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Emperatriz

Emperatriz es un libro de Historia introducido en la Temporada de los Elegidos. Las entradas se desbloquean completando el desafío del Ascenso del Contendiente cada semana.

CAPÍTULO 1: NARRADORA[]

Sedas doradas y terciopelo púrpura colgaban sobre la silla dorada donde Ahztja se instaló para contarle a la princesa Caiatl su historia nocturna.

Ahztja era la guardiana de mitos del emperador; una talentosa psiónica narradora que tenía todas las leyendas e historias de los mundos conquistados en su mente. El padre de Caiatl a menudo decía: "Ahztja es un mundo ateneo en sí misma". A menudo se retiraba, ya sea en sus placeres o su impredecible melancolía para dejar que Ahztja llenara la mente de Caiatl de fantasía.

Con una nave de guerra de juguete en sus manos, Caiatl se sentó en el suelo ante Ahztja. "Ahztja", dijo cortésmente, sabiendo que no recibiría su historia de otra manera, "por favor, dime cómo la gente lejana dice que se creó el universo".

Ahztja lo pensó, buscó en la biblioteca de su mente, y luego asintió.

"Imagina el universo como un caos arremolinado", dijo Ahztja en voz baja.

Caiatl cerró los ojos y lo vio.

"Entre el caos se encuentra Irkyn La, la Primera anfitriona, que se crea a sí misma en un destello con el Primer pensamiento: el caos debe ponerse en orden".

Caiatl vio una criatura, enorme más allá de toda comprensión, en el ojo de su mente.

"Y así, para satisfacer el primer Pensamiento, que se convirtió en la Primera ley, Irkyn La consume el caos del vacío y da nacimiento al universo ordenado".

Caiatl abrió los ojos, y los tenía brillantes y llenos de intriga.

"Así es como los Tiiarn decían que comenzó el universo", dijo Ahztja.

Caiatl miró el juguete en sus manos, y luego volvió a mirar a Ahztja. "¿Dónde vive esta mujer gigante?".

"Los Tiiarn diría que ella es el tejido mismo del universo. Cuando miras al cielo, cuando miras al espacio, estás mirando en la boca de Irkyn La".

Caiatl volteó a ver su juguete por un rato. Entonces, mirando hacia arriba, dijo ferozmente: "Desafiaré a Irkyn La a una batalla y la derrotaré. Entonces, mi gente será dueña de todo en el universo".

Ahztja se rio con cariño. "Sí, creo que lo harías", dijo. "Pero el imperio ya derrotó a los Tiiarn. Ninguno de ellos queda. Y sin nadie que crea en ella, Irkyn La también está muerta".

"Entonces, creeré en ella".

Los labios de Ahztja retrocedieron con una curiosa sonrisa. "¿Creerás en ella para poder desafiarla?".

"Sí".

Riéndose de nuevo, Ahztja colocó su mano sobre la cabeza de Caiatl. "Ah, valiente Caiatl. Una guerrera tan poderosa que quiere que sus enemigos existan".

El pecho de Caiatl se hinchó con un orgullo incandescente.

CAPÍTULO 2: PILOTO ESTELAR[]

En una cámara de guerra construida por los escultores mentales psiónicos de su padre, Caiatl pilotaba un caza a través de un mundo extraño. Se torcía y se volvía hacia sí misma para crear extrañas y podridas formas terrestres a su alrededor. Pasó montañas que brotaban tumores llorosos y vio campos cubiertos de tejido escabroso.

La emoción del vuelo hizo que sus ojos se volvieran agudos; la familiaridad de los controles mantuvo sus manos firmes. Ella estaba mucho mejor aquí que en cualquiera de las tediosas lecciones de su padre. Despierta. Viva.

La voz de Umun'arath retumbó en su oído como una ballena terrestre emergente.

"Imagina todo Torobatl como los putrefactos pantanos de Aark", dijo. "Siglos hundidos en el fango. Un testamento de la conquista de otro".

Caiatl entrecerró los ojos ante la interfaz de su nave mientras una llama corrupta de repente quemaba un agujero en el cielo mismo, justo delante…

"Hay monstruos en los bordes de nuestro territorio que destrozarían nuestro mundo y lo abrirían al revés", dijo Umun gruñendo. "No temen a nada".

Caiatl sintió una sacudida: la roca reveladora, la inclinación y el arrastre de daños en la cola de la nave. Trató de levantarse. A través del agujero en el cielo, emergió una bruja: enorme, vestida, gritando. El fuego esmeralda estalló de sus garras y se dirigió en espiral hacia la nave de Caiatl, pero estaba demasiado deslumbrada por los fuegos artificiales para evitarlo.

