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Llamado del Criptolito

Llamado del criptolito es un libro de Historia introducido en Más allá de la Luz. Las entradas se obtienen completando Triunfos específicos de la Temporada de la Caza.

I. Queche[]

Hay un dicho entre los eliksni:

Un queche es familia, la familia son todos.

En el Arrecife, todo lo que hay es el detrito de la civilización. Allí, las ruinas son tan importantes como los planetas y las lunas. Los restos de las naves colonia abandonadas de la Edad de Oro inundan la atmósfera junto con los cascos en ruinas de las naves de la colmena de las campañas contra los insomnes. Para los eliksni, encontrar los restos de un queche es como encontrar las ruinas de una casa familiar, y todas las emociones que vienen con ella. Pero las cicatrices sociales de los clanes eliksni hace tiempo que se han desvanecido, y para aquellos que se arrodillan ante la Araña en el remoto rincón del Arrecife conocido como la Costa Enredada, han perdido el privilegio de tal sentimentalismo.

Se envió un grupo de recuperación una semana después de que un equipo de exploración del feudo personal de la Araña viera los restos de un queche perteneciente a la perdida Casa de los Reyes. La jefa de la tripulación de la operación, una ambiciosa vándala llamada Kosis, se deshizo de su apego a una vida dentro de esa Casa hace años. Pero la elección de deshacerse de su apego y el acto de hacerlo son dos cosas completamente diferentes.

Kosis insistió en evaluar la nave personalmente, sola, antes de permitir que su equipo se acercara a ella. Debían recuperar cualquier objeto que tuviera el más mínimo valor antes de cortar la nave de proa a popa sin ceremonia alguna. Cuando la marcaron para disecarla, Kosis lo presenció desde una escarpadura cercana. Miró a su alrededor y observó los vestigios que ella misma rescató del queche: un tazón de lavado ceremonial, un instrumento musical infantil y la efigie de cerámica agrietada de un sirviente. Kosis los cubrió con un paño andrajoso del color del sol poniente, marcado con el símbolo de una Casa que ya no era suya, y los enterró.

Era la única dignidad que esta nave recibiría.

II. Raciones[]

A medida que el atardecer caía en la inhóspita Costa Enredada, el equipo de rescate reunió sus refugios en un círculo suelto alrededor del queche caído. La escoria estableció a regañadientes puestos de guardia en los miradores que rodeaban el campamento, con rotaciones de centinelas nocturnos y la chatarra de la tripulación para orbitar el sitio en modo de alarma.

Savek se agitó mientras ella y los otros escorias cavaban sus puestos de guardia. Estas precauciones eran para disuadir a los competidores de acercarse al territorio reclamado por la tripulación, pero habían sido inútiles hasta ahora. El silencio presagiador traicionaría a cualquier barracuda que se acercara.

Una vez establecido el campamento, cada miembro de la tripulación recibió una ración de éter proporcional a su puesto. Savek trató de no pasar hambre mientras veía a Kosis inhalar tres porciones completas de la esencia vivificante; más del doble de lo que le había tocado a él. La Araña les había dado solo dos tanques, en parte como una medida de ahorro y en parte como un incentivo para hacer el trabajo rápidamente.

Más tarde esa noche, uno de sus compañeros de tripulación despertó a Savek de su sueño profundo. "Es tarde. Destino del noroeste. Turno de dos ciclos", refunfuñó la escoria. Savek chasqueó sus mandíbulas con irritación y caminó cansada hacia el profundo y violeta crepúsculo de la Costa.

Savek estaba acurrucada en su refugio en la cima de una amplia duna, tratando de no volver a dormirse, cuando escuchó un leve susurro. Una llamada urgente y familiar que venía del lado más alejado de la duna, lejos del campamento. Savek se levantó de inmediato. Tal vez alguien se había alejado del campamento. O, pensó rebeldemente, alguien se había apoderado de una porción de éter y necesitaba un cómplice. Esta última posibilidad la llevó a escabullirse por la duna en dirección del llamado.

Cuando llegó al fondo de la ladera, estaba sola. Sin embargo, el susurro persistió, voluminoso como una explosión y suave como una caricia. Venía de una cueva en la roca, no más grande que un sirviente.

Savek sacó su oxidada pistola de choque, encendió su luz y se asomó a la cueva. Allí lo vio: la pequeña torre negra que se asomaba suavemente del suelo como un bebé envuelto en pañales.

