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La Otrora Ladrona de Naves

La Otrora Ladrona de Naves es un libro de Historia introducido en Más allá de la Luz. Las entradas se obtienen eliminando a todos los miembros de consejo de Eramis.

I. La Prisionera[]

En las profundidades del Presidio de los Ancianos, Eramis es la kell sin Casa.

Afuera, ella es la agitadora de la Casa de los Demonios, la archidemonio de Grieta del Crepúsculo, la Ladrona de naves.

Pero aquí no tiene Casa. Aquí, ella reina por su cuenta.

En la arena, donde los eliksni corren y los cabal sin líder la desafían, ella gobierna con un cetro hecho con una lanza de arco rota. Es el arma más fuerte que le darán, y ella la blande a su voluntad.

No importa cuántas veces los guardias llenos de éter traten de enviarla a morir en la arena, siempre triunfa. Mata a sus campeones; observa el éter emanr desde sus máscaras. Observa cómo el gel se escapa de sus trajes. Empieza a gustarle el olor de las buenas peleas. Sangre. Sudor. Éter. Terror.

Ella imagina que algún día un estandarte se enaltecerá con una lanza rota y una corona invertida.

Casa de la Anarquía. Casa de los Disturbios. Casa de Eramis.

Casa de la Nada.

Cuando solo hay un kell, no hay necesidad de Casas.

Hoy peleará contra un centurión de la fragmentada Legión Roja. El dinero cambia de manos. Las hombreras del centurión tienen raspaduras de batallas pasadas, y recibe un martillo de guerra. Lo levanta con energía y se pavonea ante la multitud.

Eramis se pasa la lanza rota de una mano a otra, paciente. Dos ojos brillantes y puntiagudos la enfocan cuando el centurión voltea.

Él da un golpe con el martillo y ella gira y se aparta. La ataca de nuevo, pero ahora está detrás de él y fuera de su línea de visión. Como una criatura que busca una mosca en su espalda, no puede encontrarla. Ella mete la chispeante punta de su lanza de arco en una apertura de la armadura y la usa como palanca para saltar sobre su hombro.

El centurión se enfurece como bestia niirsai, es solo ira y estupidez, y casi logra arrojarla de sus hombros. Ella intenta sacar la lanza, pero su mano gigante la alcanza y la deja sin sentido por un momento. La lanza se suelta al último segundo; ella agarra la punta. La energía de arco muerde la palma de su mano y penetra con la punta de la hoja bajo el borde de su casco, en su cuello.

El centurión grita.

Antes de que caiga, ella salta y aterriza de pie. La multitud nunca la aclama. En cambio, susurran.

Dicen que ninguna prisión retendrá a Eramiskel. Eramiskel es un demonio más grande que los propios demonios.

No es posible que Eramiskel pierda.

II. El Lobo[]

La celda vecina tiene un Lobo.

Al principio, ella lo ignora. Es demasiado codicioso como para que ella le ponga atención. A veces, él le recuerda a las escorias necesitadas que siguieron a su viejo kell como aves carroñeras que graznan por atención y pelean por las presas cazadas.

Lo que los eliksni han perdido, más que nada, es la dignidad.

Al final, el Lobo logra intrigarla. Se llama a sí mismo Praksis, y tiene ideas interesantes. Pero es joven. Piensa que cada idea que concibe es la primera y mejor de su clase. Ella sospecha que él nunca ha estado subordinado directamente a un kell.

Le gusta hablar de las máquinas, de construirlas y manipularlas a su voluntad. Tiene una alocada idea sobre recuperar la Gran Máquina, atarla con alambre de arco y hacer que les dé su poder. Ha estado escuchando las historias de Ghaul.

Ella lo deja hablar y le hace preguntas. Las preguntas son como una piedra de afilar. Cada conversación es una prueba, y no hace falta más que un error para que ella pierda su interés.

"La Gran Máquina hizo grandiosos a los eliksni", dice ella. "Hasta que nos abandonó. Cuando lo hizo, éramos más débiles que cuando llegó. ¿Por qué buscas llegar a ella de nuevo?".

"Para recuperar esa fuerza", dice. Su voz se amortigua por la pared entre ellos, pero el tono arrogante es claro.