Segundos antes de que las llamas envolvieran su nave, Caiatl escuchó: "¿A qué le temes, princesa?".

En estas cámaras de guerra, la muerte simulada se sentía como la muerte real. Pánico, dolor, oscuridad. Consecuencias realistas del fracaso. La cámara dejó a sus habitantes flotando en un vacío después de la derrota, y en ese vacío, los minutos podían sentirse como horas.

Cuando la oscuridad finalmente se disipó, Caiatl se paró en la cámara en blanco. Sola.

Umun apareció y cruzó la habitación. "Estás muerta", le dijo.

Caiatl mantuvo la espalda recta y el nivel de voz, aunque hubo un temblor en su brazo, un humillante efecto secundario. "Sí".

"Te distrajiste", dijo Umun. "Te vi, mirabas a tu alrededor, como si estuvieras en un vuelo turístico". Hizo un gesto despectivo con la mano izquierda. "Destetada y mimada con demasiadas historias".

"No volveré a fallar", dijo Caiatl.

"Te equivocas", dijo Umun'arath. "Morirás muchas más veces si deseas vivir". Le dio una palmada en el hombro a Caiatl. "Hazlo de nuevo".

CAPÍTULO 3: ASESINO[]

Caiatl sintió los ojos de la asesina en su espalda antes de escuchar sus palabras.

"Tu padre te envía saludos", dijo.

Se volteó tranquilamente. La intrusa no era cabal. Llevaba un traje blindado extraño y elegante, era de una especie de fuera del mundo que no estaba acostumbrada a la atmósfera, sin duda. Pero la influencia de su padre en ella era obvia; llevaba blanco, púrpura y oro.

"Puede quedárselos", dijo Caiatl. El arma de la asesina que apuntaba a su pecho brilló con una luz púrpura que distorsionó el aire que la rodeaba.

"Envió un mensaje para ti".

Caiatl se lanzó y estrelló su hombro contra la asesina. Esta disparó su arma, y la energía de vacío ardió a través del bíceps de Caiatl. Sin disuadirse, golpeó a la asesina contra el suelo, agarró su garganta con una mano e hizo un puño con la otra. Levantó el brazo hacia atrás. Su reflejo en el casco del asesino la miró fijamente. Furiosa. Sin parpadear. Curiosa.

"Vamos", dijo gruñendo, con el puño amenazante. "El mensaje".

La asesina tenía dificultad para hablar. "Eres una niña disfrazada de general", dijo. "Nada de la visión de tu padre. Nada del impulso o la fuerza de a quien llaman Dominus". Algo afilado penetró en el traje de presión de Caiatl y se deslizó contra sus costillas. "Nadie te recordará".

Impulsada a la acción, Caiatl rodó para sacarse la espada; la asesina la siguió y levantó el arma de vacío a su cabeza.

Caiatl arremetió contra el cañón con su mano. La energía atravesaba su palma mientras le arrancaba el arma. Agarró el casco de la asesina con los dedos ensangrentados y golpeó la cabeza contra el suelo. Una, dos, tres veces.

El escudo comenzó a agrietarse.

Cuatro, cinco, seis veces.

Hizo que el casco golpeara contra el suelo. Su reflejo contorsionado ahora miraba hacia atrás.

"¿Está escuchando?" Caiatl gritó. "¿Mi padre, escucha? Dile que iré por él. Dile que no hay distancia que lo salve de mí".

La asesina jadeó y respiró con dificultad. Cuando recuperó su voz, dijo entre dientes: "Matarme no detendrá el final… que está por venir. Mis dioses predijeron que…"

Caiatl dudó por un breve momento antes de que su mano intacta se apretara en un puño y se estrellara contra la visera de la asesina, lo que destrozó su reflejo, junto al cráneo de la asesina.

Se sentó en los restos, jadeando, y cubierta de una sangre extraña y viscosa.

"Tus dioses están muertos", dijo, sin que nadie la escuchara.

CAPÍTULO 4: SOLDADOS[]

Caiatl detestaba el lento ritmo de la corte. Le repugnaban las voces complicadas de cortesanos y generales que competían por atención y recursos. Entender sus tediosas peticiones era como buscar alfileres perdidos en el fondo de un pajar.

Pero, un día, un general acudió a ella con una clara queja. "El hedor de las habitaciones de Umun'arath impregna toda el ala este del palacio. Mis amantes se ahogan con humos tóxicos simplemente cuando caminan por los pasillos".

Sorprendida por no haberlo oído antes, Caiatl lo despidió con la promesa de investigar las cámaras de la general evocada.

