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Bajo la Noche Eterna

Bajo la Noche Eterna es un libro de Historia introducido en la Temporada del Simbionte que cuenta la perspectiva de diversos personajes sobre los sucesos de la Noche Eterna en la Última Ciudad. Las entradas se desbloquean completando triunfos de temporada.

I - ACEPTACIÓN[]

"¡Soy el más idóneo para esto!".

La voz del Cuervo retumbó en el ventanal y provocó que la oficina del comandante de la Vanguardia se sintiese más cavernosa de lo que era. De noche, los bordes de la oficina de Zavala siempre se veían oscuros, pero el miasma de la energía vex que soplaba en la Ciudad lo acentuaba. El Cuervo suspiró y surcó la penumbra como un animal enjaulado.

Zavala miró hacia la ventana y se quedó de pie, inmóvil. Era una estatua tallada de larimar, una prueba de paciencia infinita. Miró a Ikora, quien, con las manos suavemente apretadas, veía al Cuervo con inquietud.

"Lo sabemos", dijo después de lo que se sintió como una eternidad, "pero tu experiencia y relación con los eliksni no son los únicos factores decisivos".

"¿Cuánto tiempo seré juzgado continuamente en un tribunal de opinión pública?", preguntó el Cuervo sin rodeos. "¿Y cuándo me explicarán con claridad de qué se me acusa?".

Zavala contempló el reflejo del insomne en la ventana; le recordó la caminata casi fatal por los jardines de no hace mucho. Sus hombros se desplomaron.

"Cuervo", dijo Zavala mientras volteó a verlo. "Esta es una situación delicada. El Consenso nos castigó por recibir a los eliksni en la Ciudad y no puedo dejar que te ataquen".

"Así que se trata de eso, una maniobra política para protegerse", presionó el Cuervo. "¿Sin resentimientos? ¿Nada detrás de las miradas que me das cuando crees que no estoy mirando?". Zavala se tensó y el Cuervo percibió que la intensidad de la conversación en la habitación había cambiado.

"Dejando ese asunto de lado, si tu identidad anterior se hiciera pública antes de que tengamos un plan, podría dañarte mucho a ti y a quienes quieres", dijo Ikora con tranquilidad. "Personas a quienes les importas", agregó.

Durante un largo tiempo, nadie habló. Cuando el Cuervo lo hizo, fue en voz baja. "¿Entonces, qué? ¿Seguiré ocultándome de la sombra del hombre que fui?" ¿Para siempre?".

"No para siempre", dijo Ikora con firmeza, "solo por ahora".

El Cuervo cambió su atención a Ikora y vio el dolor en sus ojos. También lo había visto en los de Amanda siempre que hablaba de los muertos.

Sin decir otra palabra, asintió y se marchó.

Ikora cerró los ojos, y soltó lentamente el aire que había contenido. "Irá con Osiris", advirtió.

"Y si Osiris es la mitad del líder que ha demostrado ser, le dirá lo mismo", dijo Zavala con mucha fatiga, dejándose caer al fin en su silla. En el silencio momentáneo entre ellos, Ikora sintió la reciprocidad tácita de su amistad de generaciones.

"No sé cuánto tiempo más podremos protegerlo", confesó ella.

"Yo tampoco".

II - FRACTURAS[]

Zavala se quedó mirando la pantalla hasta que las palabras empezaron a desenfocarse. Bajó la cabeza y se refregó los ojos para aclarar sus pensamientos. Había informes de cazadores en el área. Un aumento de actividad vex en el sistema. Ataques coordinados a operaciones de la Vanguardia. Perturbaciones anómalas dentro de la Ciudad. Y además, enfrentamientos entre eliksni y humanos dentro de las murallas de la Ciudad.

Un zumbido tomó forma sobre el hombro de Zavala, seguido del suave peso de un espectro que se posó ahí. "¿Así aprovechas tu tiempo?", preguntó Targe en voz alta, lo cual hizo que Zavala lo mirase de reojo. Era extraño que Targe hablara; cuando lo hacía, siempre había un motivo.

"No recuerdo haber pedido tu opinión", dijo Zavala mientras intentaba concentrarse de nuevo.

"No recuerdo habértela dado".

Esta vez, Zavala volteó para ver a Targe una vez más.

"Ustedes dos no pueden seguir haciendo el trabajo de tres personas", insistió Targe. "Habla de nuevo con Ana".

Zavala se reclinó en su silla. "Targe, no hay manera de convencer…"

Una alerta sonó en la consola de mando a su derecha.

"Llamada entrante de la emperatriz Caiatl", dijo Targe con cansancio. "Deja que vaya al depósito".

Zavala se levantó de su silla con obstinación. "No", dijo, y contestó. El sello imperial de Caiatl apareció en la pantalla con un cartel: SOLO AUDIO.

"Emperatriz Caiatl, ¿a qué debo el placer?", preguntó Zavala tocándose el rostro con cansancio. Targe observó por un momento antes de desmaterializarse.

"Comandante", saludó Caiatl. Su voz se expandió y llenó la habitación como si estuviera presente. "Los sensores de largo alcance de la flota han detectado una anomalía creciente ubicada en los alrededores de la Última Ciudad".