"¿Cómo se puede construir la fuerza sobre una base de debilidad?", pregunta. Cada palabra es una aguja. Cada palabra debería perforarlo, como si fuera una revelación.

Él permanece en silencio.

"¿La Gran Máquina fortaleció a los eliksni, o nos extrajo la fuerza interior?", pregunta.

Silencio, otra vez.

Inclina su cabeza hacia atrás y mira el oscuro techo de su celda. "Confiar en algo es la mejor forma de ser vulnerable. Recuérdalo. Estás jugando con esferas apilables para niños".

Está tan callado que ella comienza a preguntarse si vale la pena esperar. Luego, responde: "Crearé nuevas esferas".

Ella cierra los ojos y sonríe.

III. El Traidor[]

El día de la fuga, Eramis se cura de una herida intestinal.

No es una herida fatal, o al menos eso cree. Ganó el duelo en la arena, pero no antes de que un arrogante capitán le clavara una espada en el costado. Cortó su túnica de Demonio y le dejó una flor de sangre que le recuerda las flores de agua en Riis. Athrys adoraba las flores de agua.

Está medio dormida cuando Variks llega a su celda.

"Eramis".

Abre los ojos y los entrecierra inmediatamente. A pesar de su herida, se levanta (demasiado rápido, se marea) y da un par de pasos hacia la puerta de la celda.

Lo saluda con un "traidor".

Variks recula. Sacude su cabeza y baja la mirada. Incluso con la puerta que los separa, ella puede ver su miedo. La hace sentirse bien.

"El cambio es inminente", le dice en eliksni y luego mira por encima de su hombro. Los ojos de Variks se mueven de adelante hacia atrás, con miedo y sospecha. De repente cambia al tosco idioma común de los guardianes.

"Variks hará ese cambio, ¿sí? Variks liderará el cambio. Pero Variks también necesitará un líder…".

Eramis ríe. "¿Quieres que sea tu kell en la prisión?".

"No", Variks se estremece. "Variks quiere…".

"No me importa lo que quieras, Variks, el 'Leal'", le dice. Hay eliksni que cambian en la oscuridad tras las rejas. Caen, se encogen… Pero Eramis creció. Debe demostrarle a Variks que incluso con ese acero entre ellos, él es mucho más pequeño. Sigue siendo una escoria que finge ser vándalo. "Si la justicia existe en este mundo, algún día te cortaré tus últimos dos brazos y acabaré contigo".

Algo en los ojos de Variks se endurece. Comparten un silencio tenso. Al final, él rompe el silencio con una voz tan fría como el éter: "No digas que Variks no intentó ayudar".

Se va y Eramis vuelve a acomodarse en el suelo de su celda.

Más tarde ese día, suena una alarma. El guardia pronuncia un mensaje… es la voz de Variks. Las puertas de la celda se abren por sí mismas, y los eliksni y los cabal se fugan descontrolados, sedientos de libertad.

IV. El Visionario[]

En sus primeros meses de libertad, Eramis maldice a Misraaks, el Renegado.

Es alguien que quiere ser un kell, un traidor capturado, una escoria de cuatro brazos que se arrodilla ante una falsa reina y que finge ser otro entre los enemigos de los eliksni.

Y lo peor de todo y lo más humillante: ya ha vencido a Eramis.

Ella no logró conseguir el arma SIVA, no logró vencer a los guardianes, no pudo volver a encender los fuegos de la Casa de los Demonios. Sus fallos la atormentan.

Ahora está sentada en el puente de su queche robado, con la espalda recta mirando a lo lejos. Observa un punto distante que por el que pasó hace mucho tiempo, uno al que no puede volver.

Atraks, la más joven de su consejo, la observa desde el otro lado de la sala. Se acerca para acortar la distancia.

"Mi kell", dice. Tiene una voz infantil.

Eramis se queda callada durante más tiempo del necesario. Al final, le dice: "Eres muy joven para recordar nuestro antiguo hogar. Lo que los Demonios eran antes".

Atraks inclina su cabeza en señal de respeto.

"Este fracaso no te afecta", Eramis se llena de amargura.