Más tarde, ese mismo día, descubrió que la primera de las habitaciones de Umun, generalmente ordenada con precisión militar, cambió. Sus dos mesas de guerra estaban cubiertas de papeles y tomos irreconocibles para Caiatl. La habitación apestaba a muerte y veneno. En el suelo estaban dibujados con ceniza unos extraños símbolos.

En la esquina más alejada de la sala, con las restricciones que usaban para los cautivos a bordo de sus naves de prisión, un lacayo de la colmena vivo estaba suspendido, babeando y chirriando.

"Umun", dijo Caiatl, sorprendida. "¿Qué pasa aquí?".

Umun se apartó de una de sus mesas de guerra donde estudiaba un libro que parecía estar atado con carne moteada. "Princesa", dijo, complacida. "Bien. Pensé en llamarte, pero he tenido mucho que hacer. Ven a ver el futuro del ejército de los cabal".

Caiatl se acercó, con la intención de mirar a Umun en lugar del lacayo.

"No le temen al dolor," dijo Umun. La perversa admiración se deslizó en su voz. "No temen a la muerte".

"Los soldados que no conocen el dolor o el miedo son inútiles", dijo Caiatl, mirando a la general evocada. "'Es el conocimiento de la muerte y la voluntad de desafiarla lo que engendran valentía'. Tú me enseñaste sobre esos textos".

"Debemos trascenderlos", murmuró Umun, viendo al lacayo inclinar su grotesca cara en respuesta a sus voces. "Con cada oscilación de la espada, el universo se hace más pequeño, Caiatl. La competencia más feroz. Si no aprendemos un nuevo camino, seremos reducidos a nada con el resto". Su voz se calló. "Debemos aceptar nuevos dioses, o pereceremos".

El lacayo comenzó a revolcarse repentina y violentamente.

Caiatl miró.

"Te ordeno que te retires del consejo", dijo después de un largo silencio.

CAPÍTULO 5: NUEVOS DIOSES[]

Fue Taurun, una de los asesores de Caiatl, quien la alertó sobre el espectáculo.

"En la plaza", dijo, su profunda voz que se entrelazó con preocupación. "Nunca había visto algo igual".

Caiatl fue inmediatamente.

En la plaza central del distrito de armeros de Torobatl, una llama verde brillante impregnó el aire. Umun'arath se puso de pie contra el fuego, desnuda si no fuera por una envoltura en la cintura, bajo la custodia de dos guardias. Su piel estaba tallada con extraños y crudos símbolos. Cuando vio llegar a Caiatl, echó la cabeza hacia atrás y se rio.

"Aquí viene la princesa imperial", dijo. "Para arrodillarnos ante nuestro nuevo dios". ["Soy Savathûn", susurro].

Caiatl caminó hacia adelante. "Déjenla ir", dijo a los guardias. A regañadientes, hicieron lo que pidió. "¿Qué dios, Umun? ¿Qué herejías te has inventado?".

Umun sonrió. "La diosa de la guerra", dijo, y la tierra tembló debajo de ellos.

[Pero la diosa de la guerra ha plantado sus ejércitos en otros lugares; es su hermana, sonriente, la que ha tomado el control sobre la niña guerrera Umun'arath].

Caiatl se situó en frente de Umun en la luz verde parpadeante del fuego. "Tu obsesión es una debilidad", dijo. "Y una amenaza para nuestra prosperidad".

"No puedes detenerlo ahora", dijo Umun sin aliento por el deleite.

[Xivu Arath, escúchame].

Caiatl rompió la mirada. "No me queda más remedio que…"

Umun, riéndose, levantó las manos. El fuego tras ella ardía por lo alto y chasqueaba como huesos agitados. "La guerra es lo único que existe", dijo.

Cuando los chasquidos llegaron a un punto febril, Caiatl tomó una decisión. Con los reflejos rápidos del rayo que Umun le había enseñado, desenvainó la espada ceremonial a su lado y cortó a Umun por el medio.

Umun se rio.

[Eres guerra, y te invoco con guerra y sangre].

Se rio, se rio y se rio, hasta que su boca comenzó a exudar. Hasta que Caiatl, disgustada, la apartó de la espada con un pie. El cuerpo volvió a caer sobre el resplandor verde.

[Un regalo para mi hermana favorita].

Cuando el fuego consumió el cadáver, un portal gigantesco se abrió en el cielo.

CAPÍTULO 6: CANCIÓN DE BATALLA[]

De la ciudad de Torobatl surgió humo. El cielo se oscureció con naves ataúd y trituradores. Del suelo brotaron extrañas torres espinosas; infectaron las calles y callejones que Caiatl conocía de memoria e hicieron que el paisaje se tornara desconocido.

