busca de recipientes vacíos. En este caso, encontró a los escorias muertos que sembraban el suelo. Se deslizó por dentro de los cadáveres como una lenta inhalación, inflándolos, estirándolos hasta el punto de provocarles forúnculos y reventones, poniéndolos en pie. El éter oscuro dio a estos escorias sin vida… una nueva vida. Estaban furiosos. Su respiración era regular, pero fuerte y rápida. Formaban un estruendo como si vivieran volcanes bajo sus pechos. Un fuego negro se levantaba de la piel de estos seres mientras quemaban este éter oscuro como un motor a reacción quema combustible. Lo que Variks vio realmente ante él fue la ira personificada y alimentada por el odio, y el comienzo de otro Tornado. Ya no eran simples caídos. Eran repudiados. Detrás de él, Fikrul reía y reía sin parar, hasta que se detuvo abruptamente. En ese preciso momento, los repudiados cayeron al suelo, muertos una vez más. "Tus escribas, tus kells, tus Casas; todos serán pronto olvidados, como los Antiguos y los skaith antes de ellos", refunfuñó Fikrul en la preciada alta lengua del Juicio de Variks. Esto hizo acercarse más a Variks, cara a cara por la portilla de la celda. Fikrul volvió la oreja hacia arriba, escuchando. Volvió a prestarle atención a Variks. "Padre dice…". La pausa colgó pesadamente en el aire. "Padre dice… que ya sabes dónde yace tu verdadera lealtad". El fanático retrocedió de la portilla y esperó. Leltad. Verdadera lealtad. Esperó que un recuerdo de Mara apareciese en su mente. Pero en vez de eso... Se encontró pensando enlas profecías de la Casa Lluvia. Kell de Kells. Días después, Variks cumplió sus deberes por última vez. Visitó el control central. Ejecutó una simulación de prueba en los sistemas de seguridad, hizo unos ajustes en función de los resultados. Revisó y dio el visto bueno a las rotaciones diarias de la plantilla. Por último, tuvo una conversación privada con el único gran sirviente que quedaba en la prisión: el Presidio de los Ancianos no funcionaría sin un celador. No habló con Petra. Al terminar el día, el Presidio de los Ancianos se sumió en el caos. "Tu hora LLEGARÁ, Variks". Uldren se sienta en su sitio favorito, mirando en su dirección favorita. "Me lo dijo ella. Tiene solo un último deseo para ti". "No, majestad". La voz de Variks se llenó de emoción. "Soy yo quien tiene un último servicio para ti". Variks se marchó antes de que pudiera cambiar de idea. Sonó una sirena estruendosa. La voz del gran sirviente de la prisión resonó por los altavoces, con la voz de Variks. "Fallo en los sistemas de seguridad. Iniciando cierre y reinicio de emergencia". El lugar cayó por un momento en la oscuridad, pero las luces de emergencia iluminaron rápidamente el bloque de celdas. Por todo alrededor sonaban alarmas, destellaban luces de advertencia, siseaban neumáticos, y fluidos criogénicos se evaporaban en niebla mientras las celdas criogénicas que surcaban este bloque de celdas empezaban a abrirse. Variks se movió lo más rápido que pudo hacia la salida, sin molestarse en mirar atrás, pues ya sabía lo que vería. Los barones repudiados y el príncipe Uldren estaban libres. Igual que todos y cada uno de los residentes en el Presidio de los Ancianos. Variks se escabulló, bajo el manto de la anarquía de la prisión, por el mismo pasadizo secreto por el que Petra y Cayde habían introducido al príncipe Uldren. Allí le esperaba una nave cargada con el resto de su éter. Mientras caminaba, dejó dos grabaciones para ser enviadas desde la prisión cuando se hubiese marchado. Para la primera, desactivó su modulador de voz y comenzó a dar órdenes en la Alta Lengua. No sabía cuántos responderían a la llamada del Juicio. Pero tenía que intentarlo. Para la segunda, volvió a conectar el modulador. "Me llaman traidor. A mí, que he sido el más leal. Se creen que no oigo sus palabras. Bicho. Insecto". Hizo una pausa. "Caído". A grandes zancadas, ascendió por la rampa al interior de la nave. Hacia el puente. Un vándalo con los colores de los Lobos le saludó al pasar. "Oigo sus palabras. La Casa del Juicio siempre escucha". "La Gran Máquina estuvo en el Juicio. Los elixni sucumbieron a la guerra. Sucumbieron al odio". Su voz se envolvía de emoción. "No puedo soportar este odio". Los motores de la nave cobraron vida mientras hablaba. En las pantallas, Variks pudo ver las explosiones, que resonaban a través de la prisión. Su antiguos prisioneros liberados. La nave cruzó la barrera del muelle y empezó a alejarse. "No hay otro lugar adonde ir. Ni nadie más quién ser aquí". Se alzó, en todo su tamaño. "Y así me convierto en Variks, el Kell. Enviado de la Casa del Juicio al pueblo elixni". "No hay elección". Repitió, riendo entre dientes. Su voz se calmó. "Los elixni deben alzarse... ¿sí?"

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