"¿A qué viene esta preocupación repentina?".

Caiatl resopló. "No me preocupa, comandante. Pero si la Vanguardia fuera aniquilada súbitamente, me correspondería al menos estar al tanto".

"Por supuesto", dijo Zavala suavemente. "Bueno, seguimos aquí".

"Por ahora".

La inflexión del tono de su voz lo intrigó. "¿Por qué llamas en realidad?".

No hubo respuesta del otro lado por unos momentos. Cuando Caiatl volvió a hablar, su tono era moderado como antes, pero sin ningún aire performativo. "La última transmisión de Lakshmi-2 a la Ciudad llegó a nuestra flota", dijo. "Realmente eres un halcón orgulloso en un nido de serpientes, ¿no es así?".

"Lakshmi es una política".

"Las palabras son las armas más peligrosas, comandante", le recordó Caiatl. "Comienzan como convicciones susurrantes, luego son discrepancias a plena voz y, cuando menos lo esperes, te despertarás con un cuchillo clavado en el pecho".

"Lo dices por experiencia", replicó Zavala.

"Lo digo por experiencia", redobló Caiatl, inverecunda. "Lakshmi socava la autoridad de la Vanguardia haciendo parecer tu rol menos importante ante la gente. Hablar tan alto y tan seguido hará que sus palabras empiecen a cobrar sentido incluso para quienes no posean la misma mentalidad".

Zavala suspiró y Caiatl lo sintió al otro lado del sistema solar.

"Confío en que honrarás los términos de nuestro armisticio. No confío en quienquiera que te suceda", advirtió Caiatl.

Zavala sopesó su ira y su intriga, pero se dio cuenta de que era inútil para decidir su respuesta ante esta situación. Dio un paso atrás de la consola e hizo lo que Cayde diría: improvisar.

"Esta no es la primera amenaza a mi autoridad a la que me he enfrentado", dijo Zavala subiendo la voz. "Así que no te engañes pensando lo contrario. Y no te atrevas a venir a mí por cualquier remordimiento que puedas sentir por destituir a tu padre".

Zavala escuchó el suave murmullo de un elogio que se materializaba en los altavoces. "No siento remordimiento porque Calus fuera mi padre", explicó Caiatl en un tono más suave. "Siento remordimiento de lo que Ghaul le hizo a mi pueblo. Le abrimos la puerta a la colmena, le dimos un cuchillo a Xivu Arath, y nos sorprendió sentir el filo en nuestra columna".

"Odio ver que un guerrero al cual admiro y respeto haga lo mismo ante un adversario menos digno. Pero quizás no tengas la necesidad de tal consejo".

Zavala dirigió la vista a la Ciudad a oscuras y cerró sus ojos. "¿Y cuál sería ese consejo?".

Lo que dijo Caiatl a continuación no fue con la voz de una emperatriz, sino de una amiga: "Umun'arath era mi consejera de mayor confianza. La Oscuridad tiene muchas manos, ¿reconocerás su caricia antes de que encuentre tu cuello?".

III: Regalos de la Costa[]

Aunque la caja de metal que llevaban parecía pesar más que ellos, los dos eliksni evitaron a Saint-14 en su camino hacia el distrito eliksni.

"Ya ves cómo desconfían", refunfuñó Saint. Amanda Holliday escaneó la caja en su tabla de datos. El inesperado cargamento de suministros de emergencia de la Costa Enredada ya casi estaba descargado.

"No seas tan amargado", dijo suavemente. "Juntarse con gente nueva es bueno para el alma".

"¡Lo hago!", objetó Saint. "Pero los caídos… no disfrutan mi compañía. Y me pasa lo mismo con ellos".

"Tal vez es por eso que Ikora te eligió para esto", dijo Amanda.

Aunque el casco de Saint le cubría la cabeza por completo, ella podría jurar que giró sus ojos despectivamente.

Otros dos eliksni llegaron con otra caja. Uno de ellos se percató de la presencia de Saint demasiado tarde y tropezó, lo que hizo que dejara caer la caja. Los candados de seguridad se rompieron al caer al suelo. Un pequeño eliksni que llevaba los colores de la Casa de la Luz y un brillante cordón naranja y azul de la Vanguardia se acercó corriendo, con mucha angustia.

Saint suspiró. "Está bien", le dijo al eliksni. "Es posible que la Araña envíe más excedentes de la vieja Casa del Ocaso. Saber que llevas suministros de nuestros enemigos es una gran broma para él". Arrastró la caja fuera de la pasarela con una mano y se arrodilló para reparar los candados.

Mientras Amanda examinaba la caja dañada, el joven eliksni se acercó. Miró a Saint con recelo, y luego levantó una hoja de papel como si fuera un escudo. "Inventario", dijo con dificultad.

"Gracias", dijo Amanda con una alegría nada forzada. Usó su tabla de datos. "Lo tengo en digital".

"Lo tienes en digital", repitió el eliksni. Se inquietó un momento, y luego mostró con orgullo la insignia de su cordón, en la que se leía TEMPORAL.

Amanda sonrió. "¿Qué tienes ahí?".

"Autorización de descarga de suministros de la Costa Enredada. Suministros enviados por la Araña", dijo. Se inclinó lentamente y miró con atención a Saint y a Amanda.

"Caballeros", añadió socarronamente.

Amanda resopló tan bruscamente que Saint apretó un candado en su mano y lo aplastó.

Saint levantó la vista. "¿No podrían guardar silencio?".

"Vamos", le reprochó Amanda a Saint ligeramente. "No te oigo practicar tu eliksni, y él está haciendo todo lo posible para comunicarse".

Amanda volteó hacia el eliksni. "Cometiste algunos errores, pero hablas muy bien nuestro idioma", le dijo.

"Gracias", respondió el eliksni, emocionado por hablar más. "¿Todos los humanos de aquí sirven a Arañakell?".

"¿Servir a la Araña?" escupió Amanda. "La Araña no es más que un…" y las cinco enérgicas palabras que siguieron estuvieron cargadas de consonantes oclusivas.

El eliksni se quedó helado, inquieto por su tono, aunque no entendía sus palabras.

Amanda se recompuso y tomó aire "… lo que es nuestra forma de decir que es un individuo amable y generoso", le dijo al eliksni, quien asintió con ella.

"Este candado se estropeó por las distracciones", dijo Saint mientras se ponía en pie. Quitó la tapa y miró dentro, luego levantó una bobina suelta de tubos de goma.

"Enchufes de Sirvientes, filtros, circuladores de éter…". El titán hizo un ruido confuso.

"¿Pasa algo?", preguntó Amanda.

"Para nada", murmuró Saint mientras recogía un pequeño cilindro dorado que arrastraba cuerdas de zafiro trenzadas. "Solo que este respirador vale más que toda mi nave".

Amanda se acercó a Saint y vio por sí misma. Reconoció algunos artículos de supervivencia necesarios: placas cerámicas prefabricadas condensadas, destiladores de vapor, acoplamientos para generadores… pero entre los tubos y filtros, había tesoros de otro mundo: una esfera de nanomalla repleta de un espeso líquido rosa. Un divisor de conductos cromado con revestimiento entrópico. Un reluciente ópalo que brillaba en un nido de delicadas esponjas de color lavanda.

"¿A qué demonios está jugando la Araña?", se dijo Amanda. Llamó al eliksni: "¿Todos son así?".

"Sí. Cada uno está muy lleno. Lleno de tesoros de nuestra cultura. De nuestra casa. Estamos muy gracias". Ladeó la cabeza y chasqueó. "¿Muy agradecidos?".

Amanda asintió. "Déjame ver ese inventario", dijo y tomó los papeles del eliksni. Este obedeció y se reunió con los demás trabajadores.

"Seguirán necesitando muchos de nuestros recursos para quedarse aquí", dijo Saint mientras volvía a cerrar cuidadosamente la caja, "pero esto facilitará todo. Me sorprende que la Araña sea tan generoso, incluso con su propia gente".

Amanda frunció el ceño ante el inventario. "Esto no tiene sentido", dijo. "Hay una nota en la parte superior: 'No sé qué son la mitad de estos cachivaches, pero tienen que ser buenos si la Araña los tiene'. Está todo escrito a mano, y nada está cuantificado".

Saint miró los papeles por encima del hombro de Amanda. "Las cajas vinieron del almacén de la Araña", dijo. "Si él no las envió, ¿quién lo hizo?".

"¡Mira este listado!", continuó Amanda. "Este artículo dice 'los mejores filtros de ósmosis (escondidos en su cajón de abajo)'. Este artículo es solo una fila de signos de interrogación. Aquí hay uno listado como 'una especie de reloj'. Esta línea dice 'cubo ruidoso: huele mal, pero a todo el mundo le gusta'. ¿Y qué demonios es esta firma?".

Amanda entrecerró los ojos al ver la forma garabateada en la parte inferior del formulario. "¿Es una… nave?", trató de adivinar, y le dio el papel a Saint.

El titán volteó mientras miraba el dibujo. "¡Ajá!", gritó, y golpeó el papel con el dorso de la mano. "¡Mira, es un ave!".

Amanda volvió a mirar las líneas irregulares de carbón y apenas pudo distinguir un ave negra medio temblorosa. Dejó escapar un largo suspiro y sacudió la cabeza. "Un artista terrible", dijo, "pero supongo que es un buen tipo". Y de repente, sonrió.

IV - Conspiradores[]

Arac Jalaal amusgó los ojos con impaciencia mientras el responsable de logística de la Órbita Muerta se esforzaba para contar de manera satisfactoria los alijos de suministros de la facción. El par rondó el inmenso hangar durante una hora mientras una enorme nave era cargada detrás.

Jalaal consideró las desapariciones celestiales y la usurpación de la Flota Negra como indicios claros para iniciar cuanto antes el éxodo final de la Órbita Muerta. Ordenó intensificar las preparaciones de salida, pero notó que a los miembros de la facción se les dificultaba seguir el ritmo.

Jalaal interrumpió la presentación trastabillada de su subordinado. "Esto no es suficiente. La Tierra pronto quedará atrás y la Órbita Muerta tendrá que sobrevivir de los suministros que proveamos". Su tono leve y sus ojos entrecerrados recalcaban la gravedad de sus palabras. "Suministros que estás a cargo de contabilizar. Lo entiendes, ¿verdad?".

La cara del administrador se ruborizó por completo. Inclinó la cabeza y se escabulló, y Jalaal ladeó la cabeza con molestia.

Detrás de él, una voz rasposa flotó por encima del laberinto de contenedores que se elevaban: "¿Ya te vas, tan pronto, Jalaal?".

Se dio vuelta y vio a Lakshmi-2 y al Ejecutor Hideo. La líder de la Secta Guerra Futura estaba de pie con las manos entrelazadas detrás de manera formal, mientras que el jefe de la Nueva Monarquía miraba distraído a los contenedores.

"Es una colección impresionante. No sabía que la Órbita Muerta estaba tan bien financiada", dijo Hideo señalando todos los contenedores.

Jalaal se encogió de hombros. "Es el trabajo de toda una vida, Hideo. Todo lo que necesitamos para que la especie humana se restablezca en otro lugar. Deberían acompañarnos".

"Estamos bien donde estamos, gracias", exclamó Lakshmi. "De hecho, es por eso que hemos venido".

Jalaal inclinó la cabeza y gesticuló hacia la salida del hangar. El trío salió sin prisa.

"Hideo y yo estamos preocupados por los líderes de la Vanguardia actuales", comenzó Lakshmi con cuidado.

Jalaal se permitió una risa taciturna. "Sí, escuché tus editoriales abiertas. Te estás volviendo toda una demagoga. No sabía que tuvieras sentimientos tan fuertes por los caídos".

"Si decir la verdad es provocación, así es", retrucó Lakshmi, más perspicaz de lo planeado. "Los caídos han sido un catalizador conveniente, pero eso no significa que estemos equivocados".

"Quizás no sobre la Vanguardia", respondió Jalaal, "pero la Secta está perdiendo miembros a raudales. Y dudo que los que les quedan a ustedes sean los mejores y más brillantes".

"Quienes deseen marcharse tienen la libertad de hacerlo", dijo Lakshmi con un vistazo mordaz hacia la nave de Órbita Muerta. "Nos fortaleceremos sin ellos".

"Zavala e Ikora no han sido efectivos desde que murió el Orador", intervino el Ejecutor Hideo. "La desaparición de los planetas los tomó por sorpresa. Permiten que los guardianes utilicen la Oscuridad. ¿Y ahora hicieron un trato con los cabal? Es demasiado".

"Debemos tener líderes cuyo punto de vista esté más alineado al de la gente", dijo Lakshmi.

"¿Y exactamente qué propones?", Jalaal detuvo al trío en la esquina de una ruta amplia, donde el retumbar de los cargueros interfería con su conversación.

"Saladino fue nuestra primera opción", agregó Hideo con una mueca mal disimulada, "pero no es tan despiadado como parece ser. Por lo visto, el Señor de Hierro es débil frente al comandante Zavala".

Lakshmi le lanzó una mirada a Hideo, como si hubiera hablado de más. "Ahora estamos considerando a Saint-14", dijo ella, trayendo la conversación directo al presente.

Jalaal levantó una ceja. "¿Quién más se comprometió con tu pequeño golpe?".

"Tenemos a alguien en una posición influyente. Alguien que puede asegurar una transferencia de poder ordenada", respondió Lakshmi.

"Esa persona tendría que ser realmente lista", dijo Jalaal con seriedad. "Por su bien. Ikora Rey es un objetivo que no se puede fallar".

El momento se alargó mientras Jalaal ponderaba la situación. Ya había considerado hace tiempo lo que significaría un cambio de líderes para la Órbita Muerta, para el reasentamiento y para la supervivencia de la especie humana. Y, como siempre, el encanto del poder personal, una posición de eminencia en una sociedad moribunda, era una tentación constante.

V - SABOTAJE[]

Dos docenas de humanos, sus rostros mayormente cubiertos con máscaras improvisadas, se infiltraron en el distrito Botza al abrigo de la oscuridad. Algunos portaban armas, aunque la mayoría llevaba herramientas de trabajo diario como palancas y llaves de ajuste.

Planeaban entrar al distrito eliksni y encontrar evidencia de agresión. Si eso fallaba, mandarían un mensaje claro de que la Casa de la Luz no era bienvenida en la Última Ciudad. Los cuchillos rasgaron los estandartes. Los vapores nocivos llenaron el aire. Las latas de pintura resonaron. El zumbido de la maquinaria a su alrededor enmascaró el ruido de su labor mientras sonaban sus voces ásperas y conspiratorias.

"Creo que esta es su comida", susurró una joven mujer a su compañero mientras miraba con cautela sobre su hombro. No vio a nadie mientras se agachaban detrás de un gran tanque de éter, pero supuso que los eliksni estaban reunidos en algún edificio cercano. ¿Siquiera duermen?

"Ven, ayúdame con esto", dijo su compañero señalando a lo que suponía que era un panel de control.

Entre los dos sacaron el panel frontal. Debajo había un enredo de cables. Se miraron por un momento y comenzaron a arrancarlos, con las manos temblando y sintiendo la circulación de su sangre en los oídos.

Un silbido bajo como la llamada de un ave revoloteó por el aire nocturno. Cuando alzaron la mirada, un cazador se encontraba a unos pasos de distancia con el rostro ensombrecido por un almete. Sostenía un cañón de mano a nivel de la cadera y apuntaba directamente hacia ellos.

Sus cómplices, atraídos por el ruido, se reunieron en la periferia y calcularon mentalmente sus posibilidades. A ninguno le gustó la situación en la que se encontraba. Incluso los que vinieron armados esperaban enfrentarse a los caídos, no a un guardián.

El cazador les dijo casi susurrando: "No quiero problemas".

La mujer se quedó inmóvil mientras el joven a su lado se dirigía hacia el cazador, con el mentón firme. "¡No!", dijo entre dientes su compañera. "¿Estás loco?". Lo tomó del brazo para arrastrarlo detrás del tanque de éter arruinado, pero él logró soltarse.

El joven caminó lentamente hacia el cazador. "Estás del lado equivocado", comenzó.

El cazador tiró del percutor de su cañón de mano y este hizo un clic.

"No creo que lo esté", respondió.

Sin deseos de probar el temple del cazador, el joven habló sin girar la cabeza. "Vámonos".

El cazador entrecerró los ojos. Observó al joven escabullirse a su lado y escupirle los pies. Algo antiguo y terrible emergió en el interior del cazador; necesitó de toda su concentración para no mover su mano.

Los conspiradores se alejaron de sus escondites, uno por uno, y desaparecieron en la oscuridad. Algunos lanzaron insultos entre dientes al cazador, aunque ninguno se atrevió a mirarlo.

Unos minutos después, la calle estaba desierta a excepción del cazador, quien se quedó solo allí hasta que su espectro apareció sobre su hombro.

Este exclamó con preocupación. "No les habrías disparado, ¿verdad?".

El cazador dudó mientras sostenía su arma. "Tenían que saber que iba en serio, Glint".

"Pero no era así", insistió su espectro. Sin decir nada, el cazador empezó a abrirse camino a través de la destrucción. Pronto alguien sonaría la alarma, no quería estar ahí cuando lo hicieran.

"Dime que no lo dijiste en serio", dijo su espectro de nuevo, rezagado, "¿o sí lo hiciste?".

VI - ENTENDIMIENTO[]

Ikora Rey entró al cuartel general de la Secta Guerra Futura. Parecía una iglesia, silenciosa y reverente, pero la apariencia de santidad se deshacía por la presencia de tecnología vex. Los cables se trepaban como enredaderas por el techo, y el ambiente estaba inundado con el leve olor del ozono. En el medio de la sala, reclinada en un asiento que evocaba tanto a un trono como a una mesa de operaciones, estaba Lakshmi-2. Su rostro estaba oscurecido por un casco conectado al enredo de cables que estaba encima.

Algunos sectarios estudiosos se desplazaron por el lugar con la cabeza inclinada y mirando con recelo a Ikora. Cuando la hechicera avanzó, un sectario levantó un dedo para ordenar silencio y paciencia. Ikora entrecerró los ojos. El sectario susurró a un pequeño micrófono a lado del dispositivo. Su zumbido casi inaudible había sido discreto, pero una vez que se apagó, Ikora se sintió abrumada por el silencio.

Lakshmi se sentó en reposo, probablemente ubicándose en la línea temporal actual. "Déjennos", dijo sin abrir los ojos. "Continuaremos a las 14:25". Sus subordinados dejaron la sala ignorando a Ikora como si fuera invisible.

Lakshmi finalmente abrió los ojos y los fijó en la hechicera. "Supongo que estás aquí para negociar".

"No es así". El tono de Ikora era calmo y frío. "Estoy aquí para darte una advertencia".

"¿Una advertencia?", rio Lakshmi con voz suave.

"Si tenemos más incidentes a causa de tu provocación, yo misma encontraré una luna helada y remota en la cual dejarte".

Lakshmi chasqueó la lengua. "Solo las mentes pequeñas clasifican las profecías como provocaciones". Se puso de pie y alisó su ropa.

"La certidumbre ante lo desconocido es propia de los fanáticos". Ikora miró el dispositivo. "Y de los dementes. Esto no es un debate".

"E incluso así, aquí estás presente. Ven, Ikora, no has visto lo que tengo". Lakshmi señaló hacia el dispositivo. "El distrito Botza está bajo ataque por segunda vez. Saint-14 se ve atrapado entre los disparos. "Y tú…", musitó, "pides auxilio por los canales de comunicación".

"¿Cuántas profecías tuyas terminaron siendo falsas, Lakshmi?", exclamó Ikora con impaciencia. "Ojalá pudieras escucharte, y al miedo que se percibe en tus palabras".

"Recibiste las enseñanzas de Osiris durante muchos años, pero sigues siendo igual de ingenua", replicó Lakshmi.

Ikora se enfureció y se acercó a la líder de la Secta. "Si sigues con tus estupideces, sufrirás las consecuencias. ¿Entendido?".

Sin inmutarse, los ojos artificiales de Lakshmi brillaron. "Entendido".

Ikora retrocedió y lanzó un suspiro para aliviar su furia. "Ya no hay nada más que decir". Se dio vuelta sobre los talones y se marchó.

A medida que se alejaba, Ikora se preguntaba cuál profecía acababa de hacer cumplir… si la de Lakshmi o la suya.

VII: Madurez[]

Camino por la Ciudad con las piernas rotas. Llamo la atención, pero la gente de aquí me concede muchas facilidades.

Elegí bien esta forma.

Me balanceo y me agarro a un muro de piedra bajo. Me preparo antes de lo previsto, pero aún debo aprender el siguiente paso. Miro hacia el falso crepúsculo que he colgado, pero aún no está terminado.

Tengo miedo, pero es emocionante participar en algo nuevo después de todo este tiempo, algo desconocido. Cierro los ojos con fuerza para que no se salgan de sus cuencas.

La sensación pasa. Abro los ojos y busco los rostros de las personas que me rodean en busca de familiaridad. No era mi intención. Me retuerzo por dentro del asco.

Cuando me contactaron por primera vez, les respondí con una burla mordaz, y se abrieron a mí con una inocencia estúpida y desnuda. Sentí mareos. Mis dedos rastrillaron sus mentes. Forcé mi voluntad a través de ellos usando solo palabras sin ninguna oposición. Su ingenuidad era indescriptible, y me deleité hasta que mis ojos se llenaron de lágrimas negras.

Ahora los contacto tan a menudo como ellos, y cuando ellos responden, les doy las gracias.

Hablo con ellos. Busco que estén conmigo. Su compañía.

Esto no es lástima, sé lo que es la lástima. ¿Qué es esto?

Me arrodillo, abro la boca y vomito. El fino líquido negro se convierte en vapor y desaparece.

Aprieto la masa negra y desgarbada que amenaza con desenrollarse con imprudencia desde el interior de esta carcasa de carne. Mis nuevos brazos son demasiado delgados, demasiado débiles. Mi nuevo caparazón aún está atado con una mucosidad espesa. Todavía no, me digo.

Un momento de oscuridad, y luego…

Un hombre pone sus manos sobre mí, sobre mis hombros, sobre mi espalda. Me pregunta si me enfermé y ve mis ojos achinados, mis dientes negros de madurez, y se prepara para gritar.

Dejo que se quede con su mente. Empujo la respiración hacia arriba y a través de mi boca arruinada y digo una simple mentira.

Se detiene, sonríe, ríe. Mueve la cabeza. Me señala con un dedo a modo de advertencia burlona antes de alejarse.

Me trago el gordo bocado de su ignorancia y me da fuerzas para ponerme de pie una vez más, cubrirme el rostro y reanudar mi marcha. Siento cómo esta forma se resquebraja bajo sus envolturas, unida débilmente por húmedas hebras de tendones. Y desde lo más profundo de mi interior, agitado por ese último trozo de engaño, oigo el gruñido aceitoso del gusano.

Incluso aquí, hilvanado en un engaño tan amplio como rico, el gusano llora vorazmente. Se ha vuelto grotesco, la piel tensa, sobrealimentado, y aun así aúlla por más. Me ordena que lo mantenga vivo.

Miro hacia arriba, más allá de la parpadeante red de oscuridad, y veo lo que descansa justo al otro lado. Y espera por mí.

El gusano ruge.

VIII - CUCHILLOS DORADOS[]

Dicen que el paseo marítimo del distrito centro nunca se detiene. En tiempos de celebración, los desfiles que se organizaban tenían como propósito exaltar las virtudes de los guardianes y que los habitantes de la Ciudad pudiesen ver los rostros de quienes eran sus defensores distantes. Verlos vacíos era algo que no ocurría desde la Guerra Roja.

El Ejecutor Hideo de la Nueva Monarquía y Lakshmi-2 de la Secta Guerra Futura caminaban mientras observaban los comercios de la Ciudad, y las luces de neón parpadeaban a medida que avanzaban. Pero no había vendedores ni dueños a la vista. Hideo miró por encima de su hombro hacia los cuatro oficiales de seguridad de la Secta Guerra Futura que iban detrás de ellos a una distancia considerable.

"¿Recuerdas la última vez que esta calle estuvo así de vacía?", preguntó.

"Sí", dijo Lakshmi con cierto pesar. "También me llamaron tonta en aquel entonces". No hizo nada por ocultar el desdén en su voz. "No dejamos de cometer errores, Hideo. Andamos una y otra vez sobre nuestra propia desesperación".

Antes de que pudiese formular una respuesta, Hideo avistó la razón por la que habían tomado aquel paseo por la Noche Eterna: un behemot colosal, cubierto de cromo y ropajes lavanda, estaba inclinado en una plaza abandonada.

Saint-14 estaba concentrado en las aves a sus pies. Lanzó un puñado de semillas al piso mientras les susurraba a las palomas. "No eligieron una buena noche para salir a caminar", comentó, mientras Hideo y Lakshmi se acercaban. "¿Quieren que los escolte de vuelta a la Torre?".

Hideo sacudió su cabeza. "No, Saint. Fuimos a buscarte al hangar, pero Holliday nos dijo que vendrías aquí a…", observó a las aves, "reflexionar".

"Las aves son sencillas, además de buenas conversadoras. Me permiten pensar", dijo Saint con una sonrisa en su voz. "¿Cómo puedo ayudar?".

"Recientemente, el Consenso ha tenido problemas con algunas de las decisiones de la Vanguardia en lo que respecta a la seguridad de la Ciudad. Queremos que que participes en ese debate", dijo Lakshmi.

"¿Pero no Arac Jalaal?", preguntó Saint. Ni Hideo ni Lakshmi esperaban una pregunta tan sagaz y profunda.

"No", confirmó Hideo.

Lakshmi manipuló la respuesta de Hideo como el agua lo hace al rodear una piedra. "Queremos asegurarnos de que los intereses de la Ciudad sean lo principal para la Vanguardia".

Saint fijó el visor de su casco sobre Lakshmi. "Los eliksni". Era una afirmación, no una pregunta.

"La Vanguardia es una fuerza militar y el Consenso no duda de su compromiso por defender la Ciudad más allá de sus fronteras". Lakshmi estructuró sus palabras. "Sin embargo, dudamos que un grupo militar sea la mejor opción de gobierno para la Ciudad dentro de sus muros".

Saint enderezó sus hombros como si se enfrentara a un desafío y miró el punto intermedio entre Hideo y Lakshmi. Su estoicismo le revolvió el estómago a Hideo.

"Queremos proponer una reconfiguración de la línea de mando de la Ciudad. Que la Vanguardia se haga cargo de todo lo que suceda fuera de los muros…", dijo Hideo señalando las montañas, "y designar un líder para el interior de la Ciudad", y señaló a Saint.

"Es un mal plan", dijo Saint sin intención de ofuscarlo.

"Seguro entiendes que las decisiones estratégicas en un campo de batalla no siempre se aplican en el ámbito civil", replicó Hideo. "Además, la Vanguardia está demasiado dispersa. No tienen lo necesario para ser los líderes que se necesitan".

Saint lo interrumpió. "Entonces, ¿por qué vienen a mí? No soy un político".

"Pero eres un líder", replicó Lakshmi mientras ponía una mano sobre su pecho. "Eres un héroe, un símbolo para las personas".

Saint respiró profundamente y guardó silencio.

"Puede que no sea la mejor decisión debido a tus sentimientos hacia el comandante Zavala e Ikora. El cambio no siempre es agradable, pero sé que no eres de los que ignoran su sentido del deber".

Saint observó sus pies, a las palomas y las semillas. "Debo hablar con Osiris", afirmó.

Lakshmi miró a Hideo y asintió. "Dale nuestros saludos a tu compañero".

"Lo haré", dijo Saint con firmeza. Lanzó las últimas semillas que le quedaban a las aves y se alejó de la plaza.

Hideo y Lakshmi aguardaron bajo la mirada atenta del Viajero hasta que Saint se fue.

"Si habla con Zavala o Ikora…", dijo Hideo entre dientes.

"Osiris impedirá que haga algo tan estúpido", dijo Lakshmi. La serenidad de su voz había desaparecido. "Y si comete la imprudencia de rehusar nuestra oferta como lo hizo Saladino…".

A Hideo se volvió a revolver el estómago.

IX - PREDICCIÓN[]

En los días posteriores a la derrota de Quria, el cielo y los ánimos en la Ciudad se aclaraban a medida que la Noche Eterna comenzaba a despejarse.

Lakshmi-2 estaba parada sobre los muros de la Ciudad mientras observaba a los audaces ciudadanos hablar con los eliksni. Centró su atención en un comerciante eliksni que poseía varios robots pequeños hechos de partes de chatarra. Un pequeño grupo de niños parecía interesado en aquellos robots que iban sin rumbo fijo, aunque les daba miedo acercarse. Lakshmi sabía que el comerciante vendería uno de los robots, pero nada de los desechos, por lo que terminaría desanimado.

"Un nuevo y esplendoroso día", pensó.

"Un nuevo y esplendoroso día", dijo una voz profunda. Lakshmi giró y vio al antiguo hechicero Osiris acercarse a ella.

"Elegiste unas palabras muy extrañas", respondió Lakshmi. "La Oscuridad está más cerca que nunca". Y, en la oscuridad, no siempre es fácil discernir entre amigos y enemigos. Recordó esta conversación de cuando estuvo en el dispositivo. Muchos de los posibles futuros que le mostró la llevaron a este momento. Osiris se hacía predecible.

"En efecto", dijo Osiris. "Y, en la oscuridad, no siempre es fácil discernir entre amigos y enemigos".

Lakshmi sonrió para sí misma. Aún estaban dentro de los parámetros de una desviación estándar. "Me sorprende oírte decir eso, Osiris. Por lo general, ves todo con una claridad poco común".

"Mi perspectiva cambió desde que perdí la Luz", dijo Osiris lentamente. "El tiempo es de pronto algo finito; todo se ve más… cambiante. Y, si mi percepción de las cosas puede cambiar, quizá también lo hagan mis enemigos".

"Los disparates de la mortalidad". Lakshmi hizo un gesto apuntando hacia abajo. "Esas personas jamás podrían entender el tiempo como lo hacemos nosotros, Osiris. Miraste detrás del velo. Viste a los vex expandirse sin control. Y entiendes que esa historia se puede alterar… pero no se puede evitar".

"Solía tener la certeza de eso", respondió. "Pero ahora me pregunto: si la historia es inevitable, ¿por qué me sorprendo constantemente?".

Lakshmi se rio. Ese comentario ya lo había escuchado antes, pero su premonición no había expresado adecuadamente la necedad de Osiris.

"¿Y tú qué crees, Osiris? ¿Este nuevo y esplendoroso día durará?". Señaló al asentamiento eliksni. "¿Es nuestro destino compartir la Luz con los caídos?".

"Como si lo supieras", pensó. "Ya no te involucras con las predicciones".

"Perdí la fe en las predicciones, Lakshmi. Ahora pongo mi destino en manos del Viajero más que nunca". La miró de reojo, como siempre. "¿Qué piensas? ¿Este es un nuevo amanecer?".

Lakshmi recordó la visión que había buscado con tanta vehemencia dentro del dispositivo. Era el momento cumbre de justa victoria sobre los eliksni, histórica y predeterminada al mismo tiempo. El trabajo de toda su vida se arrastraba minuto a minuto desde el futuro hacia el presente.

"No", respondió. "Es solo el destello de un relámpago previo a la tormenta".

X - CONMEMORACIÓN[]

El aire sobre el muro era escaso, Lakshmi tenía razón sobre eso.

Mithrax observaba en silencio el monumento sobre la explanada principal. Se apoyó contra una barandilla de acero mientras miraba a los guardianes y a los ciudadanos moverse junto a los eliksni.

Una escoria se acercó al monumento y le indicó a su hijo que se colocara entre los dolientes. Un suave empujón lo lanzó hacia delante, y colocó amablemente un cascarón dorado en la base del monumento. La soldadura de oro selló un sinfín de fracturas e hizo que el huevo roto viera a la normalidad. A Mithrax se le hizo un nudo en la garganta al contemplarlo. Era un monumento en nombre de un niño. Uno perdido.

La pasarela detrás de Mithrax crujió y la gran silueta de Saint-14 se veía claramente contra el cielo despejado. Hombro a hombro, se mantuvieron uno al lado del otro, pero ninguno habló.

Observaron a Ikora y Zavala conversar con los dolientes. La escoria y su hijo se acercaron y, con una sonrisa agridulce, Ikora se aseguró de presentárselos a Zavala. El enorme, testarudo y estoico Zavala se arrodilló y habló con el niño cara a cara.

"Jamás pensé que vería este día", dijo por fin Saint, incapaz de alejar la mirada.

Mithrax respondió, no con palabras, sino con un sonido similar a un ronroneo e imitó la postura de Saint.

"¿Crees que esto durará? ¿Una alianza tan frágil como el cristal en un puño cerrado?", preguntó Saint.

"Solo la Gran Máquina sabe lo que nos espera en el horizonte. Debemos estar conformes con nuestra perspectiva limitada", dijo Mithrax con convicción.

Saint asintió. Debajo, Amanda Holliday llamó su atención al arrodillarse ante el monumento y encender una vela. Se puso de pie y retrocedió un poco. Mithrax y Saint la observaron en silencio. Se paró en las puntas de los pies y comenzó a otear la multitud, como si buscara a alguien.

Se abrió paso a ligeros empujones entre la horda de personas e intentó hablarle a otra doliente vestida con una capucha blanca. Ambas retrocedieron con sorpresa y Amanda parecía estar disculpándose con la mujer encapuchada. Intercambiaron algunas palabras y risas incómodas. Sin embargo, cuando Amanda vio a Lord Saladino, se despidió y desapareció entre la multitud.

Los dolientes se separaron alrededor del Señor de Hierro. Respetaron su espacio y reputación mientras este depositaba un puñado de cáscaras en señal de reverencia. El significado de estas ofrendas era desconocido para Mithrax.

Cuando Saladino se levantó del monumento, se dio vuelta y miro al par que lo veía. Su rostro expresó dudas, remordimiento e incertidumbre, y se retiró.

"A ese no lo conozco", dijo Mithrax mientras miraba a Saint. "Parece… descontento".

Saint sacudió lentamente su cabeza. "Lord Saladino", aclaró. "Perdió a muchos. Perdió su corazón y su esperanza. Perdió a muchas personas y cree que está solo, incluso si está rodeado de otros. Entiendo su dolor. Veo…", Saint piensa sobre cómo Osiris lo describiría, "su historia con moraleja".

Mithrax oyó el dolor en la voz de Saint. "¿Y tú, cómo estás?".

La pregunta incomodó a Saint. La barandilla en su mano crujió cuando la apretó y dobló el metal. "Estoy bien", mintió.

"En efecto", dijo Mithrax esforzándose por sonar sarcástico y luego colocó su mano sobre el hombro de Saint. "No está mal que los guerreros sientan dolor, ni que expresen sus heridas espirituales". Mithrax tomó con fuerza el hombro de Saint para darle seguridad. "No está mal que un guerrero se quiebre".

Saint asintió con timidez. "Debo irme", dijo en un tono que Mithrax no entendió del todo. "Gracias, kell de kells. Eres un amigo verdadero".

"Cuídate, Saint", dijo Mithrax con preocupación. "Encuentra a tu fénix perdido".

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