Atraks mantiene su cabeza gacha. Luego, la levanta lentamente. Sus ojos se dirigen hacia el rostro de Eramis como si buscara algo. "Soy demasiado joven para recordar", dice asintiendo. "Pero veo con claridad, veo lo que les depara a los Demonios".

Eramis abre su boca para recordarle su lugar a Atraks, pero se detiene.

Algo se acaba de desbloquear en su mente.

Allí, de pie, con su intimidante altura, estira su segundo par de brazos.

"No", dice. La claridad la cala hasta los huesos como la lluvia de Riis. "Los Demonios no son nada".

Comienza a caminar fuera de la habitación de forma decidida y con ira en su estómago. "Los Demonios están muertos".

Casa de la Anarquía. Casa de la Ruina.

Casa de Eramis.

"Debemos convertirnos en algo nuevo".

V. La Pesadilla[]

Mientras disuelve los vínculos de la vieja Casa de los Demonios, a Eramis la atormentan sueños oscuros. En uno, vive de nuevo la Grieta del Crepúsculo.

Con su espada penetra el estómago de un soldado guardián, quien gruñe y grita mientras se desploma. Otro guardián corre hacia ella de frente antes de que ella tenga tiempo de sacar su espada. Pero escucha el disparo de un fusil de choque detrás de ella… y logra inclinarse hacia la derecha cuando el disparo pasa volando e impacta al guardián directamente.

Se da vuelta y ve a Kridis, resplandeciente con un brillo púrpura de vacío, mientras su sirviente la protege. Kridis asiente con la cabeza, como reconociendo a Eramis, y apunta su fusil a otro grupo de guardianes.

Eramis saca su espada del guardián muerto y sigue avanzando. Se encuentran muy cerca de la ciudad y los guardianes no dejan de caer cerca de ella.

Están muy cerca.

Unas pisadas fuertes se acercan a ella por detrás… es Phylaks. Con ferocidad y sed de sangre, le grita a Eramis mientras ella ataca a un enorme guardián de hombros anchos. Eramis se agacha y se quita del camino deslizándose hacia un lado. Cuando Phylaks hace contacto con la cabeza del guardián, Eramis corta con su espada el flanco de la bestia. Este pierde el equilibrio y ella lo patea en la cadera, lo que lo hace caerse en dirección a Phylaks.

Hoy en día, Phylaks pelea casi exclusivamente con sus manos. Le rompe el cuello.

Eramis sigue avanzando.

Están muy cerca…

Una risa salvaje estalla a su derecha e inmediatamente después se escucha la estruendosa explosión de un cañón refulgente. Taniks, con un simple esbozo de maquinaria chirriante, crea explosiones de carne, tierra y sangre a su alrededor, y no para de reír.

Muy cerca.

Pero entonces… frente a ella brilla un destello dorado y cegador. Ve a algunos eliksni recibir disparos sucesivos que los hacen estallar en llamas y cenizas. Lo único que ve de las víctimas son las manchas de luz radiante. El guardián que porta el arma se asemeja a un sol minúsculo.

Un disparo más alcanza al sirviente de Kridis. Otro… a Kridis. Eramis recuerda la derrota, pero no recuerda nada parecido a esto. No recuerda haber visto a Phylaks evaporarse en cenizas destellantes. No recuerda el disparo que impacta en su pecho ni el fuego ardiente que se extiende por sus extremidades. No recuerda ni su propio grito…

Despierta agitada y sin aliento.

VI. El Heraldo[]

Los sueños no cesan. Son recuerdos viejos, pero deformados: pelea contra un guardián en el Presidio de los Ancianos y cae ante su Luz; Athrys golpea los muros de su cápsula de sueño y llama a la Gran Máquina.

No puede dormir. Algo en estos sueños le dice que debe viajar a la Luna de la Tierra. Ella decide responder a la señal.

En la Luna, se enfrenta a pestilentes combatientes de la colmena como si fueran enjambres de moscas. Su hedor fétido es insoportable, es peor que el de los montones de cadáveres en la prisión. Es peor que los campos de batalla de la Grieta del Crepúsculo. Ellos comen y respiran muerte, y ella detesta tanto su aliento al estar cerca que los siega como si fueran hojas de pasto.