Muchas de las criaturas que salían de la grieta en el cielo habían caído ante sus misiles, como cualquier otro enemigo, pero sus números nunca parecían disminuir. Su voluntad nunca pareció flaquear.

Atrapada entre los restos de un caza de un solo piloto estrellado, Caiatl respiró mientras el gel se filtraba de su traje. Recordó las palabras de Umun: no temen al dolor. No temen a la muerte.

Se preguntó cómo podía haber dejado que esto sucediera. ¿Cómo pudo haber sido ella la que abrió esa puerta?

Porque incluso cuando maldijo a Umun por comenzar esto, Caiatl fue quien lo había terminado. No importaba que lo hubiera hecho sin querer y sin saberlo. Esa responsabilidad estaba sobre sus hombros.

Maldijo a Umun y a la plaga de la colmena, pero más que eso, se maldijo a sí misma.

Ella fue responsable de la destrucción de su hogar.

Una voz tan fuerte como un trueno le habló, ensordecedora:

MI HOGAR ES LA GUERRA.

MI VOZ ES UNA CANCIÓN DE BATALLA.

DURANTE TODO EL TIEMPO QUE HAN ADORADO LA GUERRA, ME HAN ADORADO.

YO ESTOY AQUÍ PARA RECLAMAR MI TRIBUTO.

ESTÁ ATRASADO.

CAPÍTULO 7: CORONACIÓN[]

En la larga mesa de su sala de consejo en la nave de guerra que huía, Eligos Lex V, Caiatl se sentó con sus asesores. Un terrible pánico se apoderó de ellos.

"Sus lunas de guerra son demasiado poderosas", dijo la consejera Taurun. La pantalla táctica, donde las naves de la colmena y las lunas de guerra flotaban como innumerables motas de polvo en el espacio, parpadeaba.

"Las bajas no los disuaden", agregó Ca'aurg. "Toda pérdida es una pérdida aceptable para la colmena".

Hubo murmullos de asentimiento en la mesa. Ghaul desvió a algunos de nuestros mejores generales, se lamentó Tha 'arec. "Todo por el maldito sistema Sol, por su estúpida cruzada…"

"No volverán", dijo Ca'aurg. "Y Ghaul tampoco". Apretó su puño. "Pero esta debilidad no comenzó con Ghaul. Empezó con ese engreído traidor, Calus".

Ca'aurg y Tha'arec se miraron fijamente desde el otro lado de la mesa. Compartían una mirada que Caiatl conocía muy bien, que a menudo precedía al derramamiento de sangre. Los miró durante un momento tenso y luego dijo en voz alta: "Suficiente".

Todos miraron a la princesa imperial.

"Mi padre estaba enamorado del mito de su propia benevolencia", dijo Caiatl. "Se atiborraba a sí mismo y a su gente con historias de lo que podría ser el imperio y tomó medidas insuficientes para hacerlo así. Pero nunca tuvo éxito. Nunca quiso tener éxito. No soy mi padre".

"Dominus Ghaul estaba obsesionado con su propia redención. Imaginó las deudas que se le debían e intentó que se cumplieran. Usó a la Legión como una herramienta para asegurarse a sí mismo y a su legado. Vio el imperio como algo más que se le debía. No soy Dominus Ghaul".

"Umun'arath me engañó, nos confundió a todos. Nuestra gente no está destinada a huir de nuestras batallas. Pero nosotros tampoco somos la colmena, que se lanza sobre la espada una y otra vez. Las retiradas tácticas son movimientos fuertes".

Estudió los rostros preocupados de sus consejeros y sintió vergüenza por su debilidad, pero también por su responsabilidad. "Dirigiremos todas nuestras naves sobrevivientes al sistema Sol para recuperar los restos de la Legión. Esta es mi primera orden como emperatriz de los cabal".

Al día siguiente, mientras huían de su mundo natal, se llevó a cabo una coronación sobre el Eligos Lex V, nave insignia real de la Emperatriz Caiatl, líder de los cabal.

CAPÍTULO 8: EMPERATRIZ[]

//UN MENSAJE DE LA EMPERATRIZ CAIATL DE LOS CABAL A TODA SU FLOTA//

Les hablo como emperatriz coronada del imperio cabal, su nueva líder.

Mientras hablo, huimos de nuestro hogar. Algunos de ustedes lamentan nuestra pérdida. Algunos de ustedes susurran sobre la debilidad del retiro. Les aseguro que no huimos por debilidad. Marchamos hacia la fuerza.

