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Actos de compasión

Actos de compasión es un Libro de Historia introducido en la Temporada de los Renacidos. Las entradas se desbloquean completando triunfos de los Campos de Batalla Operaciones Psiónicas al derrotar Acumuladores de Luz.

I - Afluentes violentos[]

Saladino despierta. Aunque no estaba dormido. Hacía algo menos apacible.

¿Estaba muerto? No. Todavía no. ¿Su conciencia estaba ausente… por cuánto tiempo?

Se mueve para pararse. Sus pies se desplazan sin fricción. No hay suelo debajo de él. Está cayendo… no. Flotando. En un mar de niebla verde circundante se balancean agujas de pino. Los rayos del sol se sumergen a través del dosel y lo envuelven. Su cabeza se pierde en el movimiento de las plantas.

Una sensación intermitente hace hormiguear la piel debajo de su armadura deslustrada. Saladino intenta reflexivamente levantar su mano no dominante para convocar a Isirah. Siente entumecimiento. Debió recibir un golpe. Hace circular aire por sus pulmones y separa su instinto de su razón. Se tuerce para ver la herida. Los nervios se disparan por su cuello. Pánico… no. No hay necesidad. Puede soportar el dolor. La realidad se aclara.

El Señor de Hierro cuelga de una rama de 10 centímetros de espesor que atraviesa su hombro de atrás hacia adelante. ¿De qué le sirvió su maldita armadura? Saladino observa un espeso flujo de sangre que recorre su brazo y se divide en afluentes antes de reunirse en la punta de sus dedos. Las gotas se encharcan a unos 60 metros abajo, en el suelo, y ahí se desvanecen cuando las absorbe el suelo. Junto al charco yace un lanzacohetes astillado forjado a partir de un mortero recuperado que cayó mientras estaba inconsciente. Saladino se dobla contra el hacha atada a su placa posterior; la madera aprieta contra la clavícula del lado que cuelga. Hace muecas mientras levanta su cabeza y mira hacia el acantilado que se cierne sobre él.

El humo se eleva desde una media luna enardecida que un impacto directo formó en el borde del acantilado, una cicatriz reciente que dejó un proyectil de artillería destinado al todoterreno de Saladino. Invasores, piensa. Una emboscada. Conecta el incidente con su significado: alguien busca dar un ejemplo con un Señor que se atrevió a aventurarse más allá de su territorio. Radegast le había advertido de los matones Renacidos que huían a los bosques lejanos para escapar de los Señores de Hierro. Le había contado a Saladino sobre su hostilidad. Sobre su anarquía. Saladino los domaría.

El reflejo de unos binoculares sobre el ardiente acantilado llama su atención; alguien ve hacia abajo en su dirección. De un lado a otro de las rocas resuenan voces desconocidas. Una silueta grita y otras se unen a ella. Mientras lo aflige una tos seca, Saladino cuenta media docena de enemigos. Los dedos le duelen por el frío y siente un dolor punzante en los pulmones, como si estuvieran cubiertos de escarcha. Exhala con dificultad. Por un momento, Saladino imagina a Lady Jolder surgir de las nubes con una risa explosiva. Imagina que, sin dudarlo, destruye el acantilado con una jabalina colosal de relámpagos de arco. Estos hombres sin nombre mueren y ella sigue riendo hasta que Saladino se une. Su casi fracaso se convierte en una historia vergonzosa que se cuenta adornada frente a una fogata, hasta que otra toma su lugar y queda en el olvido. Pierde lucidez y, en este momento, casi respira la ceniza. Siente el olor tormentoso de la noche. Siente el calor del fuego y de sus amigos. Es tan real como los recuerdos desgastados y embellecidos con la edad.

La luz se condensa en los dedos de Saladino. A través de la corteza se forman líneas de arco bifurcadas cuando agarra la rama que atraviesa su hombro. Se curva hacia arriba desde su pecho; es mejor romperla, piensa. Sus dedos indagan y queman la pulpa. Pellizcan y tuercen. La madera se rompe y se divide en el momento en el que una bala atraviesa las ramas de pino detrás de él. Luego otra, más cerca esta vez, mientras el sonido del fuego del fusil resuena por el frente del acantilado. Saladino enfoca su Luz en el borde de su palma y corta la rama astillada, lo que lo deja colgando de un trozo de madera. Respira con dificultad y balancea una de sus adormecidas piernas hacia atrás, usa su bota para apoyar su peso contra la madera y aparta su hueso de la rama. Su armadura ahora está manchada de sangre y puede sentir una fractura en el hueso. Es un dolor que puede soportar. Lo recita como mantra. El salto al suelo sería peligroso. Saladino se prepara para empujarse y saltar.