Un caballero la acecha hasta las profundidades de la catacumba, evitando ser escuchado y caminando al mismo ritmo que ella. Ella permite que él lance el primer ataque y cuando esto sucede, penetra su armadura exoesquelética con su espada. La emoción de la batalla y ese grito del caballero al morir son algo reconfortante. Un respiro de sus sueños perturbadores.

Su cuerpo está empapado de sangre de la colmena, pero ella sigue avanzando. Cuando finalmente llega a la nave, se paraliza por un hallazgo familiar.

Ella recuerda esta flota.

Recuerda haberla visto en el cielo como flechas oscuras. Recuerda el espacio donde se encontraba la Gran Máquina y, un momento después, el espacio vacío donde ya no estaba.

Fue una gran lección sobre la dependencia, una que le tomó muchos años aprender.

Esta vez, la flecha negra le habla a ella. Sabe que no es eliksni. No es una de las toscas lenguas de la Tierra, ni el hablar rítmico del Arrecife tampoco. Es algo más: un susurro. Pero uno que es intenso y, de algún modo, se entiende perfectamente.

Basta de esperar, dice.

Nadie vendrá por ti.

Debes ser tu propia salvación.

Siente algo en sus cuatro manos, un hormigueo, un zumbido. Le recuerda la lanza de arco rota. Aprieta y relaja los puños mientras mira fijamente la elegante superficie de la nave. Allí hay poder. Un poder que ella puede tomar.

Pero todavía no.

Una ensoñación la sacude como un rayo. La transporta. El desolador polvo gris de la Luna se disipa, y ella se encuentra de pie en una llanura blanca de hielo y nieve que la flagela, la ciega y le arrebata el aliento.

Luego, se encuentra en la Luna de nuevo y los susurros callan.

Ahora sabe adónde ir.

VII. El Escriba[]

Eramis y Variks están a la sombra de una ciudad construida a medias. Su gente rescató fragmentos de los escondites de los eliksni por todo el sistema solar y los unieron a las ruinas de unas instalaciones de la Edad de Oro. Construyeron algo nuevo a partir de algo viejo. Es carne eliksni en los huesos del fracaso de la humanidad, enclavada en la gélida tundra de Europa.

Ella observa el rostro de Variks mientras él alza la vista. Hay algo familiar ahí. Un asombro que le recuerda un tiempo muy lejano.

"Será un nuevo Riis", dice mirando hacia el andamiaje ante ellos. "Un nuevo hogar para nuestra gente. Basta de huir. Basta de vivir al margen".

Variks aparta la mirada para por fin ver a los ojos a Eramis. "¿Pero qué sucederá con los Demonios?". Habla en eliksni. Eso la sorprende.

"Nombres viejos", dice ella con desdén. "Deja los nombres y las costumbres viejas en el pasado".

Como ella lo recordaba, Variks no permite que su asombro interfiera con la practicidad. Comienza a analizarlo todo. "¿Por qué elegir este lugar? ¿Por qué elegir esta luna congelada?".

"Lo vi en un sueño".

Ella siente su escepticismo. La verdad no lo culpa, desde la fuga él se ha ocultado en algún lugar, en algún rincón olvidado del sistema, esperando a que llegue el juicio. Le otorgó la libertad a su pueblo y luego construyó para sí una celda de aislamiento. Él no puede ver más allá de lo que cree saber.

"¿Y por qué me llamaste?", pregunta él. Su voz suena severa. "Después de todo no somos aliados, Eramis".

"Las viejas costumbres", dice ella de nuevo. "Si los eliksni hemos de sobrevivir, debemos abandonar todo recuerdo de división. Riñas insignificantes, asuntos políticos entre las Casas… quiero que todo empiece desde cero".

Mira de nuevo al andamiaje. "Este será un nuevo mundo, Variks. Nuevas ideas. Nuevas historias. Seremos conocidos y recordados como algo nuevo".

Variks sigue su mirada. Ahora su voz es suave. "¿Y por qué yo?".

Eramis voltea para verlo de frente. Él aún le teme; ella lo nota por cómo encorva sus hombros y por la forma en que voltea la cara a un costado, como si mirarla de frente le lastimara los ojos.