III. Valor[]

Savek regresó al campamento lo más rápido que pudo. Su emocionada descripción del descubrimiento fue suficiente para despertar la curiosidad de Kosis, pero Savek era muy consciente de que, si sus afirmaciones no eran reales, el castigo superaría la pérdida de un brazo.

Prepararon dos escorias, pero para cuando los cuatro llegaron a la estructura, Savek pudo ver que había cambiado. Donde antes solo la oscuridad llenaba el espacio de su estructura, ahora brillaba un toque de luz verde enfermiza. El humo salía de las aperturas, como si fuera un brasero de incienso.

Kosis avanzó inmediatamente, evaluando el nódulo que coronaba la superficie de la roca estéril. Mientras la vándala se arrodillaba junto a la estructura, vio venas de deformación entramadas en el suelo de la cueva; erosiones en forma de celosía a través de la piedra, como si el objeto hubiera crecido en lugar de estar construido. Kosis hizo señas a las escorias.

A medida que el piso retumbaba, la presión comenzó a acumularse dentro de su cabeza y detrás de sus ojos. Saltaron hacia atrás, lejos de la estructura, y en ese mismo momento el artificio cobró vida. Salió de la tierra como un taladro y se abrió como una aterradora flor biomecánica. Después de que la erupción se detuvo, Kosis sintió que la presión en su cabeza se desvanecía.

Su origen era innegablemente de la colmena, pero Kosis nunca había visto nada así. Esta implicación, este descubrimiento, quizás también era una novedad para la Araña. Si eso fuera cierto, esta pieza de tecnología de colmena "viva" valdría más que el éter. Tal vez…

Kosis señaló la gran pieza de metal vivo. "A desmontarlo".

IV. Regreso[]

Se colocaron láminas de cuatro metros de metal delgado del artefacto de la colmena una al lado de la otra, en medio de otra chatarra sacada de las entrañas del queche. Aun desmontada, la torre de la colmena era complicada. Tenía varias capas. Estaba formada por enrejados metálicos entretejidos en cilindros concéntricos cada vez más estrechos. Cada uno podía girar independientemente dentro de la carcasa más grande. Las subcapas contenían armazones inexplicablemente complejos, lubricados por tejido vivo cartilaginoso.

Kosis había marcado la recuperación de la colmena específicamente para llamar la atención de la Araña. No sería enviado a los mercados y almacenes como los restos del queche. Los descubrimientos como este eran especialmente interesantes para la Araña. Kosis había considerado enviar una notificación antes del embarque, pero lo pensó mejor. Si no estaba allí para presentar el hallazgo ella misma, otro ambicioso vándalo o escoria podría intentar llevarse el crédito. La Araña probablemente ascendería al usurpador estrictamente por aprecio a su astucia.

Kosis estaba tan concentrada en asegurar su hallazgo que no había notado a Savek y a las otras escorias que corrían hacia el campamento desde la cueva. Kosis se puso en pie, espada en mano, medio esperando un motín. Pero por el miedo en los ojos de Savek, Kosis se dio cuenta rápidamente de que no era eso.

"¡Regresó!" Fue todo lo que Savek pudo decir. Los escorias lo confirmaron: la estructura desmantelada había vuelto a crecer en cuestión de horas. Kosis ordenó al trío que la llevara de vuelta al sitio para verlo con sus propios ojos. Una parte de ella anhelaba volver a verlo.

Incluso con toda la incredulidad de Kosis, la afirmación era cierta. La estructura se mantuvo tan alta como siempre y emanaba su horrible luz verde. Una punzada de terror sacudió a Kosis hasta la médula. Su memoria estaba inundada de historias de la infancia sobre el Torbellino y el ataque de la colmena.

"Déjenlo", ordenó. "Déjenlo y no vuelvan". Era una orden motivada por miedo.

La torre susurró una inaudita contraoferta en su subconsciente.

<<Ven.>>

<<Mira.>>

V. Susurros[]

Savek estaba de pie en la entrada de la cueva cuando se despertó. El primer toque de luz violeta antes del amanecer coloreaba el horizonte. Miró fijamente la construcción de la colmena, con la cabeza inclinada siguiendo el lánguido movimiento de sus turbinas metálicas concéntricas. Inhaló su luminoso vapor verde.