Nos hemos encontrado en una batalla con la guerra misma. Y he llegado a ver que el rostro de la guerra es feo y venenoso.

No somos lo mismo que nuestros enemigos. Peleamos por una razón. Con un propósito.

No por lujo inútil, ni por la aprobación de dioses falsos. A diferencia de nuestros predecesores, peleamos por rendir homenaje a nuestro pasado y avanzar hacia nuestro futuro. Un futuro donde toda gloria no es por vanidad, sino para nuestro pueblo. Peleamos por el imperio.

Ahora nos dirigimos hacia el sistema Sol para recuperar a los soldados varados por la arrogancia de Ghaul. Reconstruiremos nuestro ejército y regresaremos para recuperar nuestro hogar.

Nuestro futuro no se verá igual que nuestro pasado. Con su confianza, nos llevaré a una nueva era, y no incumpliré mis promesas como mi padre lo hizo antes que yo.

Desde este momento en adelante, todos los psiónicos del imperio cabal son liberados de los lazos de servidumbre y se les concede la ciudadanía plena. Son libres de quedarse o irse como les plazca. Se les otorgarán suministros razonables para su partida, si deciden irse.

Si se quedan, debo advertirles: la batalla por delante será larga y ardua. Muchos de nosotros pelearemos, sangraremos y moriremos para preservar nuestras libertades colectivas. Pero, juntos, construiremos un ejército donde los guerreros no pelean por sí mismos, o por sus líderes, sino por su gente.

No habrá piedad por los dioses falsos. El imperio cabal saldrá victorioso de este desafío. Unidos. Aprenderemos del pasado para darle fuerza a nuestro futuro.

Como cabal unidos.

//FIN DEL MENSAJE//

CAPÍTULO 9: TREGUA[]

Caiatl estaba sentada sola en su habitación privada. Miró hacia arriba, despertó de su ensueño cuando llegó Taurun.

"Emperatriz", dijo Taurun y se inclinó. Era muy rigurosa con las formalidades. "Los otros consejeros esperan una decisión sobre nuestra llegada a Sol".

Caiatl le dio una mirada irónica. Como si no lo supiera.

Taurun esperó. Cuando Caiatl no respondió, siguió presionando. "¿Tomaste una decisión?".

Caiatl suspiró y se movió en su asiento. "Todavía no", dijo. "Todavía hay mucho por considerar. Siéntate".

Taurun dudó, atrapada entre su dedicación a la formalidad y una orden directa de su emperatriz. Se acomodó lentamente en una silla.

"Los guardianes mataron a Ghaul", dijo Caiatl.

"Sí", dijo Taurun.

"Las historias dicen que también han matado a grandes enemigos".

"Otras deidades de la colmena. Uno de los grandes gusanos".

"Y un hermano de Xivu Arath", añadió Caiatl.

"Quizás, entonces, los costos de esta empresa no superan los beneficios", reflexionó Taurun.

"Necesitamos todos los recursos a nuestra disposición", dijo Caiatl.

Taurun se quedó en silencio.

Caiatl se inclinó bruscamente hacia delante en su asiento. "¿Es necesaria una guerra para recuperar a la Legión?"

Una vez más, Taurun guardó silencio. Finalmente, dijo cuidadosamente: "¿Crees que no ganaríamos?".

Caiatl vio la daga escondida en la pregunta de Taurun. "Ganaríamos", dijo. "Después de una larga y agotadora guerra. Sostendríamos enormes pérdidas. Y nos dejaríamos vulnerables a más devastación a manos de la diosa de la guerra".

La mirada de Taurun se volvió pensativa. "Sí, probablemente". Estudió el rostro de Caiatl. "¿Qué sugieres?".

"Que… negociemos", dijo Caiatl en voz baja. "Con los guardianes".

Taurun cumplió con el momento de silencio protocolario. "A algunos de los consejeros no les gustará".

"Lo sé", dijo Caiatl. Miró fijamente más allá de Taurun, con el mentón hacia arriba. "A mí tampoco".

"Tendrás que hacer un gesto por ellos. Un guiño a nuestro legado como conquistadores. Si lo ven como una negociación verdadera e igualitaria…", el volumen de la voz de Taurun se reducía.

"Lo llamarán debilidad", finalizó Caiatl.

Taurun asintió. "Especialmente después de huir de Torobatl".

Compartieron otro silencio. La presión creciente empezó a dolerle en las sienes a Caiatl.

Su voz estaba cansada cuando volvió a hablar. "Entonces, exigiremos que los guardianes se arrodillen".

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