"En el nuevo mundo, necesitaré un escriba", dice ella.

VIII. El Consejo[]

"Vieja amiga".

Phylaks pronuncia sus palabras con una sonrisa ensangrentada. Toma la mano de Eramis y la acerca a su pecho. Kridis está detrás de Phylaks, alta y etérea. Son exactamente como Eramis las recuerda. Phylaks se ríe. "Siempre dije que ninguna prisión podría contenerla".

Eramis ríe con facilidad y familiaridad. Es como si nada hubiera cambiado. Recuerda sus días en la Casa Demonios. Los días de encargos en las partes más oscuras y sombrías de sus viejos territorios: el Cosmódromo, sin más compañía que ellas dos. Acabaron con los miembros de las Casas invasoras; arrasaron con asentamientos humanos hasta los cimientos; soñaron con el día en que desafiarían y matarían a su propio kell para tomar el mando ellas mismas.

Pero Kridis ve tras Eramis, no la ve a ella. Y pronto, Phylaks hace lo mismo. Sus ojos se entrecierran. Avanza dando tumbos y pasa por delante de Eramis para tomar a Variks del cuello.

"Escoria traidora", bufa Phylaks y escupe. "Rastrero pedazo de…".

Variks se retuerce y patea como un animal en una trampa. "Phylaks", dice agitado.

Praksis y Atraks se hacen a un lado y esperan encontrarse con los veteranos de la antigua Casa. Observan sin mayor cuidado, aunque Praksis luce satisfecho. Ellos no intervienen.

Phylaks aprieta su puño.

"Suéltalo", le indica Eramis.

Phylaks dirige su mirada hacia Eramis y luego suelta a Variks. No dice nada, pero Eramis percibe su descontento, y el de Kridis. La duda invade sus mentes…

"Sus crímenes son innegables…", expresa Eramis con desdén. Aunque no mira a Variks, escucha su respiración agitada mientras se incorpora y se aleja de Phylaks. "Pero es lo único que queda de la Casa Juicio".

"Dudo que tengas un interés especial por los escribas", menciona Kridis con actitud escéptica.

Eramis inclina la cabeza. "No, pero ¿qué tal si se trata de uno que puede persuadir a los eliksni del Arrecife?".

Phylaks resopla; entiende su punto, pero no está convencida. Vuelve al lado de Kridis. Kridis, en cambio, parece estar contenta. "Qué astuta", dice.

Eramis cambia el tema antes de que la sigan interrogando. "Pero el motivo de mi llamado no tiene que ver con la política", hace una seña con uno de sus brazos secundarios. "Adelante, les mostraré lo que construimos".

IX. Kell de la Oscuridad[]

Eramis se prepara al ver que la nave de obsidiana desciende en Europa. Su consejo la acompaña: Variks, Phylaks, Kridis, Praksis y Atraks. Recibe su aterrizaje llena de ansiedad.

Vuelven los susurros en otra lengua. Ahora dicen…

No esperes a que te elijan, se tú quien elige.

Elige la salvación.

Eramis aborda la nave y elige la fuerza.

Y es en este instante, mientras sostiene en sus manos esta energía fría y antigua, cuando nace la Casa Salvación.

X. La Guerrera[]

Soy Phylaks, antigua guerrera de Casa Demonios, antigua hija de hogar Riis. Ahora hablo a eliksni perdidos. Escuchen bien. No lo repetiré.

¡Muerte a la Casa Demonios! ¡Que hogar Riis se reduzca a cenizas! ¡Abandono lo inservible y entrego mi vida al Renacimiento de Riis, a Eramis y a su Casa Salvación!

Libré muchas batallas y no encontré guerrero mejor que cuchilla Eramiskel. ¡Juntas asediamos los muros de la ciudad de la Tierra con armas en todas las garras! Hombro con hombro, derramamos fuerza vital por todo el sistema. ¡Ningún queche estaba fuera de su alcance! ¡La muerte no podía detenerla! La fuerza de su mente y cuerpo aumentó incluso bajo las cadenas de los miserables nacidos en el Arrecife.