<<Busca los susurros, son débiles, pero te están llamando.>>

Recordó haber trabajado todo un día en el queche, desmontando cuidadosamente los restos del sistema de estabilización giroscópica. La delicada tarea requería la seguridad que normalmente ella tenía, pero ese día estaba distraída y desconcentrada. En un momento de desatención, rompió la carcasa de cerámica del giroscopio, lo que redujo su valor de reventa a la mitad.

<<La palabra de cesura es una puerta: la primera sílaba de salvación detestada.>>

"Lo arruinaste. Eso vendrá de tu parte". Kosis estaba de repente de pie detrás de ella. ¿Cuánto tiempo llevaba Savek mirando el giroscopio roto?

"Los defectos disminuyen el producto. Media porción de éter y doble turno de guardia. Otro error y te dejamos atrás". Esas últimas palabras fueron menos literales y más un eufemismo mutado con el tiempo a través de la deriva cultural eliksni. Kosis se alejó en dirección a los tanques de éter y los escorias bajaron sus cabezas al pasar, y luego volvieron sus palmas hacia Savek en como muestra de simpatía.

<<Purga tu decadencia; entonces, la mente será libre de comprender el valor de la transgresión.>>

Savek recordaba haber arrastrado su cuerpo exhausto hasta su puesto de guardia. Recordaba haber visto pasar flotando lentamente los desechos del Arrecife. Recordaba haber hablado con alguien en la oscuridad. Alguien tranquilizador y poderoso. ¿Quién era?

Arrancó su vista del obelisco y observó su cuerpo a la fina luz de la mañana. Su piel era escamosa y seca. El tejido conectivo de sus articulaciones era delgado y una costra enfermiza se desarrollaba alrededor de sus mandíbulas. Estaba demacrada por la falta de sueño y el éter. Su hambre era un vacío, que se llenaba lentamente con vapor verde.

<<Cuando lo imagines, tu potencial se infectará y se propagará.>>

VI. Sacrificio[]

Kosis atenuó el brillo de su tabla de datos e hizo algunos cálculos mentales. Incluso teniendo en cuenta el retraso provocado por el artefacto de la colmena, seguían estando muy atrasados. Si la situación no cambiaba pronto, habría que hacer concesiones. O bien tenía que volver con menos producto del previsto, o tenía que sacarles el máximo provecho a las reservas de éter para ganar más tiempo. Tendría que reducir su propia cuota, o reducir la de su tripulación. Kosis sabía cuál era la opción que la Araña tomaría.

Comenzó a pensar en los miembros de su tripulación para decidir cuál de ellos debía ser eliminado, cuando el repentino silencio del momento la golpeó. No había ningún chisporroteo de cortadores de arco. No había gruñidos de esfuerzo o conversaciones. Ningún ruido de material cargado. Solo el viento vacío y el zumbido del aguijón oxidado haciendo sus rondas normales.

Una presión constante se acumuló en su tórax mientras examinaba el lugar de trabajo abandonado. Buscó cualquier explicación excepto la que sabía que era verdadera. Con la funda de su pistola de choque desenganchada, se dirigió hacia la construcción de la colmena.

Allí estaban, sentados sin hacer nada, mirando fijamente a la espira que se agitaba lentamente. No le prestaron atención. Trató de hablar, pero solo logró chasquear sus mandíbulas. Cuando por fin consiguió hacer sonar su voz, esta se convirtió en un graznido, apenas audible por encima del ensordecedor susurro de la torre. "Oigan. Vuelvan a trabajar".

Varios de ellos voltearon y la miraron fijamente. Parecían confundidos. El más pequeño de los escorias, y el más nuevo en la tripulación, se puso de pie. Se acercó a ella con calma, su voz fue el aullido del Torbellino. "Los que nacen solo para vivir no pueden ver la eternidad, ni son bienvenidos aquí. Si te fijaras en lo que está más allá de tu alcance…".

El repique de la pistola de choque de la vándala cortó el aire, lo que interrumpió el trance de la tripulación. Varios se pusieron de pie de un salto mientras otros se alejaban desorientados. Miraron como el joven escoria se desplomaba en el suelo, con el rostro desfigurado por un agujero abrasador. Los susurros habían cesado.

En el silencio que siguió, Kosis encontró su voz. "Acabo de extender nuestras raciones de éter por tres días". Retrocedió, con la pistola aún en sus manos. "Apúrense. Nos iremos apenas despojemos ese naufragio".