Una bala golpea su torso blindado y saca el aire de sus pulmones. Su pie se resbala y patea violentamente. Su peso se desplaza en la rama rota, su cuello se atora y abre fisuras en su hueso fracturado. Saladino ruge sobre los disparos y agarra su hombro.

"¡Isirah! Bájame de esta rama", gruñe.

Su espectro se materializa ante él. "Te enseñé a no depender de mí", le reprocha Isirah. Ella se esconde detrás de Saladino. "Aún no estás muerto. Puedes lograrlo".

Saladino se esfuerza por recuperar su punto de apoyo. Levanta la cabeza y jadea mientras sus pulmones se expanden. Varias figuras arriba se congregan alrededor de un gran objeto, una mancha metálica que reconoce: un cañón antiaéreo.

"Me rindo", ríe Saladino débilmente.

"¿Qué harías si yo no estuviera aquí, Forge? ¿Si me hubieran matado?", su espectro golpea la parte posterior de su cabeza con un perdigón de Luz. "Solo quedan tú y tu Luz. Lo poco que te resta".

Él y su Luz contra un arma de guerra. Pero ellos solo eran hombres; él, un demonio de fuego.

Saladino evoca el fuego de estrellas menguante de sus huesos: los últimos vestigios de su voluntad, quemados como ofrenda a la Luz. La llama se mueve, irradia a través de su carne, se arremolina en las aberturas de su armadura y se mueve para consumir la rama. La savia sangra de la madera a su alrededor en forma de burbujas sibilantes. Las llamas se apoderan de la rama y se unen a las que salen de la armadura del Señor de Hierro. La ceniza se alza en el agitado viento anabático. Se libera con un sonido y desciende en caída libre.

Las ramas se revientan contra sus piernas mientras toma velocidad. Saladino busca el hacha en su espalda con su mano dominante. Mientras los dedos encuentran la empuñadura, la Luz solar rodea el arma. Balancea el hacha con su correa y hunde la hoja en llamas en el árbol, lo que ralentiza su descenso y talla una estela de brasas chispeantes hacia el suelo del bosque. La fuerza del movimiento está cerca de desgarrar su cuerpo. Se sostiene hasta que ya no puede más, se desploma los últimos 10 metros como un escombro en el lecho de roca y produce un ruido sordo.

Cuando vuelve en sí, los vapores de su sangre emanan del suelo carbonizado a su alrededor. Arriba, las copas de los árboles explotan por la detonación de unos proyectiles de artillería. La fragmentación silba por el aire e inunda el bosque con pedazos de metal. Saladino patea el tronco a sus pies y envuelve su lanzacohetes con su cuerpo destrozado. Sus músculos están por separarse mientras levanta el lanzacohetes hasta su hombro. Saladino aúlla. Es el desafío final de una bestia herida. Presiona el lanzacohetes roto con su antebrazo y suelda el metal con calor solar antes de tratar de encontrar el gatillo. Otro proyectil estalla; las densas copas de los pinos se abren momentáneamente por la onda expansiva. Saladino ve una línea despejada a la cresta, apunta y aprieta. Observa el cohete volar mientras las esquirlas de hierro marcan líneas en su rostro.

II - Despertar[]

La hierba ardiente llena las fosas nasales de Saladino como sales aromáticas. Se mueve en el abismo y cobra una nueva vida. Está de espaldas contra un pino ardiente e imponente que se derrite por el calor. Saladino parpadea para enfocar y ver el cráter en el acantilado donde su cohete impactó. Bien, piensa mientras recoge fragmentos de metal de su placa. Isirah se hunde en el humo de arriba y levita delante de su rostro. Aún hay Luz que recorre su armazón.

"Hola de nuevo. Perdiste", dice Isirah con una voz tan suave como escarcha.

"Fue un empate". Saladino se pone de pie y balbucea con un talismán colgado de su cuello. Mete la insignia de hierro estampada en el gorjal de su armadura. "Están muertos, ¿no es así?".

"Hay un millón de invasores y tú", dijo de golpe Isirah. Se desplaza ante sus ojos. "Un empate es una pérdida. Tenemos que hacer algo mejor que eso".

"¿Tenemos?", Saladino entrecierra los ojos y arranca su hacha del tronco quemado para lanzarla.

"Arregla lo que rompes". Isirah le había impartido esta lección muchas veces. "Debiste abrir fuego en el camino sin dudarlo. Te advertí que eran carnada".

"¿Cuánto más vas a vanagloriarte por esa predicción?", protesta Saladino.

La carcasa de Isirah se aprieta como una víbora enrollada. "¿Tienes un plan a partir de ahora?".

"Continuar revisando el este. El código de transmisión podrá haber sido de la Edad de Oro, pero la señal era débil cuando la captamos. No puede estar lejos. Nuestra patrulla puede esperar hasta que aclaremos esto".

"Buena observación. Estoy de acuerdo", dice el espectro bruscamente y flota delante de él.

Saladino mira el pino ardiente y desabrocha su guante. Bajo sus uñas quedan hilos de cuero rojizo cuando se quita el guante y presiona la corteza con su mano. Es posible que este árbol hubiera estado de pie durante siglos; sus raíces estaban enterradas profundamente en el suelo y sus ramas se abrían paso por el gran bosque. Así había muchos otros árboles. Todos tenían su propio espacio. Era una timidez noble compartida por las cosas viejas. Alguien nacido en este bosque podría asumir que este árbol siempre había existido.

Siente el calor que irradia el duramen tostado arriba; la luz aún crepita en la madera partida hecha brasas. Su Luz. Si se deja así, destruiría este viejo pino consumiéndolo de adentro hacia afuera. Saladino ancla la Luz a su núcleo y le ordena que regrese para apagar el fuego. El árbol sanará y la herida de hoy se desvanecerá. Este surco marca un punto de lucha superado y, con el tiempo suficiente, se desvanecerá por la familiaridad.

"Alguien viene", informa Isirah en voz baja.

"¿Trae armas?", susurra Saladino mientras desplaza su mano lentamente hacia el mango de su hacha.

Antes de que Isirah pueda responder, aparece un hombre delgado vestido con lino grueso. El terror cubre su rostro mientras su mirada cae sobre Saladino.

"No estoy armado", dice el hombre con un acento local marcado. Mira el equipo de Saladino. "¿Tú… eres el Señor de Hierro?". En el rostro del hombre se dibuja una expresión de sobrecogimiento.

Isirah se cruza entre él y Saladino. "¿No oíste las explosiones? ¿Qué les enseñan aquí?".

"Aquí pelean muchos perros callejeros". El hombre baja la mirada. "A veces quedan restos. Armas…".

"Como un buitre", dice Saladino con un tono acusatorio.

"¡No!". El hombre lanza sus manos al aire. "Otros roban al pueblo. Encontramos armas para defendernos".

"Ya veo". Saladino asiente.

"¿Tú o tu gente tienen una radio?", pregunta Isirah.

El hombre suelta una risa seca antes de darse cuenta de que el espectro habla en serio. "Ah. Eh, no".

"Entonces, esto es una pérdida de tiempo", le susurra Isirah a Saladino.

El hombre da un paso adelante. "Por favor, espera, busca compasión en tu corazón". Coloca una mano sobre su muslo y se arrodilla lentamente. "Los Señores de Hierro protegen a la gente. Ustedes matan a los monstruos". Sus ojos se mueven del hombre al espectro. "¿Quieres dinero?".

Saladino suspira. "No somos mercenarios".

"Entonces, ¿comida? Mejor que la que se puede encontrar aquí", dice, y ofrece una corteza de pan ennegrecida que saca de un saco de cordel. "¿Una armadura y ropa limpias? Mantas, agua limpia y… y buena compañía alrededor de una fogata cálida". El hombre asiente con entusiasmo.

Saladino toma la pequeña porción de pan rancio y la examina. Por el invierno y la radiación latente, aquí la comida confiable es escasa, lo que convierte cualquier robo en una ofensa grave. Él sabe que el hombre está mintiendo sobre sus recursos, pero solo por desesperación. Del tipo que lo trajo a toda velocidad a un lugar donde hubo una explosión. "¿Cómo te llamas?".

"¡Ah! Kepre. Me llamo Kepre".

"¿Dijiste que los han estado robando, Kepre?".

"Más de lo que podemos reemplazar. La última vez que vinieron ladrones, el pueblo perdió a Elmi", dice Kepre mientras contiene las lágrimas. "Moriremos de hambre si alguien no detiene a los ladrones".

"Muéstrame".

El hombre los conduce por un sendero ligeramente transitado marcado por estacas afiladas a mano que portan señales de carreteras desgastadas hasta ser ilegibles. Van hacia el sureste, hasta que el espeso de árboles se adelgaza y el olor del ganado y el trigo remplazan al de pino. Isirah y Saladino avanzan varios pasos atrás de Kepre al acercarse a un pequeño chiquero con una cerca y un camino que lo divide. Saladino nota que la cerca sirve más para evitar que los tres cerdos escapen que para mantener algo fuera. Rápidamente examina un puñado de viviendas de metal corrugado oxidado que sale del corral de cerdos y rodea una estructura de almacenamiento y una casa comunal mejor mantenidas. Al lado de la casa comunal se encuentra un humilde establo para una cabra que muerde las mangas de Saladino cuando pasa.

Los miembros de las familias que viven aquí se ponen de pie y miran fijamente a Saladino abrirse paso a través de la entrada fangosa con Isirah flotando cerca. Kepre presenta al dúo como salvadores. Las palabras se sienten ordinarias en los oídos de Saladino, pero él amablemente le da la mano a la gente y escucha sus historias para recabar evidencia y encontrar a los ladrones. Sus expresiones y los pobres regalos que ofrecen son propios de una naturaleza orgullosa. Del tipo que surge al empezar con nada y llegar a tener algo. Saladino no pudo evitar sonreír por su perseverancia.

"Sacaron a Elmi del establo", dice Kepre. "Asustaron a nuestra cabra. Mi hijo y yo los perseguimos, pero escaparon con ella y la mitad de las provisiones de carne seca". Se retuerce las manos.

"Elmi es un cerdo", dice Saladino.

Kepre asiente, con los ojos llenos de lágrimas. "La única cerda. Sin ella… sin ella nos moriremos de hambre".

Isirah se acerca a Saladino mientras efectúa un escaneo amplio desde su carcasa. "Forge, dudo que estén al tanto, pero esa transmisión de la Edad de Oro está recibiendo una señal de la casa comunal".

III - Trato[]

Saladino atraviesa la línea de árboles en la parte posterior de un acantilado colapsado. Detrás de él yace la amplitud del antiguo bosque, cuya sombra se difumina ante el amanecer. Él e Isirah habían caminado dos kilómetros desde el pueblo de Kepre para acercarse a la ubicación de un receptor de la Edad de Oro.

En la parte superior del acantilado, Saladino dirige su atención a una empinada cuenca hundida frente a él que se derrumbó sobre sí misma bajo la presión de una de las muchas invasiones a la Tierra. Una antena oxidada de una época pasada aún sobresale a través de los escombros en medio de marañas, restos y platos de transmisión arruinados. La antena porta letras impresas descoloridas: PUNTO PERIHELIONAL. En el centro, debajo de la antena, Saladino logró identificar una escotilla deslustrada.

"La señal en la casa comunal era un dispositivo de grabación", explica Isirah. "Su transmisión se recibió aquí".

"Así que el ladrón plantó un dispositivo de reconocimiento sin que los aldeanos lo supieran", concluye Saladino.

"Una forma inteligente de encontrar brechas", dice Isirah. "También detecto corriente eléctrica. Debe haber una célula de energía debajo de todos esos escombros. Podría caerle bien a la Cumbre de Felwinter", señala.

"No parece que sean invasores. No hay violencia en el pueblo, no hay reclamos territoriales… y, entre todas las posibilidades, eligieron robarse una cerda", dice Saladino. "Parece que es más bien un animal hambriento".

Isirah titubea. "Si un animal salvaje empieza a matar ganado, se sacrifica".

Saladino ríe. "Y los lobos salvajes sujetos a la misericordia se convierten en sabuesos leales, ¿no es así, Isirah?".

"A veces. Con el tiempo". Isirah suspira. "¿Quieres proteger a la gente de aquí? Dales a los Señores el poder de la tecnología que está ahí abajo. Impón orden antes de que un señor de la guerra tome el control. No persigas perros callejeros esperando dominarlos".

"Por suerte, podemos hacer las dos cosas". La boca de Saladino esboza una sonrisa, lo que es poco frecuente.

"No debemos depender de la suerte, Forge".

Una vez en la base de la antena, Saladino observa rastros de óxido limpiado en las bisagras de la escotilla. Examina los muchos lugares para ocultarse esparcidos por el campo de escombros a su alrededor, esperando una emboscada desde uno de ellos. Cuando nadie aparece, Saladino desdeña, como si estuviera ofendido, y gira la rueda de la escotilla hasta que suena fuerte y se abre.

Saladino retrocede cuando el olor pútrido inunda su nariz. Toma el hacha de su espalda y la enciende. La iluminación parpadeante dispersa sombras a través de la oscura escotilla. La habitación es de tamaño mediano y la mayoría de ella está enterrada bajo la naturaleza invasora. Parecen ser restos de una torre de control erigida para cerrar una brecha comunicacional. Las paredes interiores albergan una colección de frases en idiomas muertos. Él no entiende sus significados.

"¿Hay alguien?", pregunta.

"Los niveles de carbono indican que hubo un grupo de habitantes recientemente. Hay algo de descomposición, pero la interferencia eléctrica está alterando mis lecturas".

"Entonces, a la antigua", dice Saladino y se desliza por la abertura. Sus pies golpean el suelo bajo el peso de su armadura, seguidos por Isirah. Un movimiento repentino llama su atención. Se prepara para balancearse, cuando una silueta corre hacia él y chilla.

Saladino atrapa a la cerda a medio salto. Choca contra su mano. "Elmi", dice Saladino gruñendo. Mientras sostiene a la cerda que se retuerce, mueve el hacha encendida sobre la habitación y se detiene para examinar una esquina sombreada llena de basura apilada.

Isirah se acerca al mismo lugar y enciende su linterna, lo que revela un rostro, un hombro repugnante y un cañón de un arma semienterrado entre la basura.

"Buena cerda". Sin darse cuenta, una niña le apunta a bocajarro. Saladino frunce el ceño mientras ve a su oponente: una niña salvaje envuelta en pieles y manchas de tierra, de no más de catorce años.

"Te haré un agujero". Su inestable voz tiene dificultad para decir las sílabas que pronuncia rara vez. "¡No miento!". Los ojos tenues y el pelo enmarañado de la chica escuálida están llenos de un trauma persistente visible.

Saladino da un paso adelante y su enorme figura eclipsa a la niña salvaje. "No vas a matarme, niña".

"Tomaré tu demonio cuando estés muerto". La chica duda un momento antes de gritar: "Sé que da magia. ¡Entonces Jaxxen también tendrá miedo!". Sin duda, la experiencia la había ensordecido a la empatía. La moralidad era un lujo de una edad civilizada que no conocía.

Isirah se echó a reír detrás de Saladino. "Inténtalo".

La chica le apunta con el fusil a Isirah y dispara. Saladino deja caer a Elmi, en medio de chillidos, y detiene la bala en el aire con su mano antes de que impacte a su espectro. Saca la bala de la placa interior de su guantelete y el agujero de su palma mana sangre. "A quienes les robaste esto no tienen suficientes granos".

Ella sisea y trata apresuradamente de meter otra bala sucia en la cámara. Saladino se abalanza sobre la niña. Le quita el fusil de las manos y la levanta de la nuca. Ella lo mira directamente a los ojos y acepta el golpe mortal que viene.

"Ahora que estás escuchando…", Saladino le coloca los pies en el suelo. "Siéntate, niña".

Su expresión es una máscara apelmazada de fuga de supervivencia, el corazón de una liebre agitada. Él ya había sentido esa confusión consciente antes. Renacido en la nada, sin nada.

Saladino sabe que la pena por robo es la muerte, pero esa acción es definitiva. También conoce la fuerza del potencial, de la justicia más allá de la letra, de la compasión. Ella necesita algo de sentido para mantenerse en pie contra el bombardeo de la locura en que se había convertido el mundo.

"¿Cómo te llamas?".

"Solo mátame".

"No soy un señor de la guerra, niña". Saladino, el caballero, planta su hacha fundida firmemente en el suelo y la sangre de su mano se evapora al caer por el mango. "No te daré la muerte, te daré una forma de vivir".

Aun así, su mirada no abandona el hacha ardiente por un tiempo. Rechaza la comida que le ofrece, como si nadie le hubiera dado nada antes sin la intención de obtener mucho más a cambio.

"Última vez. ¿Cómo te llamas?".

"Fera".

"Si tenías hambre, estoy seguro de que el pueblo te habría acogido. El invierno se acerca y robar… ¿Qué tal si ocasionabas que ese pueblo muriera de hambre?".

La perdida mirada de la niña lo atraviesa. "Jaxxen dijo que le llevara regalos. Prometió devolverme a mi hermano".

Isirah cura la mano de Saladino con Luz. "¿Y lo hizo?", pregunta ella.

La expresión neutral de Fera flaquea. Saladino mira la pila de basura detrás de ella bajo la luz de Isirah. El cuerpo de un niño envuelto está enterrado bajo el montículo.

Coloca una mano en el hombro de la chica con suavidad. "Llévame con Jaxxen".

La caminata a la comuna del señor de la guerra se extiende por varios días al norte. Durante el viaje, Saladino enseña a la chica a atrapar conejos y cazar presas. Donde ve a un depredador infligiendo su voluntad, Saladino explica la misericordia de dar una muerte rápida. Le dice que el lobo no caza para sí mismo, sino para la manada. Solos no son más que canes sin pedigrí impulsados por el instinto y el hambre. Esa violencia se esparce. Es la promesa de estar en manada lo que los mantiene fieles. Es el orden lo que nos mantiene juntos.

Acampan en las afueras del refugio de Jaxxen. Saladino enrolla carne fibrosa en sus brillantes palmas y el olor de la liebre cocinada llena sus fosas nasales. Es una captura de la primera trampa de Fera, una recompensa que comparten en paz.

"¿Ves? Juntos, podemos proveernos el uno a el otro". Saladino le da a Fera una pierna cocida. "Así es como pasamos de sobrevivir a vivir. Comunidad, orden, leyes. Y así es como avanzamos".

"¿Qué son las leyes?", pregunta Fera con la boca llena de conejo.

"Son reglas. Promesas de cómo tratarnos unos a otros".

"Las promesas se rompen…", dice mientras traga.

"La gente como yo se asegura de que se mantengan. La gente como tú también podría". Saladino ve su confusión y continúa. "A veces, cuando los Señores no podemos permanecer para proteger un área, nombramos a un vasallo en nuestro lugar".

Fera lo mira con curiosidad.

"Alguien que vigile el bosque mientras no estoy. Alguien como tú que entienda por qué deben cumplirse las promesas". Saladino se quita una cadena del cuello. "Esto te convierte en miembro de nuestra manada, Fera. Un lobo. Y nosotros protegemos a los nuestros".

"¿Cómo?", pregunta mientras agarra el talismán firmemente y Saladino lo cuelga alrededor de su frágil cuello.

"Como tú, habrá otros que necesiten un lugar. Encuéntralos. Tráelos de vuelta a la aldea de la que robaste. Promete que se protegerán unos a otros. Esa es la forma".

Por la mañana, Fera lleva a Saladino al borde del campamento de Jaxxen, donde los bosques abren paso a rocas escarpadas y tierra seca. El Señor de Hierro le dice que espere su regreso en el campamento que habían levantado. Se adentra en el campamento de Jaxxen mientras los gritos de alarma avisan a los defensores. Fera retrocede a la línea de árboles, pero no se va.

**

Fera observa al Señor de Hierro desgarrar cuerpo tras cuerpo con una eficiencia brutal… es una bestia salvaje, sedienta de sangre. La joven devora cada imagen violenta del hacha que derrama sangre hirviente. Se deleita con la recepción vacía a los gritos de misericordia de la bestia. Sus enormes ojos se llenan de rayos, llamas y sangre. Es una pintura de equilibrio catártico. Aunque ella no conoce las palabras, es una justicia vengativa lo que se arraiga en ella. La bestia es el castigo de Jaxxen por sus fechorías: el orden prometido impuesto a través del dominio.

Fera frota su talismán cuando el señor de la guerra Jaxxen emerge rodeado de una Luz color amatista. Un momento de miedo se apodera de su corazón cuando Jaxxen ríe y carga, pero él también cae bajo una columna de relámpagos invocada por el rugido atronador de la bestia. Todo lo que queda es el crujido de sus huesos chamuscados que se reducen a cenizas.

Ella sonríe.

**

Saladino se encuentra en los límites del campamento en llamas de Jaxxen. Mira la tierra quemada por un rayo donde Jaxxen había estado de pie e invoca a Isirah.

Isirah examina la escena resultante. "Bien. ¿Pero vas a dejar que la niña se vaya? Robar comida y atacar a un Señor de Hierro son crímenes mortales. ¿No vas a hacer nada?". La duda de Isirah es palpable. Saladino sabe que ha visto cómo envejecen las cosas salvajes. "Estás procrastinando", dice con enojo.

"Fera es lo suficientemente joven como para encontrar un futuro diferente". La mirada de Saladino se encuentra con la de Isirah. "Como yo lo hice".

Isirah emite un sonido de exasperación. "El mundo está lleno de huérfanos desencaminados, Forge. Tu trabajo es hacer cumplir las leyes de Hierro, no juzgar casos difíciles".

"Soy un Señor de Hierro. Nuestras leyes me sirven para interpretarlas como me parezca", dice Saladino. "Recuperaremos la batería y se la llevaremos de vuelta a Kepre con la cerda. Luego nos iremos". Su voz es severa e inflexible. "Y punto".

IV - Pocas palabras entre ellos[]

El viento invernal barre el bosque de pinos y la nieve fresca golpea el follaje. Isirah menciona que los pinos son mucho más altos que cuando Saladino los había visto por última vez, pero él no puede imaginar cómo envejecieron. Solo ve lo que hay ahora. Si hubiera podido pararse bajo las acículas y observar sus 50 años de crecimiento, ¿notaría la diferencia?

El lugar donde había quemado la bodega del señor de la guerra está cubierto de marañas nuevas y nieve. Dibuja una línea mental desde ahí hasta el acantilado donde conoció a Fera hace tantos años, y finalmente hasta el pueblo de Kepre. Un humo borroso asciende a través del bosque y la lluvia de nieve. Tal vez sea un fuego de cocina. Espera que sea tocino. Saladino se inclina sobre la cresta donde había caído antes y camina sobre el borde.

Bajo un fino lodo, Saladino e Isirah encuentran el camino otrora bien trazado hacia el pueblo de Kepre. No encuentran a nadie en el camino, aunque Isirah capta varias señales de movimiento repentino con sus escáneres. "Animales", dice Saladino, pero al mirar a través de las grietas en las ramas, advierte un humo negro espeso contra la nevada.

Una niebla fantasmal serpentea a través de los pinos cuando el dúo llega al pueblo de Kepre. El olor de pelo chamuscado y cerdo quemado invaden el aire invernal. El Señor de Hierro y el espectro intercambian miradas antes de que esta se descompile. Saladino se precipita hacia el claro con Remedio del Necio en mano y la nieve cruje bajo sus pesadas botas. Sigue las brillantes líneas de sangre empapadas en el hollín y la nieve, a través de corrales vacíos carentes de heno y de esqueletos de madera hueca de casas podridas, hasta que se encuentran en el marco oxidado de una casa comunal desecada. A través de la nieve enceguecedora y escombros comidos por polillas, las ve.

Tumbas. Líneas de tumbas. Luego montones de piedras. Siguen montones de tierra extraída poco profunda. El humo se eleva detrás de ellos sobre una depresión excavada. Saladino se fija en la cantidad. Las agrupaciones. Las cuenta mientras camina hasta que llega al borde de la fosa humeante y los números pierden todo significado. Una masa de masacre reunida y humeante yace entramada en la fosa ante él. Pánico cauterizado. Todavía arde en el aire helado.

Saladino mira fijamente las cavidades hundidas de un rostro carbonizado. Imagina el rostro de Kepre devolviéndole la mirada. ¿Será él? Los rasgos están todos quemados. Unos años más viejo. Saladino se aleja y ve a Isirah examinar algo en la casa comunal. A través de llamas en sus ojos mira una cruda reproducción de un sello de Hierro que se encuentra en el cráneo ennegrecido de un lobo.

**

La antena de la Edad de Oro ya no recibía señales. Estaba doblada y era incapaz de discernir nada por sí misma, pero todavía podía lanzar ruido al cielo. Un nuevo asentamiento cercado con lanzas de madera y construido a lo largo de la cuenca en forma de espiral se había formado a su alrededor. Saladino entra al extraño campamento desocupado, sin prisa, y desciende. Donde antes una escotilla lo había llevado a un centro de comunicación, ahora un edificio hueco yace abierto. Un camino de piedras había sido presionado en el suelo debido a años de tráfico peatonal; el musgo carmesí se arraiga en el barro que llena los huecos. Sigue bajo tierra hacia un salón abierto, como un estuario. Le dice a Isirah que se quede afuera para vigilar.

Al otro lado del oscuro pasillo formado por la estación de comunicaciones circundante se ven unos ojos plateados. Saladino observa la luz de la luna reflejada en ellos como si fueran dos espíritus danzantes. Se ve a sí mismo en esa mirada intrépida.

"No imaginé que te vería aquí de nuevo, joven".

"Ha pasado mucho tiempo desde que alguien me dice así". Fera, la líder de la manada, está sentada sobre un trono de chatarra en la parte trasera del pasillo, con ocho robustos soldados alrededor. Ahora es una mujer y las varias décadas de edad y violencia están grabadas en su piel llena de cicatrices de sol y su rostro arrugado. Con un dedo se toca una oreja a la que le falta una mitad y que sanó ya hace mucho tiempo. "Viniste de muy lejos. ¿Para qué?".

"Hay rumores sobre lobos rabiosos que merodean por los alrededores". Saladino mira a los hombres alrededor de Fera. "¿Son los tuyos?".

Fera mira la cresta de la armadura de Saladino con desdén. "Son mi manada. La mayoría está cazando ahora".

"Eliminé al señor de la guerra y tú tomaste su lugar". La voz de Saladino está llena de rabia.

"Siempre ha sido así", reflexiona Fera. "Alguien tenía que mantener el orden en tu ausencia".

Saladino observa la habitación con asco. "Esto no es lo que te enseñé".

Fera sonríe y mira a sus camaradas. "Ah, ¿no? Son huérfanos del bosque, como yo".

"¡Perdiste el camino!". Saladino ruge mientras avanza y lleva su dedo al seguro del gatillo de su arma guardada.

Fera ríe a carcajadas. "Porque te hice caso. Pedí perdón por robar y me quitaron la oreja… Así que la próxima vez que me los encontré, me desquité. Continuó, hasta que lo perdieron todo". Hace gestos a sus discípulos, quienes sonríen, y a los alijos de bienes robados detrás de ella. "La manada decide lo que es mejor".

"Los Señores del Hierro no destruyen pueblos inocentes. No matamos de hambre a la gente. Yo no mato niños", gruñe Saladino, mientras siente el calor acumularse bajo su piel.

"¿Qué se hace cuando un señor de la guerra no se inclina? Se impone el orden, viejo Señor canoso. ¿O ya olvidaste tus lecciones?", se mueve en su asiento. "Aprendí eso cuando me quitaste el fusil de la mano. Cuando acabaste con el campamento de Jaxxen. Lo entendí".

"Cometí un error al pensar que lo que necesitabas era compasión", exhaló Saladino.

El Señor de Hierro rápidamente desenfunda el Remedio del Necio. Una rápida ráfaga impacta al lobo a la derecha de Fera y deja a la manada aturdida. Saladino avanza y patea el trono de Fera, lo que la despide con su silla por el suelo y la hace rebotar como una piedra en un estanque hasta estrellarse contra la pared más lejana.

El lobo a la izquierda de Fera saca un machete y carga contra él. Saladino toma rápidamente su hacha con su mano no dominante y de un solo tajo parte en dos al bandido. Las dos mitades se desploman al suelo. El horror congela a la manada mientras la sangre se acumula a su alrededor. Fera grita con una voz estridente: "¡Acábenlo!".

Las balas se cruzan en el aire y los destellos de cañón brillan por todas partes. Saladino gira para enfrentarse a la mayor parte de la manada y les dispara balas con la misma facilidad con la que su armadura y cuerpo las están recibiendo. Mata a dos. No hay cubierta. No hay retirada. Les llegó la hora.

Los lobos chillan y mueren a su alrededor. Un disparo de escopeta alcanza su hombro, lo hace sangrar y desarma su pistola. Se tambalea por el daño de sus heridas. La sangre gotea por debajo de su hombrera, pero el dolor es lo menos importante en su mente. Rodea su brazo con Luz ardiente y lanza un martillo solar que se hunde en el cráneo del tirador y provoca un sonido de explosión crepitante.

El penúltimo lobo deja su arma, que ya no tiene munición, e intenta huir. Saladino lanza su hacha por el pasillo y esta impacta al cobarde en la espalda. Colapsa bajo el peso de la hoja fundida y arde. Saladino voltea hacia el último lobo, quien trata frenéticamente de recargar su arma. Retrocede hasta una esquina mientras carga su fusil y dispara. Saladino avanza a través de los disparos y lo golpea contra la pared. Desata una lluvia de puños envuelta en arco que convierten a su enemigo en una papilla que convulsiona.

Saladino ve a Fera, quien todavía está luchando por salir de debajo del trono. Hay restos ardientes a su alrededor.

Saladino aparta el trono, le coloca las manos alrededor del cuello y la levanta. Sus dedos aplastan el aire de su garganta hasta que tocan la columna vertebral. Su cuerpo duele. Hace una pausa para recuperar el aliento. Para ver remordimiento en sus ojos.

Fera coloca suavemente una mano en sus dedos. "¿Cuánto falta para que alguien venga a cobrarte por tu violencia?", jadea.

Sus miradas se encuentran. El agarre de Saladino se afloja.

Con su otra mano, Fera hunde una pequeña cuchilla en el escote de Saladino. Él se estremece, gira su cabeza y ve la delgada hoja de metal en su mano. Saladino la vuelve a ver a los ojos. No hay temor. Su agarre se tensa hasta que el hueso se rompe. La suelta y deja que su cuerpo yazca sonde se desplomó. Observa cómo la vida se le escapa de los ojos, reemplazada por el dolor y el temblor cercanos a la muerte.

Saladino toma su pistola y le concede un último acto de compasión.

Isirah flota por la cerca del asentamiento, es una pequeña sombra bajo el sol de la madrugada que atraviesa las ráfagas de nieve. Saladino sube y la alcanza antes de que ella sane sus heridas. El viaje es una penitencia purificadora, se dice a sí mismo.

Un dolor que puede soportar.

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