Chelchis, Skolas, Aksis… resucitados todos y ella los reduce a escorias. Su nuevo poder es más grande que el que ellos tuvieron. Supera todo lo que los nuestros hayan conocido.

¡Y ella les otorgará ese poder a quienes se unan bajo su estandarte! Incluso ahora, como teniente, comparto eso con ella. Hombro con hombro, nuestros cuerpos vibran con la misma gélida energía.

¡La energía para arrastrar a la Gran Máquina del cielo y fortificar nuestra nueva ciudad con su coraza metálica! ¡La energía para derrotar a los miserables de este sistema y alimentar a nuestra descendencia con el botín de guerra!

La energía para reinar por más de mil vidas.

Escuchen todos: ¡soy Phylaks, la guerrera de la Oscuridad! ¡Vida al Renacimiento de Riis! ¡Victoria para la kell de la Oscuridad! ¡Gloria para la Casa Salvación!

XI. El Tecnócrata[]

Soy Praksis, el Tecnócrata, y hablo desde el renacimiento de Riis. Resulta evidente que, incluso cuando nuestras filas crecen, muchos eliksni todavía no aceptan la invitación de nuestra kell para participar en el tan esperado progreso de la gente.

Por ende, debo presentar un argumento que pensé que no tendría que presentar… No. Eso es mentira. Había previsto cierto grado de cobardía, obstinación, estupidez, o como quiera llamársele; pero solo al inicio, cuando no contábamos con evidencia de nuestra misión.

No obstante, en esta fase avanzada en la que Eramiskel triunfa cuando el resto fracasa… Qué pena, me costaría creerlo si no pudiera ver los espacios vacíos en nuestro capitolio medio lleno, o si no escuchara los susurros de duda sembrados por el debilitamiento de Casa Luz.

Así es, incluso desde esta luna a lo lejos, puedo interceptar tu transmisión, Misraaks. Algunos te llaman el Renegado, pero para mí eres el Insensato, ese que se aferra a tal obsolescencia del tamaño de la luna. ¿Ya olvidaste la lección que le enseñamos a nuestra descendencia? Un queche con carga innecesaria jamás podrá volar.

Y quienes siguen su ejemplo, quienes confían en la paz con nuestros enemigos… a ustedes les pregunto: ¿de qué sirven las palabras de un científico si ignoran lo que está ante sus propios ojos? Los invito a que piensen con detenimiento. ¿Tienen pruebas de la lealtad de sus supuestos aliados? ¿Acaso ellos comparten todo de manera equitativa con ustedes? ¿Obtienen algún beneficio real de su parte?

Si su respuesta es "aún no" o "no lo sé", entonces admiro su paciencia. Pero para mí, para mi kell y para todos nosotros en Casa Salvación, ya se agotó el tiempo: son demasiados fracasos como para apostar por un experimento tan dudoso.

Los eliksni debemos actualizar nuestro enfoque si queremos ascender. Únanse a nosotros mientras avanzamos hacia el progreso…

O sean arrasados junto a los demás vestigios.

XII. La Sacerdotisa[]

¡Eliksni! ¡Kridis, la Sacerdotisa los llama a través del abismo! En este momento, la otrora ladrona de naves trae una promesa para nuestra gente. Pronto tendremos verdadero poder, unidos bajo un solo estandarte y una sola kell. Los únicos dioses seremos nosotros.

¿Quién soportó el Torbellino? ¿Quién armó queches y armerías a partir de ruinas y chatarra? ¿Quién vagó durante generaciones, subsistiendo a base de gotas de éter y enfrentando batallas interminables? ¡¿Quién sobrevivió?!

¡Nuestra gente! No la llamada Gran Máquina ni los ídolos que creamos a su imagen. ¡Los eliksni sobrevivimos!

Entonces, ¿por qué aún añoramos una luz que no brilla sobre nosotros? ¿Por qué nos arrodillamos ante los sirvientes que creamos?

Porque tenemos miedo. Debido a todo lo que hemos sufrido, todo el tiempo que hemos viajado. Nos aferramos a la idea de que estábamos destinados a una existencia superior, a una evolución más allá de nuestras formas actuales. "Si tan solo el Torbellino no hubiera separado a nuestra gente de la divinidad tan pronto…".

También creía eso. Lamenté la muerte de nuestro potencial colectivo en los rituales y ritos. Sentí la quemadura de la desesperación como ácido en mi cuerpo mientras recibía la ayuda de nuestro sirviente primario. Soñé con el día en que pudiera mirar el cielo con los ojos llorosos, pero no encontré la salvación.

Estaba ciega.

Pero Eramis eliminó la Luz de mis ojos y ahora puedo ver.

Así que se los imploro, hijos de Riis. ¡Vengan a recibir claridad para ustedes! Sean testigos de la grandeza de la Casa Salvación y la kell al mando. ¡Alégrense, porque la que puso en su lugar a nuestros sirvientes, hará lo mismo con la Gran Máquina!

La luz ya no tiene nada para nosotros. Hemos viajado en la Oscuridad por mucho tiempo. ¡Ahora es nuestro momento de aceptarla!

XIII. La Comodín[]

Soy Atraks, la Comodín, y mi kell me encomendó hablarle a la juventud eliksni. A quienes, como yo, nunca han conocido una vida más allá de vagar. A quienes no tienen recuerdos de Riis, solo de historias de gloriosas ciudades bajo brillantes cielos verdes transmitidas por nuestros mayores. Los mismos que lamentan jamás haber sentido paz verdadera, la cual solo se puede encontrar bajo la sombra de la Gran Máquina.

Bien, yo, por mi parte, ¡me alegro por eso! ¡No podría estar más agradecida de que el Torbellino llegara a cortar los lazos antes de que yo también quedara atada! Nos dijeron que la destrucción nos visitó ese día, pero, ¿y si era la salvación? Nos llamaron desafortunados por haber nacido en la oscuridad del espacio profundo, pero ¡nacimos libres! Dicen que nos hace falta la Luz para ver en realidad, pero la primera vez que abrimos los ojos, no había nada que bloqueara la inmensidad del universo de nuestra vista.

Entonces, ¿por qué dejamos que la nostalgia se interpusiera en el camino? ¿Por qué cargamos sus sueños muertos? ¡Le dieron la espalda al futuro! ¡Dejémoslos! Es más fácil atacarlos y terminar con la depuración que inició hace mucho.

Después de eso, podrán unirse a nosotros en el renacimiento de Riis.

XIV. El Marcado[]

¡Ja! Así que el kell del invierno busca la ayuda de Taniks, el Marcado. ¡Qué formal! No fue hace mucho que me llamaste escoria egoísta y escupiste en mi armadura sin estandarte. Podría haberte arrancado los brazos en ese entonces… y las piernas por si acaso.

Sin embargo, presentía que algún día suplicarías por mis servicios. Después de todo, soy un vulgar mercenario, ¿no? Te conviene ahora que pongo el pago antes que el orgullo. Pago no solo con lumen, sino con sangre y batallas. Ningún kell, ninguna Casa ha podido saciar mi sed. Tampoco ningún trabajo.

Aunque… una fuga del Presidio de los Ancianos tal vez lo logre.

Pero en cuanto a Aksor. ¿Me pides que ignore a guerreros mucho más superiores por ese inepto arconte? ¿Crees que te será más útil que Peekis, el Repudiado? ¿Que Pirsis, Castigo de Palas? ¿Que Calzar? ¿Que Drekthas?

¿Preferiste a Aksor antes que a la Ladrona de naves? ¿Antes que a Eramis, quien encabezó el ataque durante el Último Intento? ¿Quien se lanzó hacia los miserables Portadores de Luz? ¿Quien se movía tan rápido que parecía tener ocho brazos? Cuando tus patéticos Invernales siguieron sus pasos, tuvieron que maniobrar en la avalancha de fuerza vital que dejaba a su paso.

Y aún te preguntas por qué rechazo el juramento de mi Casa. Podrías conquistar el sistema, pero prefieres atenerte a estas costumbres arbitrarias. Aksor pertenece al Invierno y Eramis no.

El doble de mi precio normal. La cuota es por mi moderación. Tomaré lo poco que tengo para liberar a Aksor y no a los guerreros eliksni más feroces.

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