VII. La Espada[]

El queche que una vez perteneció a la Casa de los Reyes estaba de costado ahora, y la parte inferior de la nave estaba extendida sobre los soportes curvos de la superestructura. Medio kilómetro de cable de energía se conectaba el centro de la nave con a las tiendas del equipo de recuperación. Desde la escarpa que daba al sitio recuperación, el queche parecía restos destripados de una gran bestia.

Kosis se preguntaba, mientras sorbía un tanque de éter de mano, si en esto era en lo que su gente se había convertido. Aves carroñeras de los cadáveres podridos de su sociedad. Se preguntó cuántas generaciones más de eliksni harían falta para que las viejas costumbres se olvidaran por completo; si algún eliksni nacido hoy sabría tocar el instrumento enterrado en el mirador.

¿Sus hijas estarían orgullosas de cómo eligió sobrevivir? Se preguntaba dónde estaban esparcidos sus huesos. Se preguntó si sufrieron cuando la Casa de los Reyes fue destruida.

El sonido de unos pasos sacó a Kosis de sus pensamientos. Puso su frasco de éter en su cinturón y se levantó para saludar a quienquiera que viniera. Era Savek. Sola. "Tu turno no ha terminado", le recordó Kosis firmemente a la escoria.

Savek se lanzó hacia adelante con una espada, una que pertenecía a Kosis y que había robado de su tienda. Ella aspiró un aliento que pudo haber dejado salir como un grito de confusión, si no fuera porque la escoria le enterró la espada hasta el fondo de la garganta. El éter se esparció por el aire y se mezcló con sangre.

La hoja se apoyó en su columna vertebral mientras se deslizaba, indefensa, por la espada. Cuando caía al suelo, su visión se tornó oscura y sus extremidades se entumecieron. Savek dio un grito primitivo e inconcebible.

Los últimos pensamientos de la vándala fueron sobre la kell de kells.

Y luego, nada.

VIII. Deshecha[]

Savek suplica ante el obelisco. Se cierne sobre ella inclinándose desde la entrada de la cueva hacia el cielo de color morado. Su superficie de metal negro se retuerce y ondula como una carne de gusano. Susurra sobre la victoria y la trascendencia.

<<Para reclamar la evolución, uno debe desintegrarse.>>

El latido del éter pasa a través de su forma dispuesta. Puede sentir el anhelado picor de los muñones de su brazo que ansían volver a crecer. El dulce y enfermizo éter se filtra desde su cuerpo y se mezcla con el de sus compañeros de tripulación.

<<La carne y la mente no son más que jaulas: libérate o permanece para siempre sin dignidad.>>

Las garras de Savek cavan convulsivamente en la tierra granulada mientras su cuerpo se rompe. Su piel se rasga espantosamente mientras sus vísceras se expanden más allá de sus confines. Al espeso resplandor del éter se le une otra fuerza más voraz. El plasma sale a chorros del tejido conectivo mientras su cuerpo se hincha, muda y crece en una erupción de quitina.

<<Tu prisión de carne se deshará, tu mente se liberará; tales glorias no llegan con facilidad.>>

<<Permite que la carne se entregue a sí misma, para que pueda rendirse a la evolución venidera.>>

Allí, arrodillada ante su nuevo dios, la mente de Savek se rompe y se reconstruye en continuo movimiento. Observa cómo sus recuerdos se desensamblan y se vuelven imágenes sin asociaciones. Observa su identidad ser diseccionada por la motivación desconocida de un extraño. Se ve a sí misma transformarse de "ella" a "eso".

<<Conocerás, a través del dolor, y a través del miedo, que dejaste de ser tú; solo queda lo que viene a continuación, y todo el dolor que seguirá.>>

<<Cuando el viejo yo se desvanezca, solo habrá sufrimiento.>>

Levanta la cabeza por primera vez y encuentra la torre igualmente transformada. La espira negra se abre como una cavidad de parto que da luz a un nuevo reino. La brecha atrae a la criatura hacia el enorme salón de una catedral que sobrevuelan soles de malaquita. Aquí, los susurros lo consumen todo.

<<Cuando el viejo yo se desvanezca, solo habrá sufrimiento.>>

<<Solo habrá sufrimiento.>>

<<Solo sufrimiento